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Criaturas silvestres

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Estoy tomando una copa de vermut en el bar Smoky, en el más centro de la ciudad. Unas dos calles más abajo y atravesando el puente sales a la Plaza Roja.

   Hoy, como siempre, el ambiente está lleno de humo semitransparente, para esconder algunos pensamientos nocturnos, pero, aun así, la gente tiene la cara como si les faltase algo… algo que ni siquiera saben qué es, y tal vez por eso tienen estas miradas de sospecha y de estupefacción. Están como aturdidos.

   La barra, de madera maciza, oscura y en forma de U, se ha colocado en el centro de la estancia, de unos cien metros cuadrados. Sus sillas, de cuero, la han rodeado como un cordón de hambrientos paparazzi. A lo largo de las paredes los sillones se extienden sus tentáculos en semicírculo, albergando cada uno a la solitaria mesa, con sus respectivos aburridos huéspedes. El techo, cubierto de brescas de tamaño de un folio A4, está lleno de bombillas pintadas de rojo, verde y azul, desprendiendo las tenues luces, que se esparcen adhiriéndose sobre la gente, como el polen sobre las flores. El aire está impregnado de una mezcla particular de olores, algo que sólo se puede permitir crear un bar-disco nocturno, para los estrictamente adultos. Es una mezcla entre el humo de cigarrillos… siseos de marihuana… algunas notas de Nectar Love, de DKNY… unos toques de The Scent, de BOSS… se oían los murmullos de Jack Daniel´s con Ballantine´s… las ligeras ¡Shhhh! de los baratos Bud y Heineken… yo mismo llevo Must, de Cartier. Es una bomba que explota en la mente sin permiso y permanece en la memoria durante toda la noche, hasta tal punto que te fundes en este mar de olores.

   He pedido un mojito, del mítico Bacardi, con una gordita rodaja de lima, es más intensa que limón, y unos pétalos de menta, como cortejo. Es el segundo cocktail y ya se nota el gusto que voy cogiendo, desde el momento que estoy aquí. Suena Still Got The Blues, de Gary Moore, y mi mente está enredada entre mis pensamientos. Estoy esperando a un amigo mío, que está tardando, como siempre.

   Me he vuelto más perceptible al ruido exterior y cada mi poro respira este dulce olor, que ha creado el bar. El ambiente está cargado de emociones. Mientras tanto, sigo observando con deleite las estanterías llenas de bebidas multicolores. Son tan inofensivas que, reposando tranquilamente en sus sitios, me invitan a probarlas todas, como si fuesen unas pociones mágicas.

   Con el rabillo de mi ojo percibo entrar a una figura. Su perfume, no sé cuál es, pero se adelanta a su dueña y se hace paso entre tanto barrullo y es difícil no notarlo. Al girar mi cabeza hacia esta figura la veo con más claridad. Allí camina ella, como si la imagen se ralentizase. Es, sin duda, una flor resplandeciente de tonos violeta oscuro y rojizo.

   Por su expresión veo que también ella no está contenta.

   Más allá de ella algunos ojos ávidos de las lobas hambrientas la están devorando. La están escrutando y exprimiendo su ya embriagada fantasía la están tildando de algo obsceno, porque tácitamente ella lo merece. Desde luego, esta criatura se dista mucho de casi todas las féminas de esta noche, y, como es natural, muchos varones le están desgarrando sus trapos de marca con sus salvajes miradas.

   A juzgar por su vestimenta es una niña con pasta, y con sentido de estilo.

   Al acercarse a la barra aterriza sobre el alto taburete a unos dos metros a mi izquierda. Puedo apreciar su vestimenta más detalladamente, porque estoy sentado a tres sillas del fondo y desde aquí se puede observar todo y a todos, hasta el más mínimo gesto. Lleva unos pantalones, de terciopelo violeta oscuro, muy apretados y con un vivo dorado por las costuras laterales. La blusa, también muy ceñida, de satén negro, que va fruncida por los pantalones con un cinturón ancho, de piel de serpiente roja. Una cazadora, de la misma piel y el mismo color que el cinturón, muy corta, en el cuerpo y por las mangas, que parece a una torera con las hombreras levantadas y el cuello alto y los mitones para conducir, de cuero negro. Sus botas, que para mí el calzado es una parte fundamental en cualquier conjunto, son de piel de serpiente roja con caña alta y tacón geométrico largo y cierre con los cordones. Creo que el calzado pone de manifiesto el gusto de uno.

