Escritor y ghostwriter
La crianza
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El doctor Paróv se acercó hasta la inmensa puerta metálica, de dos por dos metros, y se paró a unos pasos de ella. Sus dos partes tenían en medio un gran grabado de una estrella puntiaguda roja. Sobre el marco superior había una protuberancia almendrada y negra, desde la cual un rayo verde se escapó sobre el doctor y, en cuestión de segundos, las partes plateadas se deslizaron silenciosamente hacia los lados. Su vista se posó sobre formas conocidas del cuarto del director del instituto virológico más importante de todo el país. Sus ojos contemplaron la ingente mesa de cristal pálido, colocada a unos metros de la pared color marrón, con la foto retrato del presidente del país, que lo contemplaba con esa mirada siempre tan sospechosa. Sus ojos reflejaban los destellos, como rayos, de las anchas lucernas, suspendidas bajo el techo como las arañas… y una figura de espaldas.
Al traspasar el umbral, el doctor vio al director hablando por videófono con un hombre de aspecto senil. En cuanto el doctor apareció en el campo de visión de la cámara el hombre, al otro lado de la pantalla, lo miró fijamente y se calló, lo que hizo girar al director y encarar al doctor. El videófono se apagó sin más.
El director tenía las cejas contraídas sombríamente. Sus brazos parecían estar entumecidos, porque se extendían a lo largo del cuerpo, como las mangas de un abrigo en la percha. La luz semiapagada parecía propiciar a la propagación del silencio, que llenaba sin escrúpulos cada centímetro cúbico.
Al cabo de un rato de mutua contemplación, el director le hizo sentarse por el flanco, con el ademán indicativo, y la fría silla de cristal, que parecía un sillón por su tamaño, lo acomodó con suma indiferencia. Él mismo se acercó al sillón que encabezaba la mesa y el objeto se apartó automáticamente para que el director pudiera sentarse con comodidad. Juntó las muñecas sobre la mesa, entrelazando los dedos y, por un minuto, permaneció contemplándolos.
—¿Sabe? —dijo el director, rompiendo el silencio—. Siempre intenté ser optimista. Siempre intentaba convencer a mí mismo que llegaría el momento y nos daríamos cuenta de lo estúpidos y primitivos que somos… —sus ojos rojos, por cansancio e irritación, se posaban sobre sus dedos, sin movimiento alguno. Parecía que desde ayer por la mañana su cuerpo corpulento, de un luchador grecorromano, y su aspecto cuarentón han envejecido unos años más—. Que siempre estábamos destruyéndonos, por dentro y por fuera, pero… muy por dentro, sabía que me engañaba. Siempre huimos del reconocimiento de nuestros errores. Ahora, al borde del precipicio, he comprendido que el ser humano nunca querrá cambiarse. Supongo que nunca podremos quitar el olor a la basura —concluyó en modo filosófico—. Como bien sabe, doctor, nuestro país es uno de los tres con mayores programas gubernamentales del desarrollo de la defensa nacional y eso incluye todo tipo de defensa, sea política, biológica, psicológica… En fin… hoy en día todo vale —dijo con su voz aterciopelada, pero con el toque raspado. Este virus lo pintaba en tonos cítricos, como a todo aquel que estaba infectado—. Por la mañana, estaba hablando con el Ministro de Defensa y me ha dicho que todos, en el gobierno, están ya histéricos por este nuevo virus. Usted conoce sus características mejor que yo y no hace falta recordarle el letal carácter que tiene. Pero lo que no sabe es que, durante el día de ayer, cuando usted estaba en su laboratorio trabajando, mató a más de trescientas mil personas en todo el mundo. Y durante el año pasado mató a unos ciento cincuenta millones de personas… y así llevamos tres años. Ya queda poca gente —suspiró profundamente—. Usted, como el virólogo más notable de nuestro país, está a cargo del programa «la crianza» desde hace diez años y todavía no tenemos resultados necesarios. Mal. Ya no pueden esperar más. Ya no tenemos tiempo. Mañana, a las diez de la mañana, vienen el Ministro de Defensa, los de Asuntos Interiores y Exteriores, el presidente de la Liga químico-farmacéutica y el Vicepresidente del gobierno. Será la última reunión, a no ser que usted nos diga algo de esperanza, porque sus colegas chinos y americanos, de momento, no han podido desarrollar la vacuna. Total… si mañana no tenemos los resultados de la vacuna, todo se cierra y se irá al carajo —y se quedó callado, observando sus dedos. Estaba absorto en sus pensamientos.
La figura encorvada del doctor también perfilaba la preocupación, porque los resultados del programa «La crianza» los había obtenido hacía un año, pero no quiso decir nada a nadie, hasta estar totalmente seguro del éxito de sus investigaciones. Resultaba que hacía dos días, la única niña, cuyo organismo había desarrollado sus propios anticuerpos, los que han constituido la vacuna multivalente, había sobrevivido a todos los virus inyectados, incluyendo el que reinaba hoy en día. Cada persona en el planeta estaba infectada con el MV-21 —las abreviaturas de Monster Virus 21, alusión al siglo presente—, salvo esa diminuta criatura. Estaba viva y sana.
