Escritor y ghostwriter
Cazadores y presas
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David caminaba por la carretera semidestruida. Los baches, llenos de líquido sucio, indicaban los puntos de explosión de los proyectiles tácticos. Los edificios, a ambos lados de la misma, permanecían en silencio agotador desde hacía quince años. No estaban muertos, sino libres de cualquier alma. Las cuencas huecas de las ventanas, como los ojos de las calaveras, lo miraban más allá del presente. Hoy en día estaban al acecho de cualquier ser vivo que pasase a través de sus calles, llenas de sombras de antaño. Las ruinas recalcaban la muestra de una nueva realidad.
El viento, que se entrometía en las habitaciones, cuando lo vio acercarse hasta el cruce de calles soltó un aullido, que se parecía más a la risa de un payaso, y prosiguió arremetiendo contra otras construcciones residenciales. David se paró delante de un semáforo gris, del que colgaba inútilmente su ojo verde, y observó la perfecta hilera de edificios al otro lado del cruce, que se perdían en la distancia. Tal vez, en uno de ellos estaba su presa.
David miró el reloj electrónico de pulsera, que marcaba las 20:00, pero el ruido a su izquierda atrajo su atención y, en cuestión de segundos, sus brazos colocaron su AKMSU con silenciador en posición de combate.
—Soy yo, Kos —le dijo la voz ronca en su auricular izquierdo.
—Sal de ahí —susurró David al aire, apuntando con su fusil. Konstantín salió de los arbustos, al otro lado de la calle, con el fusil levantado. Le sonrió y meneó la mano, a modo de saludo. David se relajó un poco y bajó el arma—. ¿Los has visto en el bloque A Dos?
—No. Está vacío, pero la base me dijo que estaban en el A Tres. O sea, ahí —y le indicó a la dirección de su derecha—. Hemos de ir juntos esta vez —y con los pasos acelerados cruzó la calle, hasta donde estaba David.
—Mira… —dijo David, apuntando a un pequeño territorio con seis tocones. Anteriormente, semejante diminuto jardín estaba ante cada edificio residencial, donde solían jugar los niños, los perros y los mayores, pero, desde hace ya quince años, esa zona de bloques residenciales desde A1 hasta C5 era un territorio cercado para la caza deportiva—. Podemos entrar por la puerta principal, o… —le indicó un poco a la derecha de la entrada—, rodearla y entrar por la de emergencia, aunque, de todos modos, nos estarán esperando.
—Mejor la de emergencia —dijo Kos, emprendiendo la marcha.
Con las armas preparadas, cruzaron la calle y se dirigieron, atravesando aquel jardín, a la salida de emergencia del edificio A3. En unas dos horas, el sol se escondería tras el horizonte humeante por el polvo y las sombras de los escombros se crecerían exponencialmente y el ulular del cierzo le recordaría, una vez más, que estaba preparado para el juego.
El tupido crujir de los cascotes bajo los pies jugaba contra los cazadores, pero no había otra manera de atravesar el jardín. Al doblar la esquina, la sombra del edificio creció unos metros más, como si quisiera escabullirse de los depredadores, pero hoy en día todo era juzgado de acuerdo a sus acciones. Al acercarse hasta la salida de emergencia, con la puerta reventada, se colocaron por ambos lados de la misma, pegados a la pared. La oscuridad que los aguardaba dentro era muy plácida, pero ellos sabían que era una mentira. Las presas podían estar aguardándolos en cualquier lugar, incluso, tras esa pared.
Kos le indicó a David, con gestos, que entrara primero. De sus mochilas sacaron pequeñas linternas de cabeza, que iban con uno frontal y dos laterales focos de luz, con ocho mil lúmenes cada uno, y se las ajustaron sobre las cabezas. En el brazo derecho activaron el sensor de sonidos, que captaba, incluso, ultrasonidos hasta 300 kHz, a distancia de trescientos metros, y, con un brusco giro, Kos entró en el hueco.
Ante su vista, la planta baja podría ofrecerles sólo las paredes desgastadas y cicatrizadas por las balas perdidas y un fuerte olor a cemento desparramado. Los muebles, o las partes sobrevividas, estaban dispersadas por algunas esquinas, porque lo demás se había convertido en un escombro, envuelto en inmaculado polvo. El esqueleto del gigante presentaba evidentes signos de enfermedad, porque casi todas las columnas estaban cubiertas de agujeros y mordeduras, por los proyectiles tácticos. Con cada paso que daban el sonido en sus auriculares golpeaba sus tímpanos, tensándoles los músculos.
