top of page
  • Youtube
  • Facebook
  • Instagram

La última novela

Portada_Vol. I_13 La ultima novela_Yo_1 var_A5 (2).png

Con los dedos encorvados, como las varas oxidadas, Maxím estaba cerniéndose sobre la mágica máquina con estos redondos botones, que estaban grabados con unas formas extrañas, que al final componían las palabras y que a su fin componían las frases y, finalmente, los conceptos de la vida en la que vivimos.

   Golpeaba sin piedad cada uno de estos botones encantados, para poder expresar su descontento consigo mismo, con el mundo entero… con el universo entero. Ya no podía hacer nada más, que no fuese divagar frustrantemente en una hoja blanca, inmaculada, y llenarla de algo tan pasajero como las reflexiones sobre el mundo mismo. Ella sí que podría soportar cualquier peso de la palabra. Ella sí que lo perdonaría, a pesar de todo. Ella sí que era tolerante con todo y todos. Cualquier punto de vista, de quien fuese, era bien recibido y expuesto, sin juzgar ni una pizca. Ella y las figuritas negras, que representaban cualquier concepto, se fundían en mutua aceptación, mutua comprensión, por la imperfección en la que consistían las dos. La tolerancia lo era todo, más allá de su apariencia exterior.

   Maxím se rascó la frente con los dedos y, con una expresión cansada, prosiguió escribiendo en esa hechizada máquina. La amaba, aunque el desarrollo tecnológico le presentaba las versiones más ágiles y versátiles como, por ejemplo, los ordenadores tonales, donde sólo hacía falta tu voz e imaginación. La idea de ponerse delante una pantalla plasma, de 40×40 centímetros, y, mirándola, pronunciar las palabras en voz alta al mismo tiempo que el cerebro de la misma las corregía automáticamente, mostrando en tiempo real el texto compuesto, no le infundía mucha inspiración. El cerebro de esa pantalla disponía de una variedad inmensa de palabras, de hecho, todas las palabras conocidas de la lengua, en la que hablaba Max, estaban metidas ahí y así podría sugerir los sinónimos, antónimos, definiciones, etc. En fin, Max era un escritor, o a eso aspiraba, y se veía a sí mismo cerniéndose sobre aquel cacharro, a modo de sus ídolos literarios, y exponer sobre un folio blanco sus historias ficticias.

   La lluvia no dejaba la ciudad por séptimo día consecutivo, llenando cada grieta de su agua purificada, en las refinerías celestiales. Aparte del agua, las carreteras, las calles y las callejuelas estaban inundadas también de los coches híbridos, que eran una mezcla entre los eléctricos, los de gasolina y los de diésel, llevando de un lado para otro a las hormigas insaciables. Las luces, que desprendían las ventanas residenciales, brillaban aún más, aumentando su intensidad a través de millones de gotas iridiscentes, que caían sin piedad sobre la ciudad más vacía moralmente de todo el país, pero a Max no le importaba eso. Se inspiraba todavía más.

 

En el despacho de Antón, el mediocre editor que había apostado por sus obras de arte inconsistente, Maxím le explicaba fervientemente sobre el último trabajo que estaba terminando.

   —Mira, dame un mes más y te juro que esta vez sí que terminaré la novela —le dijo Max casi suplicante, mirándolo, sentado al otro lado de la mesa, llena de libros, informes, folios, ordenador y otras cositas.

   Reclinado en su asiento y girado lateralmente, la rechoncha y rosada carita de Antón, le devolvía su mirada llena de compasión. Los ojos convexos saltaron de la cara suplicante de Max al armario de la esquina y, de ahí, a la pared con una pieza de corcho y algunas anotaciones pegadas a ella, en los multicolores post-its… y, de ahí a la ventana, a su derecha, donde el tenue reflejo de su cara miraba al cielo, como pidiéndole piedad y fuerzas, para aguantar al desgraciado escritorucho de Max.

   —Es que no sé por qué me embarqué en la aventura contigo —le dijo Antón, sin mirarlo—. Han pasado dos meses desde la última vez que me dijiste la misma chorrada. Y ahora lo mismo. Y encima me pides un adelanto… el segundo, por cierto —la última frase la dijo con mofa, levantando el regordete dedo índice.