—Sí, tengo mucho que decir —dijo el doctor, sin mirar al director—. ¿Puedo irme? —le preguntó con una voz tenue, sin confianza.
El rostro sombrío del director parecía estar ocupado, vagando por las llanuras de la tierra desolada y arrasada, porque no prestó atención a la pregunta del doctor. La visita del día siguiente… ¿Qué podría cambiar? Al cabo de unos segundos, se despertó de su ensimismamiento y mirando al doctor le dijo:
—¿Ha dicho algo?
—Le he preguntado si puedo irme, si ya no me necesita.
—Ah… sí. Puede irse —con un movimiento apresurado, el doctor se puso de pie y se dirigió hacia la salida, sin mirar al cuerpo absorto en sus problemas, pero en cuanto alcanzó la puerta, que se abrió sin ruido, las palabras del director lo alcanzaron—. Mañana… a las diez —el doctor no le contestó, ni siquiera lo miró.
—Mira, Andréy —dijo el Dr. Paróv a su asistente, señalando con el dedo unas frases con números y diagramas multicolores, en unas cinco hojas, que reposaban sobre la mesa.
—¿Qué? —le contestó Andréy, sentado de espaldas y revisando las bacterias a través de su microscopio.
—Estos resultados son asombrosos. Es más de lo que esperaba. Mira —le dijo el doctor sin mirarlo.
La cara del doctor resplandecía de alegría. Sus ojos, clavados en números y fórmulas, corrían con frenesí por encima de los folios, llenos de información vital y crucial para toda su vida profesional.
—¿De qué se trata? —Andréy se puso de pie y, alejándose de su mesa de trabajo, se acercó a la del centro, donde el doctor revisaba los últimos informes.
—Mira, ¿ves este diagrama?
—Sí.
—¿Qué crees que dice? —le preguntó a Andréy, a modo de adivinanza. Durante unos segundos, Andréy escrupulosamente revisó cada dígito y palabra.
—Parece que las proteínas tienen tendencia de mutilarse con rapidez bajo las condiciones exteriores… y se multiplican sin intervención exterior.
—Exacto. Y ¿sabes qué quiere decir eso? —el doctor lo miró con ansiedad.
Unos segundos Andréy estaba deliberando la respuesta correcta.
—No del todo.
—Eso quiere decir que he conseguido la vacuna multivalente. Después de diez años de pruebas y errores, por fin, la única niña que no ha sucumbido a los virus… ¿Entiendes?... A ningún virus registrado, sea débil o fuerte… incluso a este MV Veinte uno de mie… ¡A ninguno! —el doctor miraba los informes con una sonrisa ancha y desbordado de emociones.
—Y ¿de qué crianza ha sido?
—De la crianza siete. El número veinte-ciento veintitrés.
Andréy, arqueando las cejas, deliberó unos segundos y dijo:
—Así que, entre quinientos niños, sólo este ha desarrollado estas proteínas —dijo pensativo—. Parece que las proteínas de los virus se han mutado dentro de la cadena proteínica del ADN de la niña y se han formado, automáticamente, nuevos anticuerpos más resistentes. Lo que significa que su ADN será la matriz… que significa que podremos fabricar una vacuna multivalente a escala industrial… y eso significa que, a base de ella, podremos fabricar las vacunas para los virus determinados también, las que podremos crear a nuestro parecer… y eso significa que la gente va a comprar las vacunas según el virus fabricado, sí o sí, porque no tendrá otra alternativa, así podremos sacar millones y millones sin límite… —Andréy lo decía de una manera maligna y fascinante, como si ante sus ojos los enigmas del universo hubieran empezado a revelarse. Se olvidó del doctor, que estaba a su lado mirándolo con asombro.
—No —lo interrumpió el doctor, con el ademán serio—. No vamos a decir nada a nadie, al menos, de momento.
—Pero…
—Ni pero, ni nada —pronunció rotundamente—. Tú no entiendes qué puede acarrear el descubrimiento de esta vacuna.