El edificio tenía quince plantas y tenían que apresurarse si querían pillar a sus presas antes de las 00:00, la hora cuando terminaba su licencia de caza.
Se pararon en seco en medio de la gran sala y se miraron entre sí.
—Están aquí —susurró Kos, mirando a David. Después, giró la cabeza hacia el sensor de sonido que producía unos constantes ruidos, parecidos a los de unos ratones por la noche, y se quedó mirándolo—. Están a unos doscientos metros… en el ala derecha —David asintió con la cabeza y se dirigieron hacia las escaleras.
Después de dejar el último peldaño del descansillo de la segunda planta, Kos le indicó a David hacia la segunda puerta del pasillo, que estaba abierta. El ruido en los auriculares seguía su meticuloso rumbo, pero, a medida que los cazadores se aproximaban, el ruido se intensificaba. Kos iba delante y David lo seguía a dos metros de distancia y cuando les quedaban unos diez metros hasta la entrada desde el agujero negro que entraba en el piso, salió una sombra y empezó a correr en dirección contraria a la de los cazadores. Con las linternas apuntaron hacia la criatura, que intentaba huir con frenéticos movimientos, y Kos, sin perder la compostura ni un ápice, dijo, apuntándolo:
—Es mío —y en una fracción de segundo, apretó el gatillo.
El tubo metálico escupió al pequeño sabueso de plomo que, sin desviación, reventó el tobillo derecho de la presa, dejándole a la vista un hueso roto. El cuerpo se desplomó con un ruido rudo y notas de metal, gimiendo. Cuando Kos se dirigió hacia la presa herida, con el fusil en posición de combate, David revisó el sensor de sonidos y le dijo susurrando:
—Hay dos más. Dentro… a la izquierda… cincuenta metros —y se puso en guardia en un ángulo de cuarenta y cinco grado, respecto al hueco de la entrada, apartándose un poco.
Kos se aproximaba a la presa, que ya estaba a unos cinco metros, que se arrastraba su cuerpo, con la pierna inerte, sujetando en una mano una vara metálica de un metro de largo. Al acortar la distancia hasta dos pasos, Kos lo observó con el fusil en alto. La presa se paró y se giró, para encararlo. Las luces de la linterna cegaban sus ojos, llenos de capilares rotos, y su expresión se tornó en una de súplica. Unos mocos le salieron de la nariz y una baba burbujeaba de la boca abierta, que se convulsionaba bajo los efectos de llanto.
—Noo… por Diioos… —le dijo la presa, empapada de lágrimas.
Kos lo contempló por unos instantes y bajó el fusil, sujetándolo en la espalda. En un acto habitual, las comisuras de los labios se levantaron y, alargando la mano izquierda y sin quitar la mirada de encima de aquel animal, sacó de la funda, que iba sujetada sobre la pierna, su querido cuchillo de combate, Karátel. Colocó el cuchillo en su mano derecha y, doblando las rodillas, se abalanzó sobre el cuerpo, medio tumbado, y lo clavó en el hombro derecho de la presa y lo giró un poco para que soltase la vara. El salto y el impacto fueron tan rápidos que a la presa no le dio tiempo a reaccionar y su grito ¡Aaaaaa!, agudo, reverberó en todo el pasillo, salió volando hacia fuera del edificio por una de las decenas de cuencas que tenía el esqueleto enorme. También, el sonido de la vara al golpear contra el suelo, sonó con más estruendo. Kos giró la presa boca abajo y agarrándole la cabeza por el pelo le dijo:
—A ver… cómo te gusta esto —y con un movimiento brusco y preciso le clavó el cuchillo en el cuello, en la vena yugular, y, estirándolo hacia adelante, le arrancó la tráquea. Un manantial de líquido rojo oscuro brotó de la base, como una fuente de petróleo, que había encontrado la empresa de Kos el año pasado, al sondear el terreno en alguna parte de la tundra del norte de Rusia.
—Venga, va —le dijo David, cortante y en voz baja. Kos soltó la cabeza y el cuerpo inmóvil, convulsionándose con un sonido estertoroso, se desplomó, golpeando el piso rudamente. Mientras se dirigía hasta la entrada, limpió el cuchillo sobre el muslo y lo metió en la funda y, agarrando el fusil, lo colocó a modo de combate—. Desde aquí a la izquierda y cincuenta metros. Yo entro —comentó David. Con el gesto afirmativo, Kos se posicionó desde otro lado de la entrada.
