Escritor y ghostwriter
Visita inusual de la muerte
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Hoy es 3 de febrero… cumplo sesenta y un años.
Cada cumple, durante los últimos treinta años, recuerdo mi compromiso con el conejo rosa.
Aquel tranquilo domingo, del 3 de febrero, estaba preparándose para ir a la fiesta de mi cumpleaños, que me habían preparado mis amigos, pero algo tenía otros planes para mí.
Estaba rebuscando en el armario, al compás de la canción Satisfaction, la ropa que me iba a poner, pero de soslayo advertí que la perseverante manecilla segundera ya se acercaba al número once, en el tablero del reloj de la pared, y la otra, inminentemente, amenazaba al número nueve. La curiosidad del instante me deparó para ver su llegada al destino. Toda mi atención absorbía este insignificante acontecimiento. Era como cuando miras un partido, que no te importa, y algún delantero de un equipo se acerca con el balón hasta la portería del otro y, precisamente, en ese momento te detienes, como cautivado por el fútil acontecimiento, para ver si ese tipo meterá aquella pelota en la portería o no —pero muy por dentro te importa una mierda—. Justo en el momento, cuando la manecilla se irguió y marcó el número doce, sonó un ¡Biiiiiiip!. El portero automático. Un ligero estremecimiento recorrió mi cuerpo. No esperaba a nadie. Normalmente, no contesto, por si algún cartero, el de Telepizza o algún gilipollas quiere charlar, pero este no cesaba de sonar.
¡Biiiiiiip!
Insistía.
Vale. Me acerqué frívolamente y, al descolgar el receptor, esperé unos segundos, escuchando lo que pasaba ahí afuera, sin decir nada.
—¿Señor Vlad? —era una voz pausada y bastante aterciopelada, diría que de un hombre en sus cuarenta.
—Sí.
—¿Me abre, por favor? —no sonaba como una pregunta-petición, sino como una queja de que lo hago esperar tanto tiempo en la calle, con los diez grados bajo cero que hacía.
—¿Quién es?
—Soy yo. Su muerte.
Ah, vale. Es una broma.
Colgué el receptor e, igual de juguetón, volví a mi tarea. Pero, al alejarme unos tres pasos otra vez el ¡Biiiiiiip!. Insistente. Me paré y, al no saber qué hacer, me quedé observando con una mirada sin interés lo que tenía en la habitación, mientras que el sonido reverberaba en todo el piso, y en el descansillo también. Mi chasquido con los dientes se perdió en aquel silbido sin parar. Sin ganas, regresé y descolgué el receptor.
—Bueno… ¿me deja pasar o qué? La verdad es que tengo poco tiempo. Me están esperando otras personas también. No sea egoísta, hombre —vi el reflejo de mi cara en el espejo de la pared, a mi derecha, diciéndome: «¿Qué pasa, no vas a invitarlo? ¿Tienes miedo?» Me quedé algo pensativo, sin saber qué contestar, pero en pocos segundos, el tío dijo—: Bueno, no se preocupe, vamos a hablar como adultos, ya verá.
«¿Hablar como adultos? ¿Ya veré?»
—Si es una broma, pues… muy original, pero si…
—No, no. No es ninguna broma. Esto va en serio. Hoy va a morir y lo tengo que llevar conmigo, aunque llego algo atrasado, ¿sabe?
—Eso ya no tiene gracia.
—Ni para mí tampoco bromear con diez grados bajo cero. Mire, por favor, déjeme entrar y le explico todo, ¿vale? Le prometo que seré muy breve —cuando el tema es la muerte, pues ahí me pongo algo tenso. No es que sienta miedo por el desconocido como tal, sino por el detalle de llamar a mi piso y decirme que he de morir hoy, en el día de mi cumple, me desconcierta… pero, por otra parte, enciende mi curiosidad, que siempre ha sido mi punto fuerte. Esperé como un minuto, con el dedo índice cerniéndose sobre el botón que abre el portal y, sin convicción, lo apreté. Un al otro lado del receptor, y el silencio empezó a transmitir su melodía muda.
Vivo en el piso trece y el ascensor funciona muy bien, pero lo esperé casi unos quince minutos. Por fin, se oyó el ruido del ascensor al pararse. Incliné la cabeza hasta la mirilla, se abrieron las puertas del mismo y… vi un enorme peluche de conejo, color rosa, llevando un maletín negro. Me aparté de la puerta y con una mirada estupefacta y media sonrisa miré en el espejo, pero el reflejo me sonreía con malicia.
