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El rehén

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La oscuridad lo es todo.

   Mi reloj de pulsera marca las 23:30.

   El momento de celebrar mi partida al más allá se acerca.

   ¡La vamos a celebrar con una pincelada de colores brillantes, señores!

   Hoy es una noche de sábado bastante clara. En primavera, hay muchas tristes nubes merodeando sobre edificios de carácter violento, vigilando por el bienestar de sus habitantes. Estos edificios parecen más unas jaulas llenas de rehenes. Desde aquí, la luna tiene el aspecto del eterno cerbero, con su particular ejército de esbirros bajo su mando.

   Nos gustaba subir, a mi hermano Félix —Maine Coon, pelirrojo, de siete kilos— y a mí, hasta la parte más alta de nuestro viejo conocido puente y contemplar desde aquí cómo se hunde o emerge nuestra ciudad en la venenosa neblina de felicidad muerta. Félix siempre se ponía a mi izquierda, creo que desde esta posición era más fácil para él apreciar todo el horizonte, ya que sólo le quedaba el ojo derecho. El izquierdo lo había perdido hacía un año y medio en una pelea, cuando escapaba de los perros guardianes de la Patrulla Urbana. Pero hoy... estoy solo aquí. Lo mataron ayer, delante de mis ojos. Porque el puto destino, o el Dios, o lo que sea, lo hizo sentarse sobre el muro de tres metros de impasse —que está cerca de la ventana de mi piso, de una habitación— que divide, con un estrecho callejón, a los dos edificios residenciales, y, al mismo tiempo, hizo pasar a la Guardia Urbana cerca de este callejón sin salida y les hizo advertir la plácida presencia de Félix. Y no sólo eso, sino que les provocó también las ganas de divertirse un poco, lo que los llevó a imaginarse unos francotiradores y a abatirlo a tiros. Mis gritos demorados no han podido salvarlo. ¿Por qué Él me esperaba regresar a casa? ¿Acaso no podía hacerlo en cualquier otro momento? O, simplemente, ¿no quitarme al último ser querido que me quedaba? Si ya me había enseñado, en muchas ocasiones, el poder de quitar las vidas a su antojo.

   ¿No le bastaba con mi mamá y papá? Es muy glotón, y lo sabe.

   Al cruzar la calle corriendo, me detuve en la entrada del callejón, al lado del coche.

   —¡¿Por qué lo habéis hecho?! —pregunté a los agentes, sentados en el coche.

   Me miraron con una sonrisa, de arriba abajo, y se echaron a reír. Si les hubiera dicho algo, como «cabrones», «hijos de puta» o algo parecido, me habrían detenido, hasta la llegada de la Guardia de Censura Civil y, desde ahí, directamente a la prisión provisional, hasta esclarecer los hechos, y a partir de aquel momento a la prisión, como han hecho con mi amigo Stepán. Así que tuve que tragarme el nudo que se me hizo y, con una rabia contenida y puños crispados, me adentré en el callejón para recoger el cuerpo ensangrentado de Félix.

   Nacemos en la oscuridad... y retornamos a ella.

   Mi reloj marca las 23:35.

   Estamos a solas los tres: el senil y corroído ya, por los años de tanto servicio, amigo puente, yo y nuestra adorable y pálida luna.

   Este viejo granuja es el superviviente, el último puente centenario con ferrocarril aéreo, que conectaba la capital y nuestra ciudad industrial. Hoy en día, toda la conexión con nuestra ciudad es bajo tierra. Ya que el puente está ubicado en una de las partes más altas de la ciudad, lo que lo convierte en un centinela incansable y experimentado, ha visto pasar miles de toneladas de productos, tanto comestibles como químicos, que alimentaban, tanto hombres como a las fábricas que alimentaban a los hombres; ha proporcionado una vía para miles de personas que venían a esta ciudad férrea rectos y se iban tumbados, succionados de su vitalidad; ha visto los ojos rojos y espasmódicos de miles de almas caídas en los tiempos de su nacimiento, durante su juventud y después del veredicto de su vejez, por la enfermedad crónica que sufre el metal.

   Me gusta como es. Tan imponente como la ciudad misma, llena de rasgos pétreos. Es una parte esencial de mi ciudad. Mi patria chica… donde nací, crecí y donde moriré hoy… porque ya no hay necesidad de seguir siendo un concepto preestablecido y fantasmagórico, que se llama el Homo servus.

   Sus articulaciones ya están demasiado oxidadas como para jugar con el viento, así que sólo gime al sentir una brizna de dióxido de azufre. Se ve el inocente brillo del río bajo mis pies, pero lo que acarician las frías manos de la luna es un líquido mortífero, donde ya, desde los años del nacimiento de la ciudad, sólo lo habitan olvidados restos del desarrollo industrial. Aun así, es un paisaje poético.

   Mi reloj marca las 23:40.

   Aquí ya reina el silencio, los ruidos se han escondido bajo tierra.

   Por la tele, nos han informado de que el nuevo gobierno ha dicho que la gente tiene que disfrutar de su vida y comportarse felizmente, pero uno es feliz de acuerdo con lo que ve y ¿cómo uno puede vivir felizmente si trabaja y casi vive en la fábrica? ¿Qué clase de felicidad es si no hay ni una flor en toda la ciudad? Según el nuevo programa del gobierno para mejorar la calidad de vida en sus principales urbes industriales —cerca de tres millones de habitantes cada una—, ha hecho trasladar todas las industrias pesadas bajo tierra y, en vez de los edificios de las fábricas, elevar las chimeneas de setenta metros de altura para alejar el smog. Así que, desde hace ya casi cinco años, el aspecto de la ciudad se ha vuelto multicolor bajo enormes hongos, humeando. Por las vías principales han puesto grandes árboles de color verde oscuro; en las calles más pequeñas, los arbustos de color verde claro; en cada esquina, un parterre con diferentes flores de tres colores: rojo, azul y blanco. Desde esta altura impresiona la magnitud de medios invertidos y la velocidad de realización. Lástima que todo sea de plástico.

   Ahora mi reloj marca las 23:45.

   ...

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