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Ma

Portada_Vol. I_15 Ma_Yo_1 var_A5 (2).png

   —¿Ma…? ¿Me oyes? —dijo, al entrar en la habitación a las 11:00.

   Ella, de unos ochenta y cuatro años de vida, yacía en la cama con doble colchón y unas cuatro almohadas, respirando con la boca abierta. Estaba absorta en su propio mundo, el mundo del delirio pre mortem. La sábana cubría su cuerpo hasta el cuello, pero sus brazos rebeldes estaban encima, sujetándola, como impidiéndole que la ahogase. Las blancas palmas de las manos, casi desecadas, llevaban marcas de algunas cicatrices de la vida, que eran cortes con escalpelo y cuchillo. Las venas surcaban la superficie de sus palmas como unas lombrices de tierra en la harina. Las manchas planas y ovaladas, de color marrón, cubrían su piel, que estaba expuesta al sol, a través de los años, y le daban un aspecto exótico. Los ojos, bajo pesados párpados, se movían frenéticos de un lado para otro, como si quisieran escaparse de aquella prisión obligatoria. Su melena color marfil, pero ya algo rala, caía con cuidado sobre las almohadas, cubriéndolas como las cataratas cubren el despeñadero. La luz del sol se enmarañaba entre las cortinas de encaje, bien juntadas como guardianes.

   Claro que no lo oía, estaba profundamente dormida. Tal vez estaba de viaje en los años de su infancia, mirando a aquella chica jugando con sus amigas en la calle. O, quizás, en aquel día, cuando al finalizar la escuela, estaban tirando los sombreros al aire con un jubiloso ¡HURRA!, sumergiéndose en el alboroto juvenil de alegría y, cuando unos minutos más tarde, a las 12:15, un silbido de alarma interrumpió cualquier movimiento. Una voz seria les empezó a informar, pausadamente: «Ciudadanos y ciudadanas de la Unión Soviética, el gobierno soviético y su jefe, el camarada Stalin, me han dado instrucciones para hacer la siguiente declaración: Hoy, a las cuatro de la madrugada, sin hacer ningún reclamo contra la Unión Soviética, sin declarar la guerra, las tropas alemanas han atacado nuestro país...». La voz les estaba comunicando qué es lo que sucedía. En los siguientes diez minutos, todas las repúblicas socialistas que formaban parte de la Unión Soviética estaban sumidas en el silencio, escuchando la nueva. La voz les dijo que la guerra acababa de comenzar. Pero ella, la joven de dieciocho años, estando en la calle, escuchando aquella extraña y desconocida voz, todavía no podía comprender, en su totalidad, qué significa la guerra. La Segunda Guerra Mundial, un business muy lucrativo.

   La estaba contemplando desde lo alto de su cabeza, como si quisiera sacarla de aquella realidad pasada, para que no reviviera una vez más los tiempos bélicos. Acercó la mano hasta su frente y la tocó, como si la palma de la mano llevase incrustado un termómetro. Al no notar ningún cambio, la retiró. Miró a la mesa, llena de medicamentos, como en las estanterías farmacéuticas, y suspiró. Tomó asiento en la silla de al lado y frotó su cara soñolienta con las manos, como secando el cansancio de la última semana, que llevaba casi sin dormir. Entrelazando los dedos, dejó los brazos descansar sobre las piernas y miró el suelo, con una mirada vacía. ¿Qué estaba pensando?, sólo él sabía.

   —Geaa… capro… noolohag… —su voz carraspeña movía sus labios con mucha dificultad.

   Estaba luchando vigorosamente en la realidad onírica, pero en la realidad física estaba bajo efectos de Tazepam. La estaba mirando con una expresión de desesperación, por no poder ayudarla a aliviar las agonías que tenía desde hacía un mes, por no poder hacer nada para que pudiese levantarse, al menos, un poco, al menos, incorporarse sobre la cama… Al menos, despegarse de su almohada, que era como un imán. Cada día la abollaba con más fuerza dentro de sí. Ya no podía hacer nada, salvo esperar que la escasa vitalidad que quedaba en las entrañas de aquel cuerpo senil, la abandonase por su propio medio.

