Escritor y ghostwriter
La bestia dentro
.png)
—Por favor, no hagas nada estúpido.
—Vale.
—En cuanto estés cerca, llámame.
—Sí.
—¿Estás lejos?
—No.
—Víctor...
—Tengo que colgar, mamá.
No hay nada de qué sospechar, sin embargo, un sentimiento de agobio me invade.
Desde el momento en el que se acerca el taxi hasta la barrera levadiza de nuestra pequeña urbanización, mi corazón empieza a bombear más sangre hasta la cabeza, hasta que mis sienes empiezan a palpitar, como si un pájaro carpintero intentase sacar algún nervio de mi cabeza, como lo hace en los troncos podridos. Todo esto ha llegado de golpe, porque he visto en las ventanas de mi piso la luz encendida. Alguien está dentro.
Soy impulsivo, y siempre lo he sido. No es algo de orgullo, pero no puedo controlarlo. Hace años, incluso asistí a varias sesiones con un psicólogo que me recomendó mi ya expareja. Lo que me dijo era algo como «estar consciente de las causas de mis alteraciones y, con un poco de perseverancia, poder controlarlas». Gracias. No pude aguantar más de unos meses y, al final, me dejé llevar por las circunstancias, porque he sido débil. La debilidad ha resultado ser más cómoda. Mal..., lo sé. Por eso, no tengo más remedio que superar la trayectoria, desde el taxi y hasta el portal, con doble sentimiento. Por un lado, necesito comprobar todas mis dudas para que no me torturen… y por el otro, tengo miedo de que mis dudas sean verdad. Mierda. Es un círculo vicioso. Siempre imagino las cosas antes de que puedan suceder, y la mayoría nunca ocurren.
El silencio nunca consigue llenar mi mente, como hacen los yoguis, pero este zumbido en los oídos, que se mezcla con el ruido de los coches nocturnos, sí que lo ha hecho y, aparte de eso, ha traído unos pensamientos pesados. Mi mamá siempre me dice que mi temperamento es mi guadaña, pero nunca lo he tomado tan en serio… como en este momento.
Soy celoso. Soy un animal cuando intuyo la mentira.
Recuerdo reventar la mandíbula a un tío que resultó ser amigo de una amiga de mi ya exnovia, porque ella, su amiga y aquel tío habían querido ponerme a prueba, gastándome una broma para ver qué haría si viera a mi prometida en la cama con un desconocido. Para aquel entonces practicaba casi a diario artes marciales y todavía no había acudido al psicólogo, así que estaba a menudo a medios pelos, por tanto, la conversación amistosa no era mi fuerte. Pues la broma les salió con una escayola para la mandíbula rota del tío. Lo siento, a veces me paso un poco.
La noche es joven, pero mis celos ya no.
Es curioso que, desde la barrera levadiza de nuestro parking comunitario, mi piso tiene dos ojos alocados, llenos de vacío... En realidad, es muy insignificante, pero significa todo para mí, porque la casa es mi mundo íntimo y ver que alguien ajeno lo invade, me pone los pelos de punta. Pero más me enloquece ver allí dentro a mi mujer, que amo, con un individuo. He de trabajar sobre mis inseguridades, mierda.
Jamás pensé que volvería a decir esta cosa, pero lo digo. Allí está la mujer que amo y ¡no debería estar! Porque se supone que debería estar de visita con su madre en las afueras de la ciudad, mientras yo estoy de viaje de negocios. Y nadie tiene las llaves de nuestro piso, salvo yo y ella. Y, en teoría, estoy fuera hasta mañana, pero me las he arreglado para venir hoy. ¿Suerte?
—Las luces están encendidas, aunque nadie debería estar.
—Lo sé.
—Alguien está.
—Seguro.
—¿Qué te dijo Elena?
—¡Ya, basta! —me altero como una cerilla.
—¿Qué te dijo Elena?
—¡Mierda! Me dijo que iría a visitar a sus padres mientras que yo estaría de viaje de negocios.
—Y ¿cuánto tiempo queda hasta que regreses?
—Un día.
—Entonces, ¿qué está haciendo ahí sola... o no?
—Ooohh, ¡cállate! No está haciendo nada... Tal vez, simplemente, ha querido hacerme un regalo.
—Ya. Junto con un cuerpo masculino.
—¡NO! ¡Cállate, joder!
—Venga, comprobémoslo.
Hay que joderse. Siempre se mete en los momentos menos oportunos. Yo confío... confío en ella, porque sé que no va a traicionar nuestro amor. ¿Amor? Baahh, qué melodramático me he vuelto. Los años me quitan la lividez de relaciones y me convierten en un coñazo de ser, y eso aburre. Hay que relajarse y tranquilizarse... ¡Fuuu! Bien. Hay que pensar con lógica... pero ¡es que en semejantes momentos mi fría lógica está de paseo en el quinto coño! Paciencia, joder. Recuerda que nadie pertenece a nadie, aunque tenga este sello de formalidad en el pasaporte. En realidad, para mí nunca ha significado nada el sello este, en cambio, para ellas significa como traspasar una frontera, como algo seguro. Todo el mundo quiere estar seguro de algo, que autoengaño. Una locura.
