Escritor y ghostwriter
El juego

(En la sala de estar. Sentados en los sillones en dos extremos de la habitación, Él y Péctro están conversando. Las ventanas abiertas dejan pasar cálidas luces de las farolas y de la luna llena, aun así, la sala está a semioscuras.)
Péctro. —¿Cómo te encuentras hoy?
Él. —Estupendo. (Sentado en su sillón de cuero desgastado y sosteniendo en su mano izquierda un vaso con un líquido anaranjado, a medio acabar. Mira al cuadro de enfrente, que pintó hace veinte años. En el cuadro se puede ver una gruta desde dentro y que alguien, dentro de ella, mira hacia la salida. Donde se encuentra el protagonista, dentro del cuadro, es un espacio a oscuras y el brillante agujero de la salida, por donde entran los rayos del sol, está a unos cincuenta metros de él.)
Péctro. —Estás muy callado hoy.
Él. —¿Debería hablar?
Péctro. —Bueno, antes de la partida algunos tienden a confesar, pero… son las casi nueve de la noche y no has pronunciado ni una palabra en todo el día.
Él. —Mejor. (Hace un trago, sin quitar la mirada del cuadro.)
Péctro. —Veo que te preocupa algo.
Él. —Nada. (Sin prestarle demasiada importancia.)
Péctro. —Dímelo. (Dice con una voz tranquila y comprensible.)
Él. —¿Por qué no te vayas? (Dice, girando la cabeza y encarándolo.)
Péctro. —No quiero. (Pausa.) Además, tú me buscaste.
Él. —Ya no.
Péctro. —Ya es tarde. (Dice sonriendo.)
Él. — (Incorporándose se pone de pie y dejando el vaso sobre la mesa se acerca hasta el armario. Desde el cajón más bajo saca un revólver.) ¿Sabes qué es? (Le pregunta a Péctro, observando el revólver.)
Péctro. —¿Una pistola?
Él. —Una pistola. (Repite su frase con indiferencia.)
Péctro. —¿Acaso no?
Él. —Hm. (Pausa.) No. Es un smith y wesson victory, del año cuarenta y cinco. Tiene seis cartuchos, casi una reliquia. (Pausa.) Fue regalo de un general, porque le prometí hacer un cuadro de él, igual que tienen colgados los monarcas en los pasillos de sus palacios. (Comprueba el tambor, que está vacío.) Él también creía que era uno, por eso, como un gesto noble, quería que yo también tuviera algo duradero, valioso y significativo. Hm. (Pausa.) ¿Quieres jugar? (Pregunta a Péctro, mirándole.)
Péctro. —Esperaba que me preguntaras.
Él. — (Se agacha y saca del cajón una cajita con munición. Vuelve hasta la mesa y los deposita sobre, observándolos.) Será divertido. (Péctro lo está observando con benevolencia.) ¿Sabes jugar?
Péctro. —Hm. (Pausa.) ¿Crees que puedes ganarme? (Dice con ligera sonrisa.)
Él. —Ya veremos. (Saca un cartucho y lo coloca en el tambor y lo cierra. Mira al revólver.)
Péctro. —Antes de empezar, ¿por qué quieres jugar?
Él. — (Pausa.) Quiero algo diferente… algo nuevo… algo que nadie todavía conoce… algo que me llene. Además. (Pausa.) Así será un comienzo para algo más importante.
Péctro. —O no. (Pausa.) Si te vas… no habrá marcha atrás.
Él. —¿Acaso el regreso tiene algún valor? (Vuelve a mirar el revólver.)
Péctro. —Depende de ti.
Él. —Pues, eso.
Péctro. —No seas tan primitivo.
Él. —¿Crees que el resto es sabio? (Pausa.) ¿Quién es sabio?
Péctro. —Muchos…
Él. —Cada uno es sabio en su primitivo mundo.
Péctro. —Y ¿tú? (Pausa.)
Él. —Y yo también. (Afligido. Pausa.) Estoy cansado, y harto.
Péctro. —¿Por qué?
Él. —Ya lo sabes. (Dice cansadamente, girándose hacia Péctro.)
Péctro. —Sí, pero quiero escucharte. Será como una confesión, la última… como un ritual sagrado. (Sonríe ligeramente.)
Él. —¿Es necesario? (Dice perezosamente.)
Péctro. —Los rituales… son una parte esencial. Alivian el dolor y llenan de sentido. Forman parte de lo divino, ya sabes. (Dice entusiasmado.) O, al menos, eso es lo que soléis afirmar. A parte de eso, hasta la medianoche quedan dos horas.
Él. — (Pausa.) No sé… estoy agotado. (Deja el revólver sobre la mesa. Recoge el vaso y vuelve a acomodarse en su sillón.) Ahora que rememoro todo… veo que… no sé, me da la impresión que todo ha ido de una manera extraña, desde que Mári me dejó… y todo es por culpa de la madurez. Pero a veces creo que es el acontecimiento en sí, que me causó esta sensación del mal rollo. (Pausa.) Sin embargo, todavía no entiendo, ¿por qué tuvo que morir nuestra peque? ¿Por qué razón?
Péctro. —Nunca lo entenderás.
Él. —Eso es lo más jodido. Nunca lo sabré. (Pausa.) Estoy seguro, pero muy por dentro, de que hay una razón, pero está fuera de mi alcance… del alcance de cualquiera. Tal vez llegará el día, cuando se nos presentará la Razón del Todo, pero yo ya no estaré. (Hace un trago.)
Péctro. —O, tal vez no. Tal vez nunca llega este día. Tal vez todos moriréis sin llegar siquiera a acercarse un ápice, a la Razón. Tal vez es sólo una fantasía… una delusión, igual que tienen los agonizantes. Quizás vivís agonizando.
Él. —Puede ser. (Pausa.) Últimamente pienso que, ¿por qué me hago estas preguntas, cuando ni siquiera sé el sentido de la vida en sí? (Pausa.) Me doy cuenta que no he vivido la vida que quiero… no, mejor dicho, la vida que creía que quiero, a pesar de que siempre hacía lo que se me antojaba. Siempre me parecía que la que vivo no es la mía sino de algún pasajero, extraño… y la mía está por llegar, pero al final nunca llegó. Ya tengo cuarenta y cinco años y mi vida no es la mía, nunca ha sido mía… es de algo, o alguien, que está dentro de mi cabeza, educado por los otros, que están en las cabezas de otros… de aquel que está mirando a través de mis ojos al mundo sintético de nuestros ensueños.
Péctro. —Aun así, has vivido de acuerdo con las ideas que tú sostenías.
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