   —¡Te lo juro por más sagrado! —pero Antón parecía no escucharlo ya. Estaba calculando, imaginando o volando sobre las nubes. Tal vez, estaba imaginándose con un cuerpo moreno, esculpido con músculos, y no con uno blanquecino con trozos de tocino, que tenía ahora. Estaba en alguna parte de…—. ¡Esta vez será la última vez, te lo prometo! Si quieres, pongo mi piso a tu nombre y si no te traigo la novela acabada e impresionante, te quedas con la casa, ¿estamos? —Max lo miraba con esa extraña mirada de devoción con miedo, mezclada con expectación. También, muy por dentro en sus ojos, palpaban las ganas de insultarlo.

   —Déjela ya, Max —dijo Antón sin mirarlo—. Quédate con tu miserable pisucho.

   El silencio se apoderó de la situación y los dedos de Max se crispaban y se relajaban, reposando sobre los muslos, sentado recto en el extremo de la silla. Sus mandíbulas se contraían, como si no estuviesen de acuerdo con la injusticia de los cielos, la que ha caído sobre él.

   —Impresionante novela, dices…¿Como las dos que escribiste? —le dijo girando, con el tono irónico, para encararlo—. Ya no te creo, pero como soy buena persona, te doy la última oportunidad, ¿has entendido? La última —la mirada penetrante, que quiso hacer Antón, no le salió, más bien era como de un chaval enojado cuando le quitaron sus dónuts—. El día veintiuno de abril, o sea, precisamente, justo dentro de un mes, si no tengo tu impresionante novela aquí, sobre la mesa, olvida todo.

 

La primera semana resultó ser muy difícil, sobre todo dormir cinco horas cada día y el resto del día estar sentado, encorvado, sobre la máquina de escribir, exprimiendo de su escasa imaginación todo, fuese mierda o insensatez, sobre los folios impolutos. Eran como unas cataratas sin sentido ni conexión. Las perogrulladas se amontonaban en filas para impresionar sólo a las papeleras, llenas de semejante babosería. Nada salió de su candente cerebro.

   La segunda semana fue aún más complicada, porque ya eran cuatro las horas para dormir. La privacidad de sueño, como sabemos bien, influye mucho en la mente que se excita y crea alucinaciones, pero con algunas pastillas eso se puede remendar. Los somníferos ya no le ayudaban tanto. Comer… escribir… cagar… escribir… dormir… escribir… y así la segunda semana se esfumó de su existencia, sin traerle ninguna idea original.

   La tercera semana la pasó con las ojeras y los ojos rojos como un dragón, el pelo desaliñado y semisucio, la bata con manchas de comida pegada encima, como si ella comiese y no él; el televisor apagado mientras sólo el ruido zumbante del viejo frigorífico mantenía vivo el apartamento; ¡SH! ¡SH! de sus pies al arrastrarse de un cuarto a otro, en constante búsqueda de la divina inspiración… no, ya no divina… ya quería cualquier inspiración. El cacao con las ideas no le permitieron desarrollar bien las historias y se perdió entremezclándolas. Los acontecimientos de una situación ficticia se le fundieron con los reales, por lo que, con dificultad, podía distinguirlas. Cada vez que empezaba a escribir, las frases se le iban de las manos y se perdía en las descripciones inútiles y sin sentido. Ya al cabo de una hora de escribir chapucería, los dedos se le entumecían, por no decir nada de las piernas y el cuerpo entero, que zumbaban de estar sin movimiento todo el rato. Las noches pasaban como una, todas seguidas, sin cambio, era como si estuviese sumergido en el mundo de la marmota, pero con la diferencia de que aquella salía de vez en cuando y él se quedaba todo el rato en casa, temiendo que, si salía, las ideas se le escaparían y ya… ¡se acabó!

   La cuarta semana era la última y lo entendía mejor que nadie en el mundo. Era todo o nada, así que se preparó mentalmente para no dormir y pasar escribiendo hasta morir.

   El jueves, 14 de abril, salió a por la comida, bebida energética y algunas pastillas.

   El viernes, 15 de abril, estuvo escribiendo todo el día sobre una niña de siete años, que estaba al borde de una crisis, porque sus padres se separaban y delante de sus ojos, en medio de la bronca familiar, su padre se iba de casa, dejándola a ella y a su madre solas. Al final del día, cuando ya tenía setenta páginas, paró para descansar. Una hora más tarde, al volver a escribir, leyó, así por encima, las primeras treinta páginas, y con un chasquido, las arrugó y las tiró a la basura. El resto de la historia terminó en el mismo sitio. Hasta las 00:00 seguía reescribiendo sin parar y ya a las 02:00 de la madrugada tenía otras noventa páginas de la misma historia, pero vista desde otra perspectiva. Encendió un cigarrillo más y, fijándose en la esquina superior del techo, disfrutó del tiempo en su compañía. Al hacer la última bocanada, tiró el resto del pitillo en el suelo y prosiguió escribiendo la sensacional novela. La acabó a las 04:00 de la misma madrugada y, con una sonrisa bien estirada, se convenció a sí mismo para dormir unas dos horas, antes de proseguir.