Sí, estuve casado dos veces y me divorcié, también dos veces. Qué cosas de la vida.
Mientras salgo del coche, cerrando la puerta con un portazo... ¡Atención! Sólo este gesto de cerrar la puerta ha debido de ponerme en alerta de mi tensión, pero no. Relax. Pues eso, cierro la puerta y traspaso la barrera levadiza… y… me doy cuenta de que me invaden recuerdos de… la verdad, que algo cambió en el preciso momento de firmar los papeles, por tercera vez, y toda esa ceremonia de pomposa boda y la bendición, por la «Santa» iglesia, de la reunión de dos almas perdidas. Me refiero a que entre ella, mi segunda exmujer, y yo se había esfumado esa mágica sensación de formar algo nuevo y bello, lo que siento ahora con Elena. Nuestro día a día se había convertido en una comida insípida... ya no sabíamos qué condimentos echar, aunque antes de firmar, ella rebosaba de ideas de nuestro mutuo pasatiempo. Yo, después del trabajo, iba volando para casa, porque sentía la necesidad de verla… tocarla… besarla… hablar con ella de tonterías y de algo serio. Al principio, todo era exótico… pero, al pasar los días y meses, nuestros caracteres y nuestra aceptación de cómo somos en realidad, se ha ido convirtiendo en una desaprobación… en una desesperada intención de mantener unida nuestra relación, como un jarrón de porcelana roto que se pega con un adhesivo. Y, al final, hemos llegado hasta la bifurcación de nuestros caminos como individuos, y como un matrimonio, y todo eso ha sucedido en cuestión de meses, aunque hay que reconocer que mis celos han jugado, varias veces, una mala pasada antes de la firma misma.
Por ejemplo, una de ellas ocurrió quince días antes del matrimonio. Una situación embarazosa y desagradable, algo infantil.
Cierto día regresé a casa unas cuantas horas antes de lo previsto y, al acercarme hasta la puerta, escuché unas risas dentro. La abrí con cuidado y vi a un tío bien puesto con mi esposa, sentados a la mesa, de espaldas, charlando amenamente. Repasaban los catálogos del diseño de interiores, con algunas muestras de tela, piedras y algo más, de eso me di cuenta después del incidente. Estaban tan juntitos y cómodos que casi le rompo la crisma sin preguntar nada. Resultó ser el amigo de una de sus amigas y que era un diseñador de interiores. Como resultado, ella, mi ya segunda exmujer, quería hacerme una sorpresa para mi cumpleaños, que iba ser tres días después. Bueno, un pequeño escándalo con el tío por mi parte, y por la tarde, uno de la suya... Y, como resultado, el día siguiente sin hablarnos. ¡Vaya coñazo! Ahora sí que me da vergüenza semejante comportamiento. Total, al final de unos seis meses ya no aceptábamos lo que veíamos el uno en el otro.
—Venga, camina.
—Cierra el pico.
A pesar de que camino con pasos firmes, siento cierto tremor en las piernas, por la excitación de lo que voy a ver, supongo. No quiero que con ella también todo termine de una manera tan tonta.
Hasta el portal, me quedan unos seis coches, pero me parece que el tiempo se ha ralentizado. Entiendo que, al apartarse un poco, mentalmente, la situación y mi comportamiento se ven ridículos, pero no puedo remediarlo. Las emociones son más fuertes que la razón. No puedo entrar en la piel de un adulto razonable y reflexionar con frialdad de la situación. ¡No me sale! O, tal vez, nadie me ha enseñado. Si mis parejas me hubieran explicado cómo hay que tratarlas, quizá, sería un adulto más maduro y sano. Pero al escoger el camino más fácil, pues... Pero tampoco puedo culparlas, ellas tampoco sabían cómo hay que tratar a su marido. Total, a pesar de que tengo ya treinta siete años, sigo siendo, en este aspecto, un adolescente egoísta. Quiero cambia…
—Está aquí.
—¿Qué?
—Digo que está con alguien, ¿ves?
Y es verdad. Incluso desde esta distancia, se ve deambular unas sombras dentro del apartamento. Mierda. ¡¿Qué celebran?! ¿Mi ausencia? Mierda... ¡Lo voy a matar! Calma... calma. Expira... ¡fuuu!
Siento mi sangre hervir con cada paso que doy. Parece a una tortura. Mejor hubiera sido caminar por las brasas y no vivir en esta incertidumbre. No soporto escuchar las frenéticas palpitaciones de mi corazón rebotando como un balón en una pared, en mis sienes. ¡Me van a reventar la cabeza en mil putos pedazos! Y ¿sabes qué pienso? Que será mejor. Así, por lo menos, nadie sufrirá daños colaterales. Nos habíamos puesto de acuerdo que la mutua confianza y respeto son los pilares principales que regirían nuestra relación, pero resulta que con el mínimo atisbo de duda me veo sucumbido a una frenética tempestad de suposiciones, que, tal vez, jamás acontecerán. ¿Qué cojones pasa? ¡Mierda, necesito ayuda! Así no quiero vivir. El descontrol de los pensamientos es una utopía.
...