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Los ladridos

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   —¿Alguien puede cerrarle el pico a este puto perro? —grita su hermano, desde la habitación. Su voz gutural llena cada rincón del apartamento.

   Son actores y hoy es el último día de preparación para una nueva obra teatral, del director húngaro Imréfi Míklos, a quien invitó el segundo más importante teatro de la capital de Moscú. Son las 20:00 y dentro de una hora tendrán que regresar al teatro para reanudar los ensayos, ya que el director les ha dejado regresar a casa sólo dos horas. El caso es que el perro de su vecina de abajo, la señora Margó, lleva ladrando insistentemente casi una hora, desde que han regresado a casa. A pesar de que a David le caen bien los animales y, sobre todo, los domésticos, soportar ese ladrido persistente e irregular requiere nervios de acero… y ni él ni su hermano los tienen, teniendo en cuenta que están bajo presión por la representación del día de mañana, que será el estreno, pero, sobre todo, su hermano Víctor. Su futuro como artistas depende de la recepción del espectáculo, ya que son protagonistas de esta obra.

   —Puede que quiera salir —le dice a Víctor desde su habitación.

   —Ni una mierda. Hoy no tengo tiempo para él.

   —Pues fíjate… —y mira el reloj de la mesa—, son las ocho de la tarde… y desde las nueve de la mañana el perro está encerrado en esa jaula de cuatro habitaciones.

   —Pues ve a sacarlo entonces.

   —No, señor. Hemos decidido hacer turnos y hoy es el primer día de tu turno, así que levántate y ve a pasearlo. Al final, pobre animal no tiene culpa de sus necesidades.

   —No empieces a ladrar tú también, como este perro —son gemelos, pero tan distintos. Es algo parecido al más y menos de los polos opuestos, por eso, David no toma tan en serio semejantes eructos de agresión.

   Víctor, con una cara malhumorada, empieza a gruñir como un oso, mientras que el perro sigue ladrando como si llamara a alguien. Es que la señora Margó, con quien han trabado amistad desde el momento de la mudanza a este piso —hará casi dos años—, les ha pedido que mientras esté ausente cuiden de su perro, que es un labrador de diez años y de color crema, y se llama Málchik, una criatura adorable. Y como es una mujer bonachona y religiosa, de sesenta años, y David le tiene lástima, por no quedarle casi ningún familiar vivo, porque tuvo que irse urgentemente a su pueblo al entierro de su último hermano mayor, decidieron ayudarla en eso. Ah, también tiene un hijo, el batería de una banda local de rock, pero, desde hace unos meses, no sabe nada de él. Total, que Víctor no tiene más remedio que bajar y sacarlo a pasear.

   —¡Mierda! Le doy cinco minutos más y si no se calla, bajaré y lo mataré —dice Víctor, sin aguantar ni un minuto.

   —¿Por qué te pones así por unos simples ladridos?

   —¡Porque me irrita! ¡Lleva ladrando desde que llegamos, joder!¡Y porque no puedo relajarme! —Víctor está en su habitación en posición de loto, en el suelo sobre una colchoneta, intentando controlar los pensamientos y energía Chi, mientras que lo envuelven los sonidos binaurales.

   Con una expresión de mala leche y con su mandíbula de pitbull apretada de tal manera que se ven los músculos marcar unos rasgos agudos, expira con desesperación. Parece que la meditación es muy quisquillosa y no se le entrega tan fácilmente. Despacio, convierte sus puños en unos de piedra, a modo de romper algo. En cambio, David, que está plácidamente recostado en su cama y con una ancha sonrisa, imagina cómo de bien conoce a su hermano gemelo, incluso más que Víctor se conoce a sí mismo. Todo viene desde niños, cuando él fue más curioso que su hermano y hasta hoy, cuando son actores y, de paso, practican artes marciales, Krav Maga. Se entrenan cuatro días a la semana y viven juntos, pero David lo conoce mejor. Se preparan para estar preparados para cualquier situación inesperada.

   —Bien, pues voy a bajar —los ladridos lo vencen y Víctor no aguanta más. Bruscamente, se levanta y se pone la sudadera, se calza las bambas y sale del piso, cerrando la puerta con un portazo.

   Con pesadez, baja las escaleras hasta el descansillo inferior y se planta delante de la puerta del piso primero, de la planta trece. Desde su habitación, David escucha varios golpes que Víctor propina a la puerta, pero, aparte de los ladridos del perro, que aumentan en su volumen e intensidad, no hay movimiento. Seguidamente, escucha el timbre, que picó Víctor, pero el perro empieza casi aullar, acercándose hasta la puerta, al sentir que alguien está al otro lado. Aun así, no hay ningún ruido extra.

   «Joder». Esta palabra gutural sale inconscientemente de Víctor. Da media vuelta y regresa a su apartamento. Una vez dentro, empieza a rebuscar algo en el armario de antesala.

   —¿Qué pasa? —le pregunta David, tumbado desde su cuarto.

   —¿Dónde están las llaves de su piso? —pregunta Víctor, malhumorado desde el hall.

   —Allí… en el cajón de abajo —Víctor abre violentamente el cajón bajo y, con el campanilleo del fajo de llaves, otra vez cierra la puerta con un fuerte portazo.

   Al plantarse delante de la puerta del piso de la señora Margó, sin esperar nada, Víctor introduce la llave y con el ruidoso ¡Clac! abre la puerta y el perro empieza aullar frenéticamente, como si le rompieran la pata. En cuanto Víctor traspasa el umbral de la puerta, todo se sucumbe al silencio absoluto, como si todo el edificio lo esperara.

   Durante unos minutos, David intenta agudizar sus oídos al máximo, para poder captar algún ruido ahí abajo, pero sólo capta la exclamación de Víctor «¡Mierda!», que le hace sobreponerse en la cama.

   «¿Qué habrá pasado?», piensa David.

   Unos minutos pasan en silencio, pero el tupido sonido de la puerta de la entrada, al abrirse, y los pasos acelerados de Víctor, al acercarse hasta el cuarto de David, lo alertan.

   Víctor se planta en el marco de la puerta y lo mira con una expresión de agitación e incomprensión.

   —¿Qué pasa?

   —Está muerta —dice Víctor a secas.

   —¿Quién?

   —¡Joder…! No tiene ojos… y está estirada en la cama —le dice perplejo. Es la primera vez que ve semejante imagen.

   —Cálmate. ¿Quién está muerta? Venga, vamos —con una rapidez militar, David se incorpora, se pone la sudadera y bambas, y salen. Bajan hasta el piso y, con cuidado, David abre la puerta principal y ve al perro estar en unos metros sonriendo y meneando la cola, como si les estuviera esperando—. Buen chico. ¿Dónde están todos? —por costumbre, le pregunta al perro y como si lo entendiera le suelta un ¡Guau! y gira su cabeza hacia la puerta del fondo del apartamento, meneando el rabo… y vuelve a encararlo.

   Todo el apartamento está impregnado de un olor rancio, como si guardasen la ropa después de llevarla todo un mes y sin lavarla. Despacio, se adentran. Cuando les quedaba un palmo de distancia, hasta la última habitación, el perro suelta otro ladrido y los gemelos se giran al unísono hacia el perro, que está mirando alegremente a la puerta entreabierta de la entrada. Con cuidado, David empuja la puerta hacia el cuarto y, con un chirrido de las bisagras oxidadas, ella los invita a entrar.

   ...

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