   El sábado, 16 de abril, se despertó a las 18:00, con una tremenda sequía en la boca y con los ojos legañosos. Los dolores del cuerpo, por dormir en el sofá más pequeño y estrecho que él, lo torcieron a la derecha y le impedían agacharse, porque sus vértebras lumbares estaban enderezadas como si tuvieran clavada por dentro una vara metálica. Gimiendo, se puso de pie y, con un esfuerzo titánico, se encaminó hacia el cuarto de baño. Por el camino, sus pies, al arrastrarse, producían el tímido sonido, ¡sh! ¡sh!, por estar de huelga, por el abandono.

   Acercándose hasta la puerta del baño, vio su figura en el espejo lateral del hall, se parecía más a un tronco desecado que a un cuerpo humano. Al entrar en el cuarto de baño, abrió el grifo y, apoyando los brazos, en los flancos del lavadero, se fijó en el rostro huesudo del hombre al otro lado del espejo. No se parecían en nada. No recordaba haber visto a aquel esclavo de sus sueños, que perseguía fútilmente, enganchado por su propia ignorancia. Los ojos rojos, llenos de estupidez mundana, lo contemplaban con deleite, porque no podían hacer nada más. Los labios resecos y costrosos pronunciaban algo, a modo de un pez sacado del agua. Su melena, del color de una noche estrellada, ahora se parecía a unos coágulos de rastaman jamaicano. Intentó llorar, pero no pudo, ni siquiera le salía una mueca del intento. El ruido del agua lo sacó de esa alucinación y, juntando las palmas, las bajó para llenarlas y, con un estruendo, roció su cara. Lo repitió tres veces más. Se secó la cara con una toalla, que tenía allá colgada desde la última visita al gordo cabrón.

   Con pasos pausados, volvió a la sala de estar y se acercó al escritorio. Se sentó y, reclinándose, en el respaldo de la silla de madera, que crujió bajo su peso, se quedó mirando la hoja, medio vacía de garabatos.

   El sonido del celular lo volvió del mundo de las divagaciones e inútiles fantasías. Miró los dígitos que marcaba el reloj de la pared. Eran las 21:00. Se puso manos a la obra, pero al releer por encima lo que había escrito anoche apartó los ojos y apoyó la cabeza sobre la mano, apoyándose en la esquina de la mesa. Miró al tocho de la novela, que tranquila y orgullosamente reposaba sobre la mesa, y, levantando el otro brazo, lo posicionó sobre el monto de papeles inútiles. Unos minutos de silencio y un genuino pensamiento de «es una mierda» mental y se puso de pie. Lo cogió con aire despreocupado y se dirigió hasta el basurero, que ya estaba relleno. Cogió otra bolsa y todo metió en ella. Al regresar hasta el escritorio se puso a escribir, ya lo que saliera.

   El domingo, 17 de abril, a las 17:00 terminó las ciento diez páginas de su otro intento. Era una historia de un pintor fracasado, que mataba a sus modelos y les cortaba las orejas, pegándolas en la pared del sótano en su casa. Un día se enamoró de una modelo, que lo rechazó… Al final, también la mató a ella y se suicidó, escribiendo previamente unos versos de su amor platónico y explicando cómo de ignorante era la sociedad con un artista de su nivel, sin comprender obras de auténtico arte.

   La cabeza le echaba humos y los dedos le crujían. El estómago le dolía por no comer. Se ahogaba en el hedor de su entorno, por tener las ventanas cerradas desde hacía casi dos semanas. Se levantó y, al acercarse hasta la ventana, se paró, mirando a través. Se preguntó: «¿Y si la gente tampoco me entiende, como a este pintor?». Unos minutos de ferviente reflexión y sus manos, sin su control consciente, abrieron la ventana. El ozono, de la lluvia y la descarga eléctrica de los cielos, lo abrumó y casi se desmaya. Su corazón empezó a latir apresuradamente… Cogió grandes bocanadas de aire, como si fuese a terminar el oxígeno. El cielo estaba cubierto de vaporosas nubes grises con algunos agujeros negros, en las que se asomaban algunas tímidas estrellitas. Media hora respirando pensamientos frescos, aclararon su vista y pudo discernir algunas figuras deambulantes. A las 18:00, el sueño no lo abatía, estaba más sobrio que antes. Dio media vuelta y se adentró hasta la cocina, donde cogió un cubo metálico.

