top of page
  • Youtube
  • Facebook
  • Instagram

El artista

Portada_Vol. I_4 El artista_Yo_1 var_A5.jpg

   —¿Por qué crees que estás aquí?

   Queda una semana para terminar el encargo y si no me saca de aquí, pues… otra vez lo entregaré con retraso, ¡joder! Y otra vez doña Magna se pondrá histérica. ¡Qué coñazo!

   —¡Valentín! ¿Me estás escuchando?

   —¿Qué?

   —Tío, no me hagas eso. Escúchame, por favor.

   ¿Por qué siempre debo escuchar a todos? ¿Acaso yo no tengo mis problemas?

   Kos, qué manera tan dramática de agarrar la cabeza, como si de verdad se tratase de algo vital. Hmm. Ahora que rememoro, tú siempre tenías este ademán de agarrar la barbilla con la mano derecha, tapando un poco la boca... Sí, y con el codo apoyado contra el muslo, mientras sentado, y con el ceño fruncido mirar al suelo. La gente siempre pensaba que la situación era extremadamente importante, pero yo sabía que era una artimaña emocional. Tenías que haber cursado interpretación teatral y no criminología.

   —¿Eres consciente de lo que has hecho? ¿De las atrocidades que has cometido?

   —No sé. ¿Qué he cometido?

   —Tío, ¿qué ha pasado contigo? ¿Por qué lo has hecho?

   Bueno, esta vez parece estar preocupado de veras, y emocionado también. Qué manera tan peliculera de hacerme sentar en esta habitación, con la luz de la lámpara de por medio y ser interrogado por el mejor amigo de mi infancia, y de adolescencia también. ¿Y qué pintan estos cinco hombres trajeados observándome a través del espejo?

   —Pero ¿qué es lo que he hecho?

   —Venga. No te hagas el tonto. Nos conocemos desde hace treinta años y recuerdo lo que hacíamos en el orfanato, pero era entonces... éramos chavales y entendíamos poca cosa. Pero, ahora, como siempre decías tú, tenemos el poder de elegir conscientemente cómo actuar y...

   La inocente blancura de su piel parece no sufrir ninguna adversidad del tiempo. Parece mentira que tenga cuarenta años, aparentando sólo veinticinco. Qué envidia. ¿Por qué yo no aparento igual?

   —Al principio negaba en rotundo a creer que fueras sospechoso. Después, negaba aceptar el pensamiento de que lo pudieras hacer... y hasta ahora no puedo entender por qué lo hacías. ¡Joder! Tío… no sabes cuánto cuesta aceptar que tu hermano es un asesino psicópata.

   —Hmm.

   —¿He dicho algo gracioso?

   Síí, nuestra adolescencia en el orfanato... la recuerdo como si fuera ayer. Qué locura. El lugar era muy cruel, pero, al mismo tiempo, muy curtiente contra los reveses de la sociedad. Y hay tres maneras de sobrevivir: o te sobrepones a las adversidades e indiferencia institucionales… o te subyugas al régimen… o, simplemente, mueres como un perro, después de vivir con el collar de créditos y el bozal contra tu crítica. Son las condiciones impuestas las que te obligan, no tú.

   ¡Qué recuerdos! Hmm. Pegar de vez en cuando a los perros era una cosa habitual, pero cuando peleábamos con otros chicos, ya era diversión de nivel avanzado, sí. Era más excitante ver a los otros gemir de dolor y escupir su sangre que a los pobres perros. Su sangre joven era de color escarlata, que al mantener el calor unos segundos derretía y manchaba la pureza de nuestra nieve montañosa. Si te alejabas unos diez pasos hacia atrás, podías apreciar la poética del momento. La composición general era casi perfecta. Es como si añadieras unas pinceladas de tonos más claros al cuadro Mañana en un bosque de pinos, de Iván Shíshkin. Todos los cuerpos humanos estaban incrustados en el paisaje límpido de nuestro bosque, sobre todo, en el mes de noviembre, de tal manera que por un momento me sentía todo un artista. Ahora que lo pienso... tal vez, fue aquel momento, en el bosque, el que me incitó a ser un artista.

   —Kos, no seas dramático. Sabes mejor que nadie que no es para tanto. Un cabrón más o menos no hace mucha diferencia.

   —¿Acaso te conozco?

   —Ya no lo creo.

   Sabes bien que nunca llegamos a conocer a una persona… ni siquiera uno llega a conocerse a sí mismo. El espacio nos ayuda a diseñar nuestras acciones y son el motor de cualquier desarrollo, y, en primer lugar, el de nuestro interior. El espacio nos crea y nos moldea, por eso, el ser vivo es como una pieza más dentro del mecanismo universal, que puede ser reemplazada a su conveniencia. No es nada trágico… es natural. Es la mecánica del cosmos.

   —¿Qué quieres?

   —Ayudarte.

   —Entonces, sácame de aquí.

   —Hm... eso no.

   Su cara siempre fue encantadora.

   Sí, definitivamente, aquel momento empezó a modificar algunos de mis pensamientos existenciales para aquel entonces, sin que me diera cuenta de ello. Cuando tuve mi primer cachorro, un adorable pitbull, Rokko —el que arrebaté a unos chicos del barrio vecino, dándoles una paliza con un palo—, comencé a notar muchas semejanzas entre un hombre y un perro, y, al mismo tiempo, muchas diferencias. Era algo contradictorio. No me refiero a sus aspectos físicos, sino de comportamiento. Advertía que a un hombre también se le puede adiestrar a conveniencia y sin que salgan de su boca las palabras mágicas sobre sus supuestos derechos. Así, los hombres adiestrados por el sistema estatal, al ponerse el uniforme de distinción, se convertían en unos perros sin la mínima educación y empezaban a joderme, por más que les decía sobre mis derechos, según la Constitución..., pero la calle tiene su propia Constitución. Creo que desde la escuela ellos me obligaron a tenerles asco, pedazos de mierda... Bueno, no todos, sólo a los que me encontraban, y han sido todos. Así, poco a poco, con esta aversión hacia semejante escoria se me iba borrando el estatus del que goza el ser humano en el mundo animal y, sobre todo, el macho con uniforme policial.

   ...

bottom of page