—Pero, doctor… —le dijo Andréy, interrumpiéndolo con entusiasmo—. Imagínese que ahora podemos fabricar cualquier virus y sus respectivas vacunas, derivadas de la matriz, y venderlos a las grandes farmacéuticas, que pagarán una burrada… y al gobierno mismo también… y ¡a otros gobiernos también! Con cada nuevo virus que creemos, podremos decirles que hemos descubierto una nueva vacuna… y así hasta el infinito… Un círculo perfecto y vicioso. Tendremos un poder casi inimaginable —Andréy miraba más allá del cuerpo del doctor presente y estaba haciendo planes para su futuro, que ya tenía casi visualizado. Ya estaba viendo cómo montaría su propia empresa, veía a los ejecutivos de grandes empresas multinacionales, esperándolo en colas, para comprar las vacunas, para vacunar a sus trabajadores; veía al Ministro de Exterior invitándolo personalmente a las reuniones estratégicas; veía al vicepresidente del gobierno acompañándolo a la reunión privada con el presidente; veía a la ciudad entera bajo sus pies, desde el piso número cien de su propio edificio. Su semblante radiaba de alegría, hasta se notaba la dificultad en respiración. Su mirada, como rayos X, perforaba el espacio más allá del laboratorio. La decoración del presente se cambiaba a medida que las fantasías emergían en su mente. Su ímpetu era imparable.
—¡Basta! —dijo el doctor con una voz autoritaria. El doctor no reconocía a Andréy en ese momento, era un extraño—. No digas chorradas. No vamos a vender nada a nadie. Ni fabricar nada, porque no vamos a decir nada a nadie, ¿me has oído? —le indicó con el dedo índice—. Ni una palabra —toda la alegría y el entusiasmo se evaporaron, como si nunca hubieran existido.
Ahora, Andréy veía a su maestro como a una lata vacía, que se imponía en el camino del joven emprendedor. Y ¿qué hacen con esa lata?
—De todos modos, doctor… es nuestro deber informar a las autoridades de semejante descubrimiento, en los tiempos que corren —le dijo pausadamente y con un acento metálico. Se quedaron mirándose el uno al otro—. O… podemos llegar a un acuerdo, usted y yo —al decir eso, añadió una sonrisa altiva.
—Pero ¿qué dices? No habrá ningún acuerdo —le dijo el doctor rotundo y con aire autoritario.
—Entonces, ahora mismo iré y le diré todo al director —y se quedó mirando al doctor con expectación, que tenía los ojos bien abiertos y con algo de miedo. El doctor estaba como paralizado, sin saber qué hacer.
Al cabo de unos diez segundos, Andréy se giró y se dirigió hacia la salida, que estaba a unos cinco metros de ellos. El doctor intentó agarrarlo por el brazo, pero el joven apartó su mano con un brusco golpe y, sin detenerse, con los pasos firmes prosiguió hacia la salida.
—¡Tú no lo entiendes!... ¡Será un caos total! ¡La perdición común!... ¡De todo y de todos! ¡No te dejarán hacer nada!,
¡¿entiendes?! —pero Andréy ya caminaba hacia la salida con determinación. Abrió la puerta y salió.
Las luces en el pasillo se encendieron de manera automática sobre él. El doctor, algo aturdido, permaneció inmóvil unos segundos, como reflexionando de los siguientes pasos y, al volver en sí, se precipitó también hacia la salida. Abrió la puerta y corrió tras Andréy, que ya estaba al lado del ascensor, esperando. Al acercarse hasta el ascensor, se paró, apoyando el brazo en la pared y, respirando con dificultad, prosiguió:
—Escucha, no hagas tonterías. El director será el primero en aprovecharse de la vacuna —le dijo el doctor entrecortado, pero a Andréy parecía no importarle eso.
Las puertas del ascensor se abrieron silenciosamente y los dos entraron al unísono. Andréy dijo en voz alta:
—Nivel del director —y el ascensor, cerrando las puertas, se deslizó hacia arriba, hacia el nivel tres bajo tierra.
—Además… todavía quedan algunas preguntas por resolver. Todavía no sé si se puede controlar los anticuerpos que se mutan y se multiplican por sí mismos. Habrá que hacer algunas pruebas más —mientras, Andréy observaba su contenta expresión en el reflejo de las puertas metálicas.
—¡Para! —gritó el director, y el ascensor se paró en el cuarto nivel bajo tierra, que era el de los almacenes técnicos. Las puertas se abrieron y el director, sujetando a Andréy, lo sacó con fuerza afuera—. Te voy a enseñar algo.
—¡Déjeme! —protestó Andréy, apartando al doctor e intentando entrar de nuevo en el ascensor, pero el doctor, agarrándolo fuerte, tiró de su brazo, y ambos, al tropezar en el forcejeo, cayeron en el resbaladizo suelo de mármol.
El golpe seco de la cabeza de Andréy reverberó en el vacío pasillo, y como cuando te sumerges en la bañera, llena de agua tibia, igual, Andréy se sumergía en la sangre caliente. El doctor, tumbado al lado del cuerpo, se quedó paralizado por un instante, y con unos movimientos de retroceso se posicionó en un metro de distancia, siempre mirando el cuerpo. Unos segundos de arduo combate en su cabeza lo dejaron sin respirar, pero, como la realidad siempre vence, el doctor hizo unos tímidos movimientos de acercamiento. Posó dos dedos bajo la mandíbula de Andréy y, al comprobar que no sentía ningún pulso, se quedó inmóvil por unos segundos, pensando.
...