   Es una fiera recién salida del bosque encantado, de acero y hormigón.

   Mientras saboreo el cocktail mi mirada reposa sobre esta flor silvestre y enigmática. Los demás no dejan de mirarla, como un enjambre de moscas de la fruta con sus ojos enrojecidos. No cabe duda que la quiere la mayoría de los depredadores, presentes aquí. A muchos les gusta lo exótico, yo incluido, y los entiendo con una lasciva sonrisa.

   En un momento dado me doy cuenta que los ojos, de aquella inocente flor, me miran con firmeza. Se asemejan a los de un carnívoro que anda por los alrededores en busca de su presa. Sus labios se mueven, pero no puedo comprenderlos. Aun así, son como dos grandes imanes, que te acercan con cada momento, a pesar de que resistas. Ésta imagen ha persistido por unos segundos y ahora todo se ha vuelto a la normalidad y, de repente, ante mi aparece, como un genio de la lámpara, mi amigo Iván.

   —¡Eh! ¿Qué tal? ¿Llevas mucho? —me pregunta sentándose en el taburete contiguo.

   —No… unos minutos —le respondo indiferente. Qué sentido tiene preguntar viniendo con cuarenta minutos de retraso—. ¿Has traído?

   —Por supuesto —su contenta sonrisa se ensancha con el cigarrillo entre los dientes, a medio acabar.

   Su aspecto nórdico, altura de uno noventa y corpulencia fibrosa lo hacen parecer al dios mitológico Thor, lástima que sus brazos los tiene llenos de cables interconectados y láminas de acero. Es un ex militar, de fuerzas de operaciones especiales. En su última campaña, hace diez años, los perdió en un breve combate contra los llamados «rebeldes», en alguna parte entre la llanura europea oriental y la llanura de Siberia Occidental. El deseo de los «rebeldes» de estar fuera del yugo gubernamental central fue mayor que cualquier deber patriota, impuesto por el aparato dirigente. Pero no le gusta hablar de eso.

   De regreso, el estado le proporcionó una recompensa, que cubría su recuperación durante seis meses, pero al final, como casi siempre, para reducir los gastos innecesarios le dijeron que el estado ya no puede hacer cargo de él, del patriota que luchaba contra sus congéneres, con la excusa de que la situación económica es difícil y, además, tiene asuntos más importantes de que ocuparse. Así, al pasar medio año y recuperarse parcialmente, se quedó sin pasta, con los brazos inválidos y solo, en compañía de su patriotismo. Hoy en día casi todos, de las fuerzas especiales, son de orfanatos. Da la impresión que los crían ahí para esto, para ser unos verdaderos patriotas.

   —Mira —saca de su bolsillo interior una pequeña cajita de plástico y la abre. Contiene tres cápsulas blancas. Cada una de ellas lleva escrito un número: 1, 2, 3. La cierra y me la pasa—. Gríshka dijo que son modificadas. Renovó la receta, o algo por el estilo.

   —¿Comentó algo más?

   —No. Dijo que son un poco más fuertes que anteriores… y nada más.

   —Vale —miro al barman, nos conocemos desde hace diez años, y con un ligero ademán de la cabeza lo invito a acercarse. A las diez y media de la noche todavía no hay mucha gente en el bar. Se acerca limpiando una copa—. Es una muestra —le digo extendiéndole mi mano, a modo de saludar, y pasándole la cajita. La guarda en su bolsillo y prosigue con su limpieza—. Cuanto más el dígito más fuerte. De momento vamos con los cincuenta, sesenta y setenta por cápsula —con un leve asentimiento se aleja, con la copa y el trapo entre las manos.

   Para nosotros las noches siempre son jóvenes. Siempre son divertidas.