¡Zzzzz! El sonido del timbre me sacó de ese corto ensimismamiento. Con incertidumbre, abrí la puerta y él… el conejo rosa, estaba en el umbral… mirándome.
—¿Puedo pasar? —me preguntó con amabilidad. Vacilé unos segundos, pero, al final, con un movimiento indicativo, lo dejé entrar. Con unos pasos algo torpes, entró, parándose en la antesala y, observando el espacio, me sonrió—. Es muy bonita, ¿sabe?... Y muy calentita.
—Gracias —era un gran peluche que olía a talco y con las patas de los pies mojadas, por la fangosa nieve.
—Siento llegar a estas horas, es que hoy es un día ajetreado y hay muchos pedidos y yo solo no doy abasto… Y encima el taxi, ¡cabrón!, dio una vuelta enorme, para sacar más pasta. Es que son unos ladrones —me dijo con un tono de justificación.
—En serio.
—No cabe duda —tenía un acento extraño—. Bueno, si le parece, para no ocupar su tiempo, vamos al grano. Me gustaría explicarle el asunto de mi visita. ¿Puedo sentarme?, es que el maletín pesa un hue… perdón, mucho, y estoy todo el día de pie —yo permanecía en la entrada, con la puerta abierta, observándolo con curiosidad y atontamiento, sin saber ni qué pensar ni qué hacer. Seguí el impulso de hospitalidad, que me había inculcado mi mamá de pequeño. Decía que el huésped en tu casa viene de Dios y que es bueno, pues… una vez más me convenzo de que Dios tiene un excelente sentido de humor.
—Pase —le indiqué al salón, cerrando la puerta.
—Gracias. ¿Sabe? Estoy aquí unos segundos, pero ya me siento como en casa, tan calentito y acogedor —lo dijo gesticulando con la pata derecha mientras caminaba hacia la silla de la sala—. La verdad es que no me gusta el frío, estoy aquí por negocios —por fin se sentó con cuidado, como si fuera un agente de seguros, y dejó el maletín en el suelo, apretándolo entre las rodillas.
Yo permanecía mudo, en el umbral de la sala, la situación me sobrepasaba. Observándolo todo el rato, me acerqué hasta la silla, que estaba en la parte contraria de la mesa, y me senté, encarándolo. Por unos minutos, nos quedamos mirándonos el uno al otro: yo, con una expresión inquisidora, y él, con una expresión del asunto normal y corriente. En un momento me pareció que me estaba pidiendo que le ofreciera algo de beber, como diciendo: «Pero ¿no va a ofrecerme algo de beber?»
Al pasar unos segundos, me preguntó, como disculpándose:
—¿No tendrá por ahí un vasito de coca-cola… light? Es que hoy, de tanto hablar, se me ha secado la garganta.
«¿Coca-cola light? ¿En serio?»
—No —le contesté seco.
—Vaya. Me gusta mucho la clásica, pero como me he engordado últimamente un poco, pues papá me dijo que me pusiera hacer ejercicios, pero es un coñazo, ¿sabe? Dice que estos kilitos son por culpa de mi horario inestable, de correr de un sitio para otro sin descanso y mi dieta desequilibrada y algo glotona. Hoy en día me alimento sólo de bocadillos y pizzas con coca cola, sin ninguna verdura, pero es que me gusta pizza.
—Ya.
—Bueno, si no hay coca-cola light… entonces, ¿un café podría ser? —lo estaba escrutando, intentando entender si era de veras una broma de mis amigos o de mi hermana, o si era… no sé… un delirio particular.
—Agua, podría ser, es más saludable.
—Bueno, vale, eso también me gusta —me levanté sin prisa y me fui a por el vasito de agua. Al regresar advertí que mi huésped había sacado una gruesa carpeta, con mi nombre como título, como si de un borrador de una novela se tratase. Me paré a un paso de la mesa, con el vaso en la mano, y empecé a observarla con la curiosidad de un niño.
—¿Qué es? —le pregunté.
—¿Me permite? —hizo un gesto liviano con la pata, indicándome el vaso con agua. Extendí el brazo y se lo entregué. De un trago, engulló el líquido—. ¡Uha! La garganta tenía muy seca —explicó.
—¿Qué es? —le pregunté otra vez, indicándole con el dedo la carpeta.