   Esperar… es mucho más que una palabra abstracta. Es todo. Es un sentimiento de impotencia, en general, y de no poder ayudar a tu madre, en particular. Es revivir, mirándola, las inocentes horas de regocijo en sus recuerdos, ya brumosos, de cuando era niño. Es no ser consciente de que, algún día, el tiempo la va a deteriorar hasta no reconocerla. Y ese deterioro es para siempre. Levantó la vista hasta encarar algunos iconos que colgaban sobre la cabeza de su mamá, a modo de protección, pero ¿de qué?, o ¿de quién? Ellos no podían hacer nada, nadie podía hacer nada y, sin embargo, ahí estaban, como silenciosos guardianes del castillo mental. Pasó la mirada a la foto, que colgaba en la pared adosada, de sus nietos, los hijos de él, y, con un aspecto desolado, la retiró, encarándola de nuevo.

   Uno no puede percibir hasta qué punto el tiempo ha deformado una bella cara, sobre todo, cuando convives con esa persona día y noche durante muchos años. Tienes que no verla, al menos, por unos seis meses, para después, al reencontrarse, te des cuenta de que la transformación de su aspecto ha sido significante. Entonces, todas sus arrugas saltan a la vista, como saltamontes. Tú no quieres verlas, pero nadie te pregunta, así que, al mirar el rostro otrora de cincuenta años, ya lo ves de ochenta y cuatro. Si te das cuenta de ese cambio, el sentimiento es abrumador y las lágrimas no tardan en brotar de tus ojos, pero, en realidad, tú no sabes por qué lloras. Simplemente, lloras. Tal vez, es una especie de reconocimiento inconsciente de la superficialidad de toda la vida. Viene y va, como si eso fuera natural. Nada es natural. Todo aparenta ser tan sintético y preparado, y no me refiero aquí de objetos físicos, sino del transcurso del tiempo mismo, desde el momento en el que alguien advirtió ese fenómeno.

   Él miró la cara jovial de su madre, que estaba tumbada como un cadáver. Los recuerdos afloraron ante sus ojos, trasladándolo al día cuando la miraba desde abajo, entonces veía a una mujer grande y siempre sonriente; en cambio, ahora no sonríe, porque ya no entiende por qué tiene que sonreír. Veía las calles que pasaban juntos y la cálida piel de su mano sujetando la suya, hasta que llegaban a la escuela, pero ahora sus manos eran gélidas y ya no podía caminar desde hacía un año, porque el derrame cerebral era un mensajero muy cruel. Veía el regocijo en su cara dulce, al ver a su nieto por primera vez, pero, aquel nieto, ya convertido en un hombrecito de veintitrés años, estaba lejos y no sentía por ella lo que él, su hijo, sentía ahora. Vio la tristeza dibujada en la cara de mamá, cuando tuvieron que dejarla en la casa paternal el día antes del comienzo de la absurda guerra en Abjasia. Cabrones de mierda… por fin han destruido todo. Inútiles y avaros políticos. Ahora, en la casa del exilio, ella estaba más tranquila, pero por dentro, su espíritu nunca había subyugado. Nunca estuvo de acuerdo con la decisión, en las altas esferas gubernamentales, de que Abjasia fuera una república independiente. ¡Abjasia era parte de Georgia! Todo iba bien y todos vivían felices, hasta que unos engreídos bastardos se creyeron ser, por alguna razón, independientes de toda la vida y entonces llegó la masacre étnica. Es difícil hacer entrar en razón a alguien cuando le falta la materia gris. Apretó las mandíbulas y pensó: «Ojalá tuviera superpoderes. Desintegraría a todos estos capullos. Hijos de puta». Era un pensamiento infantil, pero, a veces, es imprescindible ser infantil, te relaja de la crueldad adulta.

   Su móvil, que estaba reposando sobre el piano en la sala de estar, empezó a zumbar con el sonido intermitente y las vibraciones agónicas. Se levantó y, cerrando la puerta con cuidado, fue a cogerlo.

   En su pantalla, leyó los dígitos y, recordando quién podría ser, contestó:

   —Hola —dijo la voz femenina, algo ronca y firme.

   —Hola.

   —¿Cómo está mamá?

   —Bien. —«¿Por qué no vienes y miras?».

   —¿Cómo está su pulso?, ¿sigue acelerado?

   —Ya no.

   —¿Qué le diste? ¿Cinarizina?

   —Sí, por la mañana, y hace una hora, dos pastillas de tazepam.

   —¿Cómo está su cabeza? ¿Todavía sufre de alucinaciones?

   —Sí, de vez en cuando, pero ya no son tan fuertes.

