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Edificios también son seres vivos

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El abandono no le gusta a nadie, ni siquiera a una piedra, pero, ya que forma parte de la vida hay que aceptarlo.

   Yo casi siempre era egoísta, todavía sigo siendo un poco, abandonando las cosas después de satisfacer la curiosidad o algún deseo propio, y para mí siempre era difícil resistir a la tentación de explorar un sitio nuevo, y cuanto más abandonado y viejo mejor, removiendo su pasado o perturbando el tranquilo presente. Pero, resulta que a veces las cosas abandonadas se vuelven vengativas, hasta matarte. Así, tal sitio, más cercano a nuestra zona, era el hospital, que habían empezado a construir en el año 1980 y después lo paralizaron en el año 1985. Yo y mis amigos Iván, Serguéi, Antón y Dima nos propusimos visitarlo, a pesar de que estaba vigilado por siete guardas, de una compañía de seguridad privada. En el año 1987 la administración de la capital decidió que bastaba ya de las muertes, que llevaban para aquel entonces, desde la paralización, unas veinte personas, sin contar las de animales, y contrataron a una compañía de seguridad, que seguía hasta el año 1990, en el que fuimos a visitarlo.

   Claro, había un montón de rumores y leyendas urbanas, respecto al edificio. Decían que era una sucursal del infierno. Que el mismísimo Satán lo visitó el día del solsticio de verano, en el año 1985, para inaugurar la nueva etapa del caos, es precisamente cuando encontraron a la primera persona muerta, que era una mujer descuartizada, de unos treinta años. Unos días después paralizaron el proyecto. En los antebrazos, la víctima, que hasta ahora no han podido averiguar al culpable, tenía signos de picaduras, como tienen los drogadictos. También decían que varias sectas satánicas estaban disputando la primacía del lugar y que sacrificaban, por turnos, a los animales, y de vez en cuando a los vagabundos. Pero claro, las leyendas urbanas son «leyendas», en primer lugar… y, en segundo, hay que usar, algunas veces, el pensamiento crítico. Así que, a pesar de toda esta chorrada decidimos a visitarlo. Iván y Serguéi, gallinas, estaban acojonados desde el principio, pero para mostrar su bravura se apuntaron, nadie les obligaba. Y nos acordamos ir el sábado por la mañana, porque el hospital estaba a unos dos kilómetros de nuestro barrio. Nuestro barrio, ubicado en la periferia de la capital, era de clase media alta y para toda esta zona, o sea, para nosotros, estaban construyendo el hospital.

   Nos reunimos a las 12:00, como siempre en un parque aledaño a nuestros bloques de vivienda, y comprobamos que estábamos decididos a visitar aquel lúgubre lugar, aunque para mí no era más que otro viejo y abandonado edificio.

   Por fin dimos una caminata, casi de una hora, hasta llegar a la valla cercada del territorio del hospital. La cerca, de unos tres metros de altura, estaba coronada de una concentrina —más tarde conocí que la concentrina la habían inventado en la primera guerra mundial… ahora que pienso, la mayoría de las invenciones se han realizado en los tiempos bélicos o de enfermedades, resulta que la violencia obliga a uno a la creación, para sobrevivir—. No podíamos simplemente cortar un agujero en la malla metálica de la cerca, aparte de que no teníamos las herramientas no éramos este tipo de chavales. Pero, como en casi cualquier cerca hay sus huecos ya formados, nos pusimos a buscar uno, que resultó estar en la parte más apartada del puesto de control. Además, estaba muy integrada en el bosque-parque.

   Colamos por el agujero, que alguien había hecho. Una vez dentro del territorio nos dirigimos hasta una de las seis entradas, que tenía el edificio. Paramos en unos diez metros de la entrada y se nos presentó una construcción ingente de diez plantas de altura. Era una enorme estructura esquelética, palpitando con su siniestra apariencia. Cada metro cuadrado de su fachada tenía alguna que otra herida, en forma de desgarros andrajosos, que colgaban como pedazos de carne. Nos presentamos ante un esqueleto hueco, pero con mucha vitalidad, se notaba por el gran silencio de alrededor.

   Es curioso cómo el tiempo mutila las cosas, cualquier cosa. Hace apenas cinco años que esta criatura estaba llena de vida. En el año 1985 el hospital estaba ya completamente equipado y preparado para su explotación, estaba preparado para acomodar más de mil trescientas personas, pero algo dio rienda suelta a los acontecimientos y así desencadenó un montón de males.

   Acercamos hasta la entrada y paramos, sin que nadie se atreviera a entrar. En la pared más cercana, y bajo la ventana, estaba escrito con pintura roja: «Больница эта – край чудес, зашёл в неё и там исчез!» (Este hospital es una tierra de milagros, en cuanto entras desapareces para siempre). Esta poética frase rebosaba de promesa. Después de leer nadie quería entrar, así que pasamos unos cinco minutos deliberando quién será el primero y al final, porque tengo poca paciencia, los aparté y entré. Por supuesto, ya no había ninguna puerta, sólo huecos negros, y es por donde habíamos que pasar.

   En cuanto me adentré unos pasos un leve olor a moho se introdujo en mi nariz, la apestosa humedad de los pisos bajos estaba por todas partes. Los escombros polvorientos formaban parte de su orden interior. A aquello no llamaría «caos» sino «algo» bajo control. Cada pieza rota o podrida estaba en su preciso lugar, como si alguien lo hubiera diseñado y colocado en aquel preciso sitio. La verdad es que el conjunto era muy bonito, una instalación a exhibir perfecta.