   Regresando hasta la ventana, de camino, cogió el tocho del último manuscrito de la novela sobre el pintor, y lo metió en el cubo y lo puso en el alféizar de la misma. Este, lleno de inocentes folios poseídos por palabras grandilocuentes, asfixiantes e insignificantes se ahogaba sin poder tragarlo todo, pero Max le ayudó. Sacó del bolsillo su mechero y, sacando la primera hoja, la prendió y la devolvió en su sitio. Ella murió sin contagiar a otras hojas, entonces, Max, ya con el humor más animado, sacó varias hojas y las encendió también y las colocó debajo. De este modo, poco a poco, ellas empezaron a gritar silenciosamente en agonía y el fuego, que bailaba con ligeros oreos de la cálida brizna, empezó a danzar con frenesí, llevando consigo a todas las demás hojas. Al final, la ventana de Max se convirtió en un faro para los errantes perros y vagabundas almas. Se alejó unos metros para contemplar la llamarada pasional, donde las palabras gritaban ahogándose en el propio dolor lírico.

   Unos minutos más tarde, se alejó de la ventana y se acomodó en el sofá. Sacó el cigarrillo de la manoseada cajita y lo encendió. Nuevas bocanadas de aire, que se desprendían sin prisa del pequeño tubito lleno de hierba seca, estaba cargado de alquitranes, cloruro de vinilo, polonio 210, benzopireno, benceno, formaldehido, uretano, monóxido de carbono, ácido clorhídrico, butano, metanol, amoníaco, disolventes, ácido sulfhídrico, cadmio, níquel, cromo, arsénico y algo más, pero eso era una nadería comparado con la humillación pública, profesional y personal, además, de la bancarrota total que sufría desde que los críticos literarios, dos precisamente —de una calidad dudosa—, se dignaron resumir su primer trabajo en unas escasas frases, que significaban algo más que el grito de un burro en celo. Total, aparte de que ningún crítico literario, más o menos notable, se había esforzado en leer más allá de la portada, además, las ventas de unas diez mil copias se habían estancado en la cantidad de cuatrocientas piezas vendidas, durante la primera semana de la presentación. Y ya pasaban casi dos años y el marcador había subido sólo hasta las mil quinientas piezas vendidas. Había sido un desastre. Y el segundo libro, hecho con cinco mil copias, había dado aún menos resultados. Hasta ese día, que ya habían pasado diez meses, se habían vendido cuatrocientas piezas. Ahora, con este libro, no es que se lo jugase todo, porque no tenía nada, sino que se ponía de manifiesto su vida entera, como un artista, si acaso algún día fue uno. Hoy, en esa oscuridad semitransparente y discreta, envuelto en el hálito del silencio y sumergido en la calima del humo del Marlboro, estaba mirando con placidez aquella llama que se menguaba con cada segundo y repasaba toda su vida.

   Estaba borracho del cansancio que llevaba desde hacía… los últimos cinco años. Había conseguido el piso, en el que ahora moraba, gracias a la muerte de su madre, que se lo dejó a él. Su padre, un reparador de coches testarudo, también había muerto en el sitio de su trabajo, desde donde jamás se atrevió a salir para probar algo diferente y que no le había dejado nada más que dos deudas: una, el préstamo del banco, y la segunda, otro préstamo, de otro banco. Su hermana, presumida e ignorante, como solía llamarla cuando estaba reflexionando a solas con su otro yo, no le ayudaba en nada… Ni siquiera se había molestado a apoyarlo en su primera derrota contra el público lector. Estar casada con este gordo cabrón y no ayudarlo en nada los mantenía sin comunicación desde hacía cinco años. Sus amigos… simplemente, no los tenía. Tampoco tenía relación sentimental alguna, por estar siempre obsesionado con ser un escritor famoso, como las niñas, que esperan a su príncipe azul de cuentos. Ahora era el momento de hacer algo fuerte… radical… significante… Dar un paso más allá de las reglas y todos los tabúes sociales que siempre lo detenían. Pero ¿qué?

