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El presentimiento

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Otra vez cree que la hora ha llegado. La hora de emprender la marcha para encontrarla, cueste lo que cueste, aunque todavía no sabe dónde. Qué ridículo.

   Desde hace diez años se repite la misma frase, como un alocado: «Está allí, sólo tengo que encontrarla». Pero ¿dónde es allí?

   Desde hace diez años, cada mañana prepara con cuidado cada detalle de su imagen. Sus queridas botas —si no me acuerdo mal, las llama monks—, que tanta suerte, según dice, le han traído en el trabajo, por eso cree que en la búsqueda de su amor también le traerán suerte. Y los diez años pasados no le han enseñado nada. Otra vez esos pantalones negros, o puede que sean otros… no sé… como tiene muchos, pues me pierdo. Mira, hoy se pone una camisa de rayas estrechas. ¡Caray! Ha sacado su «perfecta» —como suele decir— chaqueta, con anchos rombos. Es casi ideal. Siempre lleva la barba a lo descuidada… en realidad, le queda bien con su carita infantil. Y, por supuesto, cómo no, las gafas, así es un poco más inteligente.

   —Ya tengo casi todo para encontrarla —«Seguro»—. Qué tal, ¿cómo me ves? —«Te falta la sonrisa».

   Hoy llueve un poco, seguramente, no vamos a pasear. Le gusta la lluvia y siempre sale solo. Así que me queda estar tumbado en el sofá. Es curioso cómo tiene que prepararse para poder aparearse.

   Mientras se pone la chaqueta siempre tiene que mirar por la ventana, tal vez, está trazando alguna ruta.

   —Está lloviznando un poco —«Pues sí»—. Mira cómo estas brillantes gotas acarician las amarillentas manos de los arces. Da la impresión de que siempre piden piedad... o sólo están extendidas para saludar a los transeúntes, que pasan ensimismados sin advertirlas —«Qué poético. Le gusta leer la poesía en voz alta, y a mí escucharla. Me tranquiliza»—. Han sacado los paraguas —«Venga, y ahora mira al cielo»—. Bueno, hay un par de nubes, pero no creo que llueva más fuerte —«Observar a un homo sapiens durante siete años, desde el sofá, es muy instructivo»—. Mira, veo una cara... Ah, no. Es una nube gris. Y allí hay más. Y todas van a algún país —«¿No quieres comprar un billete para volar con las nubes?»—. Sabes, mirándolas me acuerdo lo que dijo Sásha, el tío que tenía lupas en vez de gafas, ¿recuerdas? —«Claro que sí. El tacaño ese, que no me dio ni una galleta, cabrón»—. Pues me dijo que las exuberantes nubes, como hoy, las asocia a los pensamientos de la humanidad. Dijo que en los momentos de descarga producen demoliciones. Pero hoy no habrá demolición alguna.

   Bueno, ya que no va a llover más a lo mejor vamos a salir juntos. He de intentar... pero me da tanta pereza dejar mi sofá. Reconozco que me he vuelto demasiado perezoso, ¡pero es por su culpa! Siempre está dibujando o escribiendo sus versos. Si no está en el trabajo, entonces está dibujando o escribiendo... y

se olvida de mí. Pero bueno, vale, voy a acercarme.

   —¿Qué pasa, grandullón? El sofá se te hace pesado, ¿eh? —«Pues, sí»—. ¿Sabes, Red? Eres el pitbull más listo que conozco... y más risueño —«Lo sé»—. Lo siento, tío, hoy no puedo llevarte conmigo. Tengo el presentimiento que hoy la encuentro —«Siempre tiene algo más importante»—. Venga. No te rías de mí. En serio. ¿Por qué me da la impresión de que me compadeces cada vez que sonríes? Eres muy burlón, tío.

   Muy bien... todo vestido, impecable. Ahora, como siempre, vamos a quedarnos mirando a través de la ventana a la habitación al otro lado.

   Ahí todo está correctamente arreglado, casi como en su vida. Todo en su sitio, incluso algunos croquis de zapatos, descuidadamente dejados en el escritorio. Esta lamparita de mesa, que se cierne sobre los esbozos, también le sonríe, dejando a la vista espacios en blanco. Es como si todos estuvieran esperando su siguiente paso.

   Y ¿quién es él?

   Un hombre me está mirando fijamente a través de la ventana. Entre nuestras ventanas crece un milenario arce, no sé por qué Víktor lo quiere tanto. Sus rojizas manos tapan algunas partes de aquel tío, pero, aun así, puedo ver los rasgos de su expresión plácida. También él está rapado como Víktor, «el regalo genético», dijo. Bueno, por lo que puedo ver tiene estilo con lo que viste. ¡Oh! ¡Caray! ¡También tiene perro! ¿Debería ser buena persona?

   Este tío sigue mirándome. ¿Qué miras?

   No sé, no nos conocemos, pero me resulta algo familiar.

   —¿Estás preparado? —«¿Qué?».

   —Sí..., no… No sé —«¡Hey! ¡Viktor! ¿Lo conoces?».

   —¿Para qué la quieres?

   —Para formar mi propia familia.

   —¿Y para qué?

   —No sé.

   La verdad es que todavía no tiene ninguna respuesta lógica. Y, tal vez, no hay lógica aquí. Tal vez, es la naturaleza la que lo dirige, como a mí. Desde hace años dice que siente que ya está preparado, física y psicológicamente, para formar una familia. Quiere a un peque. Niño o niña, no le importa, a mí tampoco me importa... o, mejor aún, los dos. Pero la cuestión es... ¿cómo va a encontrar a esta mujer? Si está sumergido en la realidad frenética, de día a día, y se le borran hasta cualidades de sus conocidos, y para reavivarlas ha de hacer esfuerzos y siempre dice que no quiere hacerlos. Dice que no quiere perder el tiempo, porque siempre cree que tiene algo más interesante que hacer. ¿Sería eso la causa de su soltería? No sé. Lo que sí sé es que él también quiere sentir eso, lo que han acordado llamar como «amor». No sé qué cosa es, pero dicen que es maravilloso, aunque termine rápido y algunos, incluso, se matan por ello. Vaya tontería.

   Este tío también tiene esta sonrisita de compasión. ¡Hey! ¿Ya te vas?

   —La voy a encontrar hoy —«Y Víktor también se va. Es que al final, todo el mundo me deja solo»—. Volveré un poco más tarde.

   ...

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