Escritor y ghostwriter
Abandonados
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Las seis campanadas anuncian las 18:00.
Le cuesta correr por esta calle embaldosada y mojada, hace tiempo que no practica ningún ejercicio de cardio. Si no llega a tiempo, ella se irá otra vez. Y se sentirá, como siempre le hacía sentir, culpable.
No hay nadie en la calle.
A ambos lados de la misma se erigen algunos edificios medievales, regalo para el siglo XXI, el resto son los bloques residenciales. Al pie de las viviendas reposan un montón de coches, que hacen juego con este paisaje urbanístico, algo sospechoso.
De vez en cuando, tuerce los tobillos en las piedras sobresalientes o hundidas, tanto le cuesta correr por la empedrada en los zapatos Brogue, pero, heroicamente, soporta el dolor y avanza, a través de los charcos. Pronto empezará el asfalto.
Quedan unos quinientos metros hasta la estación.
Se para bruscamente. Se reclina y, apoyándose contra sus rodillas, mira, con la frente arrugada, la entrada del túnel del paso subterráneo.
—Putos cigarrillos —jadeando, se quita el sudor de la frente.
Retoma el avance, pero ya con un paso apresurado. Ya no presta atención en derredor. Ahora, toda su atención está en ella. En no dejar que se escape tan fácilmente, ella le debe una.
Con unos gruñidos de un lobo herido, camina con paso firme y una expresión enfadada. Mientras rebusca entre los escombros de su memoria algunos pedazos de su dignidad, que le hizo añicos antes de morir, cuando le dijo: «Te amo... con todos tus defectos».
Quedan unos trescientos metros hasta la estación.
Menos mal que su querida lluvia limpia, de vez en cuando, esta ciudad llena de almas pecadoras. Pero la rabia lo deja ciego ante el encanto de cuando las calles quedan como espejos, donde se aprecia la vida al revés. En tales horas, uno puede encontrar a los ángeles abandonados, que se refugian, mayormente, bajo los puentes.
Ya caminando por el asfalto seco, sus mojados zapatos dejan las huellas insignificantes, que se evaporan al poco tiempo, igual que sus artículos de redacción en la revista The Time for Business.
Con cada paso, las palmas de sus manos se convierten en puños. Su mirada fija en el túnel no se inmuta ante los diminutos rayos del sol que, derritiendo las nubes, le acarician los ojos. Sus rabiosos ojos, con pupilas dilatadas y millones vasos capilares, le hacen recordar, para su desesperación, que la conoce demasiado bien.
«¿Crees que me das la oportunidad para arrepentirme? Ni una mierda». Desde el primer instante que lo vio, el amor irrumpió en su corazón y lo había aceptado más allá de su aspecto terrenal. Pero él no podía ni quería aceptarla a ella ni a sí mismo de tal manera, porque, decía: «Soy una presa captada y desgarrada por los deseos... y me gusta esto». Ella siempre se lo estaba perdonando todo. Ella siempre estaba esperando que él se diera cuenta de la actitud errónea que tenía. Sin indicárselo verbalmente, le estaba indicando sus fallos con su mirada de compasión. Nunca lo contradecía, y eso lo estaba desesperando. Con su silencio y expresión comprensible, siempre estaba intentando corregirlo y dirigirlo hacia lo justo.
Echa a correr.
Quedan unos cien metros hasta la estación.
Con su cuerpo pesado y muecas de incomodidad, salta de un peldaño a otro. Al descender las escaleras, se para en el principio del paso subterráneo. Respira ruidoso y entrecortado, como un toro con cien banderillas. Mira la luz al fondo, ahí comienza la entrada de la estación. Se escucha el ruido del tren aproximándose. Algunas gotas de sudor caen al suelo. Hace unas profundas bocanadas de aire y, con esfuerzo, empieza a correr, adentrándose en el pasadizo. Sólo mira la luz al final del túnel. A medida que está acercándose al final empieza a entornar los ojos más y más, porque la luz, casi cegadora, no quiere que vea cómo se evapora todo el vestigio de doble existencia.
Ya.
Está en la salida, ante las escaleras.
Pone la mano sobre la frente, a modo de sombrilla, para protegerse del brillante sol, y observa su alrededor. Durante el tiempo que corría por el túnel, los rayos otra vez han secado todo, incluso su sombra. Está, una vez más, solo, pero antes de hacer el último esfuerzo de subir las escaleras, con el rabillo del izquierdo ve un bulto en el rinconcito, a los pies de la misma. Gira la cabeza y ve a un ángel abandonado, que lo está mirando... incomprensiblemente. Un cachorro sucio y delgado. Se quedan un rato observándose el uno al otro, y lo sucios que están los dos... y abandonados.
...