El sol había desaparecido tras el horizonte y las sombras nocturnas de los edificios aledaños se quedaron a solas con la luna citrina. Ella tenía un aspecto enfermizo, cubierta con los cráteres oscuros, como si hubiese sufrido la viruela. El apartamento, delante del cual se encontraban los cazadores, permanecía a oscuras, salvo aquellas partes que estaban cerca de los huecos de las ventanas, que dejaban entrar furtivamente los haces de la luna.
David dio un salto ágil hacia el interior del apartamento y el vacío lo engulló por completo, pero las potentes linternas, inflamando la oscuridad, le mostraron lo que había dentro. Las mesas, sillas, televisor, armario… estaban cubiertos por el yeso del techo y de las paredes. Todo estaba destrozado, abandonado… olvidado, pero muy bien empleado como attrezzo de una película real.
David le indicó a Kos hacia la dirección de la habitación, después de la sala de estar. El ruido en sus auriculares seguía crispándose, como las chispas del fuego ya casi apagado. A pesar de que los cazadores intentaban pisar con mucho cuidado, el ruido de las pisadas seguía sus pasos, resonando en el espacio. Se acercaban desde los flancos y las luces de las linternas de cabeza perforaban la oscuridad del cuarto extremo, formando una alfombra brillante, enseñando sólo una tercera parte del mismo. Cuando quedaban unos dos metros, desde el interior del vacío, de la derecha del cuarto, dos seres se precipitaron de repente y con un rugido salieron de la sombra, haciendo su repentina aparición sobre la alfombra. El primer ser lanzó un objeto hacia David, que le impactó en la rodilla izquierda, y se dispuso a acometer contra él, pero, doblándose de dolor, David mantuvo el fusil y, apretando el gatillo, dejó libre a una miríada de insectos que, con un zumbido frenético, se adentellaron sus colmillos de plomo en el cuerpo de la segunda presa, desgarrando sus carnes a cuatro vientos, salpicando la cara de David. Algunos, incluso, atravesaron la materia de carne y hueso, y salieron por la espalda, llevándose consigo algunos trozos como trofeos. Y mientras la res se desplomaba inconsciente, en el instante, el segundo ser corría con la vara metálica en lo alto hacia Kos, que, con su perfecta reacción, también soltó un enjambre de avispas férreas. Como un rayo, todas se dirigieron hacia la cara de la tercera presa y, clavando sus aguijones de plomo, le moldearon el rostro en una masa de carne roja, mezclándola con el jugo rojo oscuro, e incluso le arrancaron algunas partes de los sesos, de su ya partido cráneo, desparramándolo todo a la luz de las linternas. Sin tan siquiera llegar a donde estaba Kos, el cuerpo trastabilló, como si fuera ciego, y se estiró en la escombrosa superficie del piso, tiñendo el polvo en un amasijo oscuro. Por unos instantes, el silencio se apoderó de la situación.
Los cazadores se miraron entre sí y se rieron, ablandando los músculos.
—Joder, cómo me ha dado en la rodilla, cabrón —dijo David, frotándola, y, cojeando un poco, se dirigió hacia la ventana, que invitaba a pasar a las luces de la luna como si fueran de su familia. Por el camino, apagó la linterna, y Kos lo imitó.
—Voy a llamar a la base —dijo Kos, mientras se quitaba su pequeña mochila. Sacó el móvil, que tenía cinco botones, y presionando el del centro esperó, mirando los cuerpos.
—Aquí la base —por fin dijo una voz, desde lo más hondo de ese pequeño artilugio—. Su posición.
—Zona dos, bloque A Tres, segundo piso —le contestó Kos, cortante.
—De acuerdo. No os mováis. Diez minutos y la brigada de limpieza estará allí.
—Recibido —respondió Kos y lo metió de nuevo en la mochila, ajustándola sobre los hombros, y se dirigió también hasta la ventana.
David estaba sentado sobre el alféizar, reclinado contra el marco de hormigón y fumaba un cigarrillo, mirando el entorno desolado. Cuando Kos se le aproximó, David le tendió el paquete, desde donde sacó uno y se lo encendió, haciendo una profunda inhalación del humo, algo dulce y austero, y exhalándolo en el vacío de la noche, en la soledad posturbana.
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