Escritor y ghostwriter
El deseo de la justicia
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Juntos, otra vez más.
Eran... los quince días en total.
La decimosexta tarde más de nuestra conjunta existencia nos contaba la misma historia. Las pálidas luces selénicas, que prorrumpían en el salón, nos invitaban a acercarse, a apoyarse el uno en la otra, pero no pudieron convencernos. El sofá, donde estábamos sentados, nos recordaba los momentos íntimos y cálidos de nuestro hogar pasado. Respirábamos el mismo aire de distanciamiento.
Desde que han pasado los quince días, todo se ha vuelto diferente. Incluso… todo.
Afiladas manecillas del reloj en la pared se han acelerado en marcar los números con mayor rapidez, durante aquellas semanas. El sonido de la campana de la iglesia ciudadana, anunciando las diez de la tarde, resonaba con mayor sonoridad en el espacio. Los muebles de la casa se habían vuelto más inútiles todavía. Sólo las tímidas lamparitas, cabizbajas, parecían que todavía nos compadecían. El vaivén de la vida seguía sin alteración. Daba la impresión de que el mundo no se había percatado de su muerte.
Sentados en el mismo diván estábamos cerca, pero en diferentes mundos.
Unas horas antes, me estaba observando con detenimiento mis marcadas ojeras y mi barba sin cortar dos semanas. En aquel momento, reposando en el diván, me había dado cuenta de que me he convertido en una especie de sonámbulo viviente, que ya tenía una mirada acristalada clavada en la zombocaja, con noticias disparadas a cada hora. Con los movimientos ausentes, yo miraba a una cajita de Marlboro desgastada y semivacía, tumbada en medio de nosotros, y me pareció que reflejaba en lo que yo me había convertido.
El Iván de antes no fumaba desde hacía años, ni siquiera se acordaba del último pitillo, pero durante las últimas dos semanas, este Iván estaba demasiado consciente de la cantidad de cajas que había fumado. Era como si me diera cuenta de todos los sentidos que poseía y que funcionaban al mismo tiempo.
Estaba observando cada movimiento que realizaba, y el de ella también, como si quisiera abarcar, de una vez, la totalidad de lo que me rodeaba. Todo lo observaba a cámara lenta. Por ejemplo, sentado en el extremo derecho del sofá, con el gesto habitual de encender el cigarrillo me quedé suspendido en el momento, al ver inflamarse la cerilla. Entorné los ojos con aquel corto fogonazo, sintiendo su calor en la cara. Inspiré profundo el olor del azufre y tosí. Hice una bocanada y detuve el humo en los pulmones al mismo tiempo que levantaba ligeramente la cabeza, clavando la mirada en el techo. La vista empezó a tambalearse y un ligero mareo se apoderó de mí. Solté el humo con un sonido gutural y lo miré con indiferencia alejarse de mi cuerpo. Sentí elevarse las comisuras de mis labios y que se dibujaba una ligera sonrisa en mi cara, al ver el humo disiparse en el salón. Aquella indiferencia la comparé con la misma que ocupaba cada centímetro cúbico de nuestro hogar, aquel espacio tan extraño, de 150 m2. Hasta se metía bajo mis uñas.
Por la tele iba la misma mierda de siempre, pero hoy era aún más patética. La miré sin emociones. Me di cuenta de permanecer inmóvil otra vez, absorto en aquellas imágenes, por unos cinco minutos. Al sentir la ligereza de mi cuerpo, mi mirada se posó por encima del televisor. Observaba mis movimientos ralentizados. Entonces, la palma de mi mano izquierda se levantó con los dedos entreabiertos y con esmera precisión se dirigió hacia mi cara. La miré como hipnotizado por ella. A medida que la distancia se acortaba, entre mi mano y mi cara, la mano se convertía en una garra grande. Sentí hacer unos micromovimientos espasmódicos de detenerla, pero no tuve voluntad. La garra se posó sobre mi cara, sin tapar los ojos, así que empecé a ver todo en un estado entreabierto, es como si atisbara cosas, como si las espiara detrás de las rejas. Veía todo parcialmente, inclusive, a sí mismo.
«Mis partes no existen si no las miro. Es como... yo no existo si no me doy cuenta de mí presencia», existenciales pensamientos invadieron la mente.
Con un movimiento firme, la garra giró mi cabeza para mirar a Sonia, mi querida esposa, la mujer del otro extremo del sofá. ¿Cómo pude vivir con ella siete años? Ella no me prestaba atención, parecía que no advertía mi presencia o, porque para aquel entonces, yo ya había dejado de existir para ella. Estaba ocupada de algo más importante, como siempre. Estaba devorando, con su torpe mirada, la vacuidad de la tele, repitiendo, de paso, alguna de sus oraciones. Cree que todo está en los dominios de Dios. Y el azar, ¿también es su obra?
Es una idea fantástica. ¡Mágica!
La garra volvió a girar mi cabeza hasta encarar el cigarrillo.
«¿Esto es un simple cárdeno punto, de mi pequeño pitillo entre los dedos? o ¿la muerte, que hace vivir tan intensamente a mi pequeño cigarrillo?», en la cabeza las preguntas saltaban de una esquina a otra, como en salvapantallas.
Con cada segundo, mi pitillo se moría, igual que miles de personas en diferentes lugares, sin importar ni color, ni religión, ni género... Nada. Todos ellos morían precisamente en aquel momento. Y no pasa nada, porque se dispersarán en el tiempo, igual que el alma del cigarrillo, que subía y se dispersaba en el espacio, entremezclándose con las cálidas luces de la luna vespertina en un baile molecular. Al final, todo es insignificante y efímero.
Estaba sentado, como atontado, con la cabeza inclinada ligeramente hacia un lado, mirando a la colilla entre los dedos, que seguía exhalando sus últimos indicios de vida. Con un apretón de dedos la apagué para siempre, dejando que se escapase un semitransparente hilo de su alma.
...