—Ah. Sólo formalidades. Son unos papeles que registran su vida pasada. Ya que semejante asunto es bastante serio, pues siempre llevo comprobantes de los hechos, para que no haya malentendidos a la hora de perecer. Y aparte, al acontecimiento le doy un toque personal, porque no me gusta hacer chapuzas, ¿sabe? Bueno, por ejemplo, cuando le quitan la vida a uno de una manera trivial, como cuando lo atropellan por el simple hecho de no mirar el semáforo, eso a mí me parece una chapuza. Por eso, me esfuerzo a ser creativo. Por ejemplo, hoy por la mañana, he visitado a un hombretón que celebraba su septuagésimo primer cumpleaños, es que a mí me gustan mucho las fiestas, y le he dicho que tiene que irse conmigo. Le he dicho que le espera una fiesta mejor y también que he de cumplir con mi trabajo. Le he preguntado de qué modo quería morir y ¿sabe lo que me ha dicho? ¿Sabe?
—No.
—Me dice: «Y ¿podría no morir hoy?» ¿Qué? ¿No morir hoy? He ido corriendo desde otra punta del continente expresamente para llevármelo y él me dice que si podría no morir hoy. ¡Claro que no! No puede no morir hoy. Le dije: «Sé sensato, hombre. Está celebrando en solitario su septuagésimo primer cumpleaños… su mujer ha muerto de cáncer pulmonar hace quince años y la vio sufrir; su hija mayor, a la que quería tanto como a la menor, le guarda su rencor infantil, porque cree que no le dedicaba tanto tiempo como a su hermana menor, y, para joderle un poco, vendrá mañana para felicitarle, porque le llamará dentro de dos horas y le dirá que está en un viaje de negocios, cuando en realidad está con sus amiguitas en el café chismorreando, y sus dos hijos ¡ni se acuerdan del cumple de su único abuelo! Y ¿qué pasa con su hija menor? Pues… con sus dos hijas y su marido partieron ayer a Argentina, para pasar unas agradables vacaciones, aunque esta perra sabía que dentro de un día su único padre, que la protegía siempre, cumplía setenta y un años… y ¿sabe lo más interesante?... es que ni siquiera se les pasó por la cabeza que este día podría ser el último día de la vida de su padre. Y ¿qué pasa con sus amigos? ¿Cuántos han sobrevivido? Le recordaré: ninguno. Entonces, ¿qué va a hacer hoy aquí y solo? ¿Celebrar un poco, así superficialmente, y mañana otra vez solito a caminar por las calles semivacías, admirando con su mirada llena de nostalgia los edificios residenciales, también llenos de cumpleañeros como usted, y después otra vez pa’casa?... ¿A ver qué dicen por la tele? Vaya vida se ha vuelto. En cambio, ¡yo le propongo un viaje inolvidable y lleno de emociones! Ya verá que desde allí todo se ve más absurdo, pero divertido… Además, ¡conocerá a un montón de gente nueva! ¡Trabará muchas amistades! ¡Venga, anímese hombre! Le prometo que va a celebrar por todo lo alto. Sólo nos queda inventar el modo de morir, dependiendo de a quién quiera conocer, y no vale la parada cardíaca, ¡eh!... es una trampa». Pero, aun así, al final eligió morir por la parada cardíaca, porque tenía mucho miedo. Me sentí muy frustrado, por no persuadirle a algo más original.
—Vaya.
—Pues sí. Así que si quiere revisar los documentos…
—abrió la carpeta y sacó los papeles, colocándolos cuidadosamente sobre la mesa. Me extendió su boli Bic, de tinta roja, y con la pata me indicó—: Y firmarlos, cada uno de los ejemplares en la esquina inferior derecha, por favor, le estaría agradecido infinitamente —su sonrisa, que parecía auténtica, me recordaba al último manager del banco, donde había cogido el préstamo hacía dos meses. Al principio, no sabía qué hacer, porque todo se tornaba a una especie de alucinación, aunque no había fumado. Este conejo era tan real como cualquier otro conejo, de tamaño de un hombre. Su labio leporino se movía en pos de las palabras salientes de su boca. Sus ojos, de color celeste, me miraban con placidez, como diciéndome: «Esto es normal». El primer deseo que emergió en mi mente fue de tocarlo. No podía contenerme y no preguntar.
—¿Puedo tocarlo? —mi pregunta salió muy inocente, como si fuera un niño, frotando sus pequeñas y rechonchas manos entre sí, por ansiedad, y mirándolo a los ojos y apuntando con el dedito a aquel peluche osito en el medio de la estantería de una tienda. ¿Qué podía hacer…? Era mi impulso infantil, porque de niño yo tenía un peluche de conejo rosa. Su sonrisa se ensanchó.