   —Vale. Si pasa algo, llámame, ¿de acuerdo?

   —Sí.

   —Hasta luego —y la voz se apagó.

   —Adiós —miró aquel pequeño aparato que lo conectaba con la persona al otro lado de la realidad y meneó ligeramente la cabeza en negativo. Eso es lo que había criado su madre.

 

Aquella tarde, el 12 de mayo, hacía algo de frío, lo que significaba que la noche seguiría el mismo camino. La luna se pendía en el vacío oscuro, como agarrada con su punta afilada de falce sobre alguna estrella fugaz, que, supuestamente, ya había muerto hacía muchos millones de años. El aire estaba cargado de oxígeno, hasta hacerlo marear un poco, pero, aun así, la nota de la muerte hacía aparición en su mente. Ya estaba preparado. ¿De verdad estaba preparado? ¿Acaso uno está preparado para estas cosas? ¿Qué hay que comprender para estar preparado?

   Estaba contemplando la ciudad nocturna con resignación y, en los momentos de largos suspiros, sus ojos centelleaban con matices de alegría. Alegría por su madre… por su final libertad… por no estar recluida más tan desesperadamente en la cárcel de un cuerpo ya inerte… por no ver la traición de algunos de sus vástagos… de no recordar más los días malos de antaño… por no ser más la inmensa carga para sus hijos… por… por fin reunirse con papá. Y él, ¿estaba alegre de librarse del peso de la angustia que lo devoraba desde hacía un año, haciéndolo perder una tercera parte de su peso corporal? ¿Estaba contento de librarse de no volver a asear el cuerpo inerte, que hacía cada día, y dos veces por día? Ella lo tenía sólo a él, a pesar de que su hija y nietos vivían a unos cuarenta y cinco minutos de distancia. Ahora, él cuidaba de ella, igual, y en eso confiaba, que sus hijos también, un día, cuidarán de él.

   Los brazos le colgaban como las ramas secas. Su mirada estaba clavada en la ventana cerrada, que mostraba sólo el color anaranjado de la lamparita encendida, dentro del cuarto. Eso le daba, al cuarto, cierta apariencia de vida.

   Desde el balcón, descendió por las escaleras metálicas hasta la planta baja y se introdujo en la cocina, con las paredes de cal, los muebles envejecidos y techo bajo. Encendió un quemador de gas y colocó la tetera encima. En el vaso, tiró dos terrones cuadrados de azúcar moreno y unas hojas secas de té negro. En cuanto la tetera expulsó sus primeros siseos, la cogió y vertió el agua hervida en el vaso. Los cubos de azúcar se derritieron en cuestión de segundos, como los castillos olvidados de arena bajo el ataque de las olas. El líquido, otrora transparente, empezó a teñirse en color ámbar, que, en segundos, se oscureció hasta marrón dorado y que luego pasaba a pardo y, de allí, a marrón oscuro, como la vida de su madre. Removió un poco el agua para disolver totalmente el azúcar y, abrazando con los dedos el vaso, lo levantó, sosteniéndolo unos segundos entre las manos. El calor del vaso calentaba sus palmas y, a través de los brazos, también calentaba el cuerpo y de ahí a su alma, o lo que quedaba de ella. Sorbió un poco y lo volvió a sostener.

   Todo estaba apoderado por el silencio, hasta que una lejana vocecita lo sacó del breve letargo. El sonido provenía de arriba. Aguzó los oídos, pero, más allá del leve ruido, parecido a la estropeada tele, no pudo percibir nada. Movió la cabeza a la derecha… a la izquierda… se acercó hasta el otro extremo de la cocina, hasta el armario, pero no pudo entender qué eran esas voces. Pasó unos minutos con el ceño fruncido, pensando… y, en un momento dado, se le arquearon las cejas. Corrió hasta la puerta, dejando por el camino el vaso sobre la mesa, y agarrando la barandilla subió apresurado por las escaleras… atravesó el pasillo y con brusquedad abrió la puerta y entró en la habitación.

   El olor a fármacos pegó en su nariz con fuerza, a pesar de que ventilaba el cuarto dos veces por día. Los ojos vidriosos y enrojecidos de mamá estaban bien abiertos y fijados en la pared de enfrente, donde su bata formaba una silueta de un cuerpo humano desecado. Daba la impresión como si estuviera comunicándose con el ente, que se erguía a pie de la cama, que la miraba con una expresión benévola.

   ...

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