   Yo, Iván y Gríshka somos socios, al menos de momento. Nos llaman traficantes del «polvo del placer», el mote lo acuñó Gríshka, que ha desarrollado este polvo amarillo, y todavía sigue perfeccionando la fórmula. Es una sustancia estimulante sintética, a base de grasa humana, que intensifica los sentidos femeninos, grosso modo, hace el acto sexual más vivo en colores e intensifica orgasmos. Al fin y al cabo, cada mujer quiere sentir orgasmo y no todos los hombres pueden llevarla hasta él, pero, con sólo dos gramos de este mágico polvo el arco iris de emociones le está asegurado en cuestión de minutos. En este caso el hombre es un desencadenante de sentidos sensoriales. Así, todo el mundo sale beneficiado.

   ¿Cómo dicen, por ahí… cada cual sobrevive como puede? Pues eso. Hemos tenido la oportunidad y ¿por qué no aprovecharla y explotarla al máximo? Ahora, la mayoría sólo se fija en el resultado final que tenemos, pero cuando a Iván lo dejaron con una pensión mísera sin trabajo ni brazos nadie vino a preguntarle si necesitaba ayuda. Todo el mundo dio por hecho que es su suerte… ¡¿qué mierda es eso?! ¿Qué cuento es ese de la suerte? Ya, habrá muchos que dirán que el gran y misericordioso Dios sólo está probando la fuerza de su espíritu, pero por alguna razón le prescribió éste destino, como doctores te recetan una pastilla por la que cobran su porcentaje. Y ¿qué pasa con Gríshka? Cuando le detectaron el cáncer de vejiga, hace hará un año y medio, le dijeron que necesita un tratamiento, y es muy caro, pero, nadie se ofreció ayudar a un estudiante de química huérfano para pagar la operación. ¿Para qué? Es su problema. Cada uno está envuelto en sus preocupaciones mundanas, que a veces le hacen a uno la vida insoportable, así que ayudar a un desconocido significaría añadir una preocupación más, y encima ajena. Pero, a pesar de que muchos encuentran el humanismo como algo necesario para prosperar, como sociedad y como el individuo, hay pocos que lo intentan emplear en su día a día. En la actualidad, por ejemplo, el humanismo está de moda en las bocas, llenas de comida, pero es poco estimulante a la hora de actuar. Lo conozco, a Gríshka, desde hace cinco años y es buen chaval. Fue él, quien me propuso ser socios… y yo propuse a Iván… y así somos socios.

   No tengo que rendir cuentas ante nadie por qué hacemos lo que hacemos. Son las circunstancias, que a veces son más poderosas que los hábitos o reglas o leyes o lo que sea… te moldean ellas, y no hay escapatoria.

   El negocio nos va bastante bien, o, mejor dicho, mejor de lo previsto. Desde que sacamos al mercado las pastillas, hace ya cuatro meses, triplicamos las ganancias, pero claro, también casi se duplican las partes extraoficiales, de nuestros socios estatales. Hemos de agradarlos, para que hagan la vista gorda. Todos quieren vivir bien y comer bien, es la parte de una sociedad viciosa.

   Intentamos sobrevivir.

   —Eso es para ti —Iván saca una cajita más y me la entrega.

   —¿Y tú?

   —Ya tengo la mía —me dice alegre y pide un ron.

   A algunos les gusta ir a una fábrica u oficina cada día a la misma hora cinco veces a la semana y casi doce meses al año, y así hasta que deciden que ya están agotados físicamente y moralmente y deciden que han de cambiar algo, pero, cuando los préstamos bancarios y las hipotecas les miran con asombro desisten de la tentación del cambio y vuelven a sumergirse en la cadena. Nosotros hemos negado a servir de esta manera. También somos esclavos, pero un poco más libres.

   Han pasado unos quince minutos, desde que se posó en la silla, y ya le pide al barman el segundo highball con whisky y hielo. La miro con curiosidad, sin desviar la mirada, y advierto que tengo la curiosidad de saber algo sobre ella. Y en un momento, cuando su carita se gira hacia nuestra dirección, le sonrío elevando la copa, con ademán de saludarla. Me mira con indiferencia por unos instantes y me devuelve el saludo, también levantando el vaso, y vuelve a contemplar el entorno.

   Unos segundos más tarde me encamino hacia ella.