—¡Por supuesto! —dijo con una voz contenta y aterciopelada.
Entonces, con una excitación parecida al hormigueo en las puntas de los dedos y con el corazón bombeando más sangre hasta mi cerebro, extendí mi brazo y con las almohadillas de mis dedos acaricié el antebrazo del conejo. Era tan suave… hasta algunas lágrimas empaparon la primera hoja de los hechos. De inmediato, vi a mi abuelo, que vivió hasta que cumplí los tres años, sosteniéndome en sus formidables brazos en el salón delante de su hijo, que era mi papá, con una cámara de fotos que le sacaba las fotos. En el instante siguiente, me vi jugar, en solitario, al último mohicano, brincando por el vasto jardín con una bandana en la frente y un arco con una flecha de varilla recién cortada y beber agua, como un salvaje, de la misma taza que nuestro perro Díkson, de diez años. Acto seguido, me vi bailar como un loco en mi propio cumpleaños número cinco. Mi niñez ha sido un sueño recopilado en algunas fotografías… y mi felicidad infantil se ha disipado en la sobriedad adulta. Ahora sé que mi infancia ha sido, simplemente, un placebo.
Nunca eres más consciente que al mirar a tu muerte a los ojos, aunque esta se disfrace de un conejo desde tu infancia. Por una parte, no creí que la muerte podría presentarse ante mí, que gozaba de una salud magnífica, de esta manera tan… inusual… y decirme que ya es la hora, porque… porque sí. Pero, precisamente, en aquel momento, sentado en la silla, me di cuenta de que tenía un montón de cosas sin completar y que todavía era demasiado joven, pero que a ella no le importaba: tenía que cumplir con su horario versátil. Entonces pensé: «Y
¿cuál es la edad apropiada para morir?» No hay respuesta. Y, por otra parte, sentí cómo todo mi cuerpo era invadido por una sensación de calor al saber, aunque fuese mentira, que sería el último día de mi vida corpórea. Sentí salir unas gotas de sudor en mi frente. «Hoy vas a morir», esa idea era tan lejana per se, pero sonaba en mi mente como una respiración es inevitable.
Mis ojos se posaron sobre el hocico negro del conejo, saltando a sus largas y erguidas orejas y de ahí a la inútil pared blanca… Luego, al insignificante cuadro réplica El sueño, de Picasso, y después, olía a alcantarillas… y el silencio se prolongaba… y parecía que al conejo no le hacía falta respirar, pero a mí sí…
Me levanté y casi perdí el equilibrio, no obstante, algo tambaleante me acerqué hasta la ventana y la quise abrir, pero el puñetero pestillo se había atascado, precisamente, en aquel momento y hacía demasiado calor en la sala… y las frías gotas de sudor habían abierto el camino en mi frente otra vez y, poco a poco, empezaban a mezclarse con mis dulces lágrimas. Por más que lo giraba hacia abajo, no se abría, ¡cabrón! Mis movimientos manuales para abrir el pestillo se entorpecían y toda mi concentración la dirigía en el dilema de cómo abrir ese pestillo traidor, hasta tal punto que no había advertido que el conejo se había acercado y, con una suave palmadita en mi hombro izquierdo, que me provocó un sobresalto, me apartó. Con su velluda pata derecha agarró el pestillo y lo giró hacia arriba y, con un ligero empujón, de un ser superior, abrió la ventana de par en par, como diciéndome: «Poco hay que se puede tragar con la última boqueada».
El aire fresco me pegó a la cara y sentí bajar la sangre… y el ruido de la calle era menos irritante y más ameno. La vida nocturna se mostraba más deseable. Las cosas triviales, como levantarme a las siete de la mañana, preparar el desayuno, ir por el mismo camino a trabajar, sentarme durante casi todo el día delante del ordenador, en mi despacho, regresar mediante atascos y de paso comprar algunos productos o hacer el amor con mi novia y envolverme con las sábanas y soñar… las empecé a echar de menos, aunque sabía que tenía que cambiar algo… Y cuando, por fin, llegó el momento de decidir si cambio o no… rehusé a creer que era necesario. Y, en aquel momento, ya era tarde de cambiarse: la muerte estaba a mi lado. Siempre está a mi lado, aunque prefiera ignorarla. ¿Cuánto hay que respirar para tranquilizarse? Al girar la cabeza para encararlo, vi que ya estaba sentado en la silla, sonriéndome tímidamente, como si jamás se hubiese levantado.
...