Escritor y ghostwriter
Hoy he abierto las ventanas de mi casa
.png)
Unos pensamientos diáfanos corren por los circuitos de mi cerebro. Hace días que viven allí, sin que yo los llamase. ¿Con qué derecho han venido a estorbar el bienestar del dueño de la casa?
Estoy a solas con mi portátil y sólo su luz, que me recuerda a la puesta del sol, me sirve de inspiración. La luz llena toda la habitación... No, toda la casa... No, no, la luz llena todo el mundo onírico en el que vivo desde hace una semana. Ya es el séptimo día que habito mi apartamento, sin salir. Llevo intentando escribir esta historia desde que el pasado miércoles tuve el ataque de ansiedad. Desde entonces y hasta hoy, he dormido, tal vez, cinco horas y he escrito, tal vez, cinco frases. Es un desastre. Tanto sacrificio por cinco frases sin sentido, que no sirven para nada. Para qué intento escribir esto... No lo sé.
Todo es un sueño extraño, lleno de incomprensibles acciones, encuentros con desconocidos, sistemático cambio de lugares, en fin, una película en la cabeza... todo me distrae. Ahora es mi atención la dueña de este lugar. Vaga sin rumbo por estos metros cuadrados, fijándose en cada detalle. ¿Para qué? ¿Para qué viven todas estas cosas? «Para que estés más cómodo», me dice el pensamiento que posa solemne sobre el sillón de cuero, en la esquina. Lo miro de reojo. Por unos segundos, nuestras miradas se chocan, sin daño colateral, pero me aburro rápido y vuelvo al intento de escribir.
El sonido de los pasos fuera de mi apartamento atrae mi atención. El golpe de los tacones, subiendo los peldaños, resuena en toda la casa y en cada habitación con igual intensidad, como si detrás de mí alguien estuviera golpeando con un zapato de tacón sobre el azulejo.
Lo que me faltaba ahora. ¿Quién será a estas horas?
El sonido se detiene y yo tenso aún más mi curiosidad. Nada. Unos segundos en total silencio perforan mi paciencia. Ya todos mis pensamientos están fuera de mi mente, levitando en el aire, a escasos metros de mi vista. Ahora, algunos de ellos se posan sobre las inocentes teclas de mi gran piano de cola, observándome con sus miradas tan descaradas. De repente, se convierten en unas preguntas:
—¿Qué haces?
—Escribo una historia.
—¿Para qué?
—Para no matar a nadie.
—Y ¿no tienes nada mejor que hacer?
Es difícil regresar desde la frontera entre lo real y lo imaginario, pero ¿acaso existe tal frontera? ¿Dónde está lo real y lo imaginario? Me siento como un espía, enviado a otro país con el propósito de averiguar qué están tramando contra nosotros. Después de tanta observación, no hay ningún resultado, porque siento que están jugando conmigo, como con un títere haraposo. Es lo que soy.
El silbido del timbre me deja casi inconsciente. La sensibilidad de mis oídos ha incrementado como el porcentaje de los intereses de los bancos. Intento recuperar mi posición en el espacio durante unos segundos. Sin ninguna pausa, la segunda sacudida del timbre casi me derriba, pero menos mal que mis años de entrenamiento de artes marciales me han servido para no caerme ahora. En un estado letárgico, por fin encuentro la salida de la sala y atravieso automáticamente el pasillo hasta encarar la puerta de la entrada. Sin esperar el tercer bocinazo, giro la llave, abro la puerta y, con una mirada perentoria, miro al intruso. Es Kristina.
Con una expresión impávida entra, sin saludarme. Su traje, color rojo, le ciñe la figura. Sus andares, con esa minifalda, recuerdan las de un militar. Su pelo pelirrojo, recogido en una cola, le llega hasta la cintura. Es una fiera. Se dirige hasta el sillón de la esquina, en mi despacho. La sigo despacio. Se acerca y, quitando de en medio el pensamiento, que estaba posándose allí tranquilamente, se acomoda silenciosa, cruzando sus largas piernas. Me quedo parado en la puerta del despacho, mirándole los muslos. Unos segundos de suspenso. Restriego mis ojos... Unas suaves bofetadas y regreso a la tarea que emprendí el miércoles pasado.
Una vez sentado, encaro la página en blanco, abierta en Word. A mi izquierda, pasea una parejita, la Ethica y la Biblia; a mi derecha están conversando el Concluding unscientific postscript to philosophical fragments y el Die Welt als Wille und Vorstellung. Toda la habitación está llena de invitados de todo género. El Aleph y el Война и Мир me miran furiosos, como si yo jamás intentase entenderlos.
—¡Os invité a todos para ayudarme y no para aún más enredarme en vuestros pensamientos!
...