   A medida que avanzo me parece que formamos parte de una película. El tiempo se extiende más y los más leves movimientos de la gente se ralentizan. Escucho claramente cómo mis tacones se resuenan en el ambiente… el ¡clank! de los vasos y copas, al chocar… las voces de ellos despliegan sus notas en longitud, como si fueran unas telarañas… el ruido de los taburetes y las mesas se dispersan por el suelo, como chorros de agua… la calina se propaga como un virus… el mojito, en mi copa, se balancea de un extremo a otro, con una lentitud peliculera, ahogando a la solitaria lima.

   —Me gusta tu sonrisa —le digo al acercarse hasta la barra y mirándole a los ojos.

   —¿Algo más? —me responde desenfadadamente.

   —Sí —digo pensativo—. También tu estilo de hoy. Es arrasador.

   —Muy observador —me examina con la mirada inquisitiva.

   —Ah… —como si acabo de acordarme—. También tu voz.

   —¿Qué le pasa?

   —Es un poco ronca.

   —¿Ronca?

   —Sí… y aterciopelada.

   —¡Ronca y aterciopelada! —repite mis palabras con aire burlón y las comisuras de sus labios se elevan ligeramente—. ¿Eso es malo o bueno?

   —Adivina —unos segundos más tarde le pregunto—. ¿Y qué hace la flor tan linda por aquí? —unos instantes de cavilación y me responde.

   —¿Flor? —sus comisuras de los labios se levantan un poco más.

   —Sí. Creo que eres una flor… exótica, pero no sé tu nombre —junto con las comisuras sus ojos se entornan y se queda mirándome por unos segundos, como diciendo: ¿Tío, en serio?

   —Margarita. La flor… exótica, se llama Margarita.

   —Margarita… —le digo con ademán oficial—, y a éste botánico… —me indico a mí mismo—, le llaman Gleb —y levantando mi copa le hago seña para chocar nuestros vasos. Ella coge el suyo y ¡clank!—. Entonces, ¿qué te trae por aquí?

   —Nada. Iba al cumple de una amiga y al pasar cerca vi el letrero de neón, sobre la entrada, y me acordé de que me habían comentado que aquí se puede conseguir algo interesante —y se me queda mirando. Mi sonrisa se ensancha y hago un trago—. ¿Y tú?

   —Yo también… pero venía desde el cumple de un colega y al pasar cerca vi aquel letrero brillante y pensé que tal vez a alguien le apetecerá conseguir algo interesante… así estoy aquí —el flirteo con estilo atrapa, como una araña a su presa.

   Este sitio, el bar Smoky, es un local muy conocido por los trapicheos de pequeña y mediana escala. Compra-venta de diferentes estupefacientes, y no me refiero al alcohol sino algo más fuerte, como ácidos modificados o algunos psicofármacos. Pero, para nosotros tres aquello era sucio, estábamos fuera de aquel mercado. Sin embargo, a Álik, al propietario del local, le daba igual qué vender, siempre y cuando no hubiera jaleo. El bar parecía a la zona cero, un territorio neutral, y, por supuesto, los federales no lo tocaban. A parte de que no les interesaba semejante cantidad Álik tenía, como respaldo, a su tío paterno, que ocupaba el cargo del fiscal general de la capital y provincias aledañas, y en los sitios viciosos eso infunde respeto.

   Iván se marcha, indicándome con la cabeza que nos veremos luego, así que seguimos charlando, yo y la flor, sobre las cosas tan triviales como el mundo. Nos reímos mucho. Resulta que ella es una persona muy risueña y alegre.

   Ni siquiera advertimos que ha pasado casi una hora. Me daba la impresión que nos conocíamos desde hace mucho tiempo. Me dice que está a gusto conmigo y me invita a acompañarla para visitar a su amiga.

   Salimos del bar y nos encaminamos hasta su coche, que estaba aparcado en unos cincuenta metros. Era un Ferrari 488. Su icónico color, rojo pasión, gritaba a cuatro vientos que le encantaba la diversión. Es una pequeña ventaja de ser la hija única de un propietario de todas las refinerías petroleras de la parte Europa Oriental del país.

   Nos dirigimos al club Tumba, muy apreciado por los solventes, con gustos exóticos.

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