Escritor y ghostwriter
Cada domingo es un día especial
.png)
Es importante que usted sepa cuánto le ama Dios.
Hoy las luces del sol no son mejores que las del ayer, pero son diferentes. Las sombras de las mismas cosas no se van, se quedan ahí, pero caen algo diferente.
El despertar de María ha sido dulce y plácido.
Los pajaritos bailaban en las ramas, repletas de hojas suculentas. Sus cantos la avivaron a sonreír y a respirar a pleno pulmón.
La cama estaba jugando con María, haciéndola revolotear un poco más entre las sábanas, que la abrazaban más fuerte. Sólo sus ojos, de color esmeralda, ven cómo es la madrugada del megápolis.
Con unos chasquidos, se incorporó, quedándose sentada, y permaneció mirando a la pared de enfrente… a un cuadro —50×50 centímetros—, con una imagen grabada de una santa. Juntó las manos y empezó a rezar el padre nuestro, terminando persignándose tres veces. Al finalizar con la tarea necesaria, miró por la ventana cerrada, a su izquierda, donde a través del cristal los rayos solares la obligaron a entrecerrar los ojos, añadiendo una mueca de molestia. Tardó unos segundos en tapar la cara con la palma de la mano, a modo de sombrilla. Bostezó y, con una leve sonrisa, bajó de la cama.
El domingo… cada domingo es un día especial. Su Dios la esperaba en su casa, para poder conversar con ella tranquilamente, sin estorbos. Cada domingo, Dios los espera a todos.
Al acabar con su caliente vaso de cola cao y dos tostadas con mermelada dijo:
—Gracias, padre, por este rico pan de cada día —se levantó y se fue al dormitorio.
Al abrir el armario, empezó a revisar el interior, haciendo en su mente imágenes de cómo de guapa estaría con los vestidos que tenía. Unos cinco minutos de ejercicio cerebral no pasaron en vano, porque, al final, se quedó con un vestido negro. Era bastante simple, pero, al mismo tiempo, con clase, porque las mangas largas, escote redondo, descubriendo unos tres centímetros de su esbelto cuello, y el largo hasta las rodillas la hacían perfecta para una visita a los aposentos del omnisciente, sin tentar sus instintos viriles. La imagen final tenía que ser perfecta y qué mejor que completarla con un pequeño bolso de hombro, unos tacones de cinco centímetros y, cómo no, con un atributo de distinción: una fina cadena y una cruz, con su hijo crucificado, de oro puro. Por supuesto, el maquillaje y su espesa melena dorada, como haces de mies, han de ser discretos, ya que al padre nuestro no le gusta la frivolidad.
Al acercarse hasta la puerta principal se paró, porque algunos ruidos en el descansillo le parecieron extraños. Con una expresión curiosa, miró por la mirilla… y ahí estaba ella.
«Joder. Otra vez esta pelma», no tardó en observar para sus adentros.
Con un brusco movimiento, abrió la puerta y salió afuera, donde estaba la señorita de la limpieza.
—Buenos días —le dijo la señorita mientras fregaba el suelo del descansillo.
—¿Por qué tiene que limpiar, precisamente, cuando yo salgo? —preguntó María, mirándola algo ofendida y sin cerrar la puerta.
—¿Perdón? —la pregunta asqueada de María paró a la señorita en seco. Los ojos, abiertos más de lo normal, la escrutaban sin comprender el sentido de la pregunta.
Frunciendo el ceño, María cerró la puerta con un portazo. Como la señorita estaba a comienzos de las escaleras, observándola, María, sin pensar y con un gesto rudo de superioridad, la apartó y empezó a bajarlas. Al llegar a la mitad dio un puntapié al cubo de agua, que estaba apartado, y con un ruido ahogado el cubo se precipitó hasta el rellano intermedio, desparramando el líquido sucio por toda la planta.
—Idiota —tildó a la señorita.
Orgullosa y contenta salió del portal.
Ahora las canciones populares, de los pájaros matinales, se habían vuelto aún más alegres. El viento, con su aliento cálido, le acariciaba la cara angelical con más cuidado. Back vocal de los árboles acompañaba a los cantantes principales, a los pajarillos, formando así una banda de Pop Natura. Al son del rugido de los coches, mezclado con toda la cacofonía, los pasos apresurados de María se hicieron más bailables. Se movían al compás de la vitalidad urbana del entorno.
Dos manzanas la separaban de su pastelería preferida, que hacía esquina, enfrentando el hotel de cuatro estrellas. Se aproximaba el momento de la reunión con su Dios.