   Su furtiva mirada se posó sobre los dígitos del reloj, que ya marcaban las 18:30. Miró perezosamente el cigarrillo entre sus dedos, o lo que quedaba de él, y, clavando sus irritados ojos en la máquina de escribir, se quedó congelado… pensando.

   El rugido del coche callejero lo sacó del estupor interior y, con un corto estremecimiento, como cuando tocas la corriente del mechero eléctrico, se sobresaltó y miró el reloj, que ya marcaba las 21:00. Tiró al suelo la muda y envejecida colilla y se puso en pie de un salto. Se acercó hasta la mesa y, con movimientos robóticos se acomodó en la silla. Con la espalda recta, permaneció mirando a la pared del otro lado de la habitación, como si estuviera haciendo mentalmente cálculos matemáticos. Un torbellino del viento irrumpió en la sala, poniéndole la piel de gallina por el frío. Recogió de una pasada toda su vida vivida y salió afuera, reuniéndose con las nubes pasajeras y hoscas. Una sonrisa se iluminó en la cara desgastada de Max y una corriente eléctrica dentro de su cabeza puso en marcha algunos engranajes oxidados y, con un ruido chirriante, se movieron las ruedas dentudas. Sus dedos empezaron a teclear al son de los pensamientos que aparecían al son del sonido de las teclas.

   «Te voy a matar», pronunció en silencio en su mente y siguió escribiendo la historia alucinante.

   El lunes, 18 de abril, diez horas más tarde, tenía las primeras cincuenta páginas de su nueva novela, inspirada en la historia verdadera que iba a ocurrir. Ahora sí que había pillado el tema interesante, que sí o sí engancharía a Antón… y al público también.

   Las 07:00 no podían hacer nada para cerrar sus párpados. Tampoco a las 11:00, ni a las 18:00, sólo a las 23:00 el agudo dolor de estómago lo arrancó de la mesa. Se comió unos bocadillos congelados, rancios, que tenía en la nevera desde hacía dos semanas, y prosiguió su escritura hasta las 03:00 de la madrugada, que fue cuando ya tuvo sus ciento cincuenta páginas completamente llenas de palabras conocidas, pero en distinto orden. Con una expresión contenta, como un niño, se levantó, se estiró a lo alto y bostezó. Recogió todas las hojas de la novela y las colocó en el centro de la habitación, en el suelo, poniendo encima dos gruesos libros de diccionario. Dio media vuelta y se adentró en el dormitorio, donde, sin desvestirse, se desplomó boca abajo y en cuestión de segundos se adentró en el mundo onírico.

   El martes, 19 de abril, Maxím se despertó con una sensación de cabeza-plomo. Le dolía cada parte de su flácido cuerpo. Su crisma palpitaba con más fuerza cuanto más alta la tenía. Con los ojos abiertos permaneció unos minutos tumbado, como un cuerpo muerto, pero el deber lo llamaba a gritos desde el salón. Se incorporó con dificultad y, agarrando su maciza cabeza, se levantó y, arrastrando los pies, se dirigió a la cocina. Abrió el frigorífico y en el anaquel más bajo la vio, el remedio para muchos males, hibernando tranquilamente desde hace meses. Sacó cuidadosamente una botella fría de vodka y, cogiendo un vaso, vertió ese líquido preciado, en algunos momentos, hasta llenar el vaso por la mitad. Levantó el vaso y, expulsando un poco el aire de sus pulmones, bebió todo el contenido. El agua ardiendo irrumpió en la garganta y, envolviendo toda la tráquea, se deslizó hacia el estómago, calentando todo el pecho, como si fuera una estufa. Una ligera sonrisa iluminó la cara de Max. Permaneció de pie un par de minutos, como si esperase hasta que el líquido se esparciera por todo el organismo y, con un movimiento ya conocido, vertió otro tanto y lo engulló, exhalando al final con un satisfactorio ¡AAAHHH!. Devolvió la botella a su sitio y se dirigió al salón con la expresión contenta y más animada.

   Ahí, en medio del salón, su borrador descansaba y absorbía toda la energía del ambiente. Max se acercó y lo recogió. Se acomodó en el sofá y empezó a releerlo. El reloj marcaba las 18:00.

   A las 20:00 ya estaba otra vez delante de la máquina mágica, escribiendo algunas correcciones, para terminar completamente la novela. A las 23:00 ya tenía todo preparado.

   ...

bottom of page