Al acercarse hasta la entrada de la pastelería se paró súbitamente, porque se le presentó una imagen inusual. Una figura de un sintecho pidiendo limosna, a escasos metros de la misma entrada. El hombre, de unos cuarenta y cinco años, presentaba unos rasgos faciales agudos, por no alimentarse bien, y estaba envuelto en una manta, de color amarillo sucio con algunas manchas oscuras. La tristeza en sus ojos radiaba a los cuatro vientos y no es que fuera inválido, sino por las circunstancias que le han obligado a convertirse en uno de ellos. Tal vez, a algunos les falta el coraje, la voluntad o alguna otra cosa para sobreponerse a las adversidades e intentar avanzar, aunque sea a pasos pequeños, o quizás, simplemente, no quieren. De todos modos, María tenía otra opinión.
Dos pasos pausados la acercaron hasta la entrada de la repostería, sin quitar la vista altiva de aquella efigie social. Sus miradas se chocaron. La del hombre, con rasgos de culpabilidad, como si hubiera cometido algo grave, y la de la chica, llena de condena y reproche. La manera de mirarla, la detuvo en la entrada, con la mano extendida, sujetando el pomo de la puerta. Se quedó mirándolo.
—¿Podría comprarme una galleta… y té? —le preguntó el hombre, sentado en el suelo. Unos segundos de reflexión regalaron a María la respuesta adecuada.
—Y ¿por qué no te pones a trabajar? ¿Por qué debería alimentarte yo? ¿Por qué hay que alimentar a los gorrones? —el hombre apartó la vista y María, muy contenta, tirando del pomo, entró en el establecimiento.
Unos diez minutos le bastaron para devorar con sus ávidos ojos casi todos los pasteles y, al final, escoger un bizcocho verde con chocolate fundido, coronado con una almendra erguida. Sus albinos y cuidados dedos lo agarraron con esmero y lo acercaron a la altura de la boca. Se le presentó, ante la vista de María, el objeto de contemplación con deleite y adoración. La actitud de María devoraba cada cachito del premio seleccionado. Cuando su boca empezó a abrirse, mostrando los blancos colmillos de una loba e, perfectamente alineados, incisivos, como una bandada de esbirros particulares en espera de la orden, la mirada de reojo del hombre, a través del ventanal de la tienda, la inmovilizó y unos instantes más tarde, un pensamiento irresistible acudió a su ayuda. Aferrando esa golosina, salió a la calle y se plantó frente al hombre. Sosteniendo el grial en su mano derecha, lo miró con una sonrisa pícara.
—¿Quieres? —le dijo, extendiendo el brazo y mostrándole ese tesoro que aguardaba ser devorado.
La esperanza brilló en los ojos del hombre.
—Sí —respondiéndole con una sonrisa, el hombre se inclinó y también alargó el brazo, mirando fijamente el pedacito dulce, lleno de sabor.
María, con la mano extendida, ni se movió; en cambio, el hombre sí que se acercaba con cada segundo más y parecía que en unos instantes el acoplamiento entre la Soyuz y el Apolo se realizaría con éxito, pero… cuando a los dedos del hombre le faltaban unos cinco centímetros para alcanzar el pastel, María desenganchó sus tenazas y soltó el objeto de la gula latente, que con un silencio se precipitó hacia el suelo, dejando atrás el dulce sueño de ser apreciado por el paladar del sintecho. Los ojos del hombre se ensancharon y con una acción refleja, sacó otro brazo de debajo de la manta y también se precipitó hacia el sacrificado para salvarlo, pero la fuerza de atracción fue más rápida que sus toscos movimientos. Así, el sonido del cuerpo pastelino, estrellándose contra la muda acera, y sus intestinos gelatinosos de cereza, desparramándose por el suelo, salpicaron con su sangre de crema con coñac el ventanal acristalado, la manta amarilla del hombre y el pavimento, por donde, pasando un ciclista, una implacable rueda aplastó una parte del cuerpo bizcochino, resonó en la mente del hambriento. La sonrisa alumbró el rostro angelical de María, mientras que la cara decepcionada del hombre miraba aquel monto ensangrentado de mermelada y carne de pastel.
—Come. Ahí queda un trozo… para ti —le dijo María, indicando el pedazo medio destrozado que yacía cerca de la manta amarilla—. Inútil —dio media vuelta y con la expresión satisfecha, como si hubiera comido el bizcocho, se marchó.
...