   A medida que adentrábamos tuvimos que sacar las linternas, uno cada una, porque en la planta número cero las luces solares no pasaban, ni siquiera reflejos. Eso debía a las partes del cuerpo de este monstruo, que caían a lo largo de los últimos cinco años, que han formado unos morones de basura de unos dos o tres metros a lo alto, que bloqueaban los ventanales sin cristal. Las paredes estaban llenas de diversos grafitis. Lo que sí notábamos, siempre, es el viento ulular en los pasillos abarrotados con escoria. De vez en cuando, el polvo, levantado por la corriente de aire, nos ahogaba metiéndose en los pulmones, así que teníamos que tapar las caras con las camisetas.

   Cuando llegamos hasta el centro, porque desde aquel punto pudimos ver la primera bifurcación, como una estrella de tres puntas, teníamos dos opciones: primera, bajar a los sótanos, que no sabíamos cuántas plantas abajo había, o, segunda, subir hasta la última planta. Hemos decantado por la segunda.

   Nos dirigimos hacia una de las seis escaleras y empezamos a subir.

   En el descansillo de la primera planta estaba dibujado un tío calvo, fumando, sentado en el último peldaño, que miraba hacia abajo. Estaba desnudo. El ulular del viento seguía su canción silbante y siempre nos recordaba su presencia, o levantando el polvo o arrojando algún que otro objeto. Cada vez que caía algo, a lo lejos, nos estremecíamos. Nos mirábamos entre sí y seguíamos con el ascenso.

   En la segunda planta, que era un poco más clara, en una de las paredes había una frase escrita con unos jeroglíficos y un dibujo de pentagrama invertido, como dibujan los satanistas. Yo creo que es puro populismo y publicidad así que lo pasé por alto, sin embargo, Iván y Serguéi se pararon cerca y empezaron a descifrarlos, como si de veras supieran de qué se trataba, como si aquellos símbolos de verdad tuviesen algún sentido para ellos. Estaban cuchicheando algo entre sí. Tontos. Estos hermanos siempre tenían que mostrar este aspecto ridículo de sabelotodo, aunque por dentro no lo hacían con plena conciencia. Claro, cuando tienes quince años razonar no es algo en que puedes destacarte, al menos entre nosotros cinco.

   —Venga ya, hombre. Subimos —les dije sin demorarme mucho en la planta.

   En cuanto pisé el último peldaño de la tercera planta vi un esqueleto de un perro en el centro. Ya que sus huesos estaban muy polvorientos deduje que lo mataron hace mucho, pero, aun así, presentaba un aspecto raro. Me refiero a que estaba tumbado en una postura rara. Sus huesos estaban colocados de tal forma que cada pata miraba a cuatro direcciones y con el cráneo hacia delante y el rabo hacia atrás, en línea recta. «Cabrones de mierda», pensé furtivamente. No me gusta hacer daño a ningún animal, aunque yo sea un carnívoro más. Pero, así, adrede, nunca hice daño a ninguno, salvo a algunos de mis semejantes. Me acuerdo que en el año pasado me peleé con un tío de veinte años, porque aquel pegaba su perro. Le rompí la nariz, al tío, y él a mí el labio inferior, y todos se quedaron contentos, empero, a consecuencia de aquel momento él jamás pegó a su perro. Creo que es una de las cosas más patéticas que un ser humano puede hacer a un animal indefenso. Pues eso, ahí, en medio de la planta, estaban colocados los restos del perro bañados en algunas luces solares. Ya, a partir de la tercera planta, el sol empezaba introducir sus cálidos tentáculos bastante profundo. Lo observamos desde una distancia y seguimos subiendo.

   En la cuarta planta nos paramos, porque un ruido, entre aparente silencio, resonó estremecedor. Procedía desde abajo, y no sé exactamente desde dónde. Nos pilló por sorpresa. Era como si alguien con un enorme acotillo hubiera pegado una columna de concreto… tres veces. Daba la impresión de que alguien estaba allí, aunque por más que esforzábamos en escuchar más allá de aquellos tres golpes no captamos movimiento alguno. El viento seguía entre nosotros. Unos cinco minutos seguimos escuchando y subimos a la siguiente planta.

   En el quinto piso también nos detuvimos, porque yo había escuchado unos pasos arrastrarse, en la oscuridad de uno de los pasillos. Y cuando me paré y les dije que prestasen atención nadie los escuchó, porque ya no había ruido. Sin embargo, en cuanto di unos pasos otra vez las pisadas resonaron en el ambiente.

   —¿Escucháis eso? —les dije indicando al pasillo a mi izquierda. Nadie escuchó nada. «Mierda», pensé. «¿Acaso son algún tipo de delirio?» Desistí y seguimos subiendo.

   En el sexto piso nos esperaban tres cadáveres de gatos degollados, y no era una batalla entre ellos. Sus cabezas no estaban a la vista. En cuanto acercamos una pestilencia de los cuerpos ya putrefactos nos provocó asco, y a algunos náuseas. Serguéi no aguantó y vomitó. Yo, Alex y Antón nos acercamos más y vimos que los cuerpos gatunos estaban corroídos por larvas cremosas. Los agujeros en los vientres estaban llenos de gusanos moviéndose, uno encima del otro, y removiendo una baba espumosa. Seguramente estaban gritando por el festín, pero nuestro oído no podía captar tan baja frecuencia. El olor era persistente. Damos media vuelta y nos dirigimos al siguiente piso.

   Ya, en el séptimo piso, nos encontramos con el vacío. A pesar de que todo el edificio estaba lleno de cosas, que antaño han sido inmuebles, este piso parecía estar barrido aposta. No sé, pero me daba la impresión de que alguien estaba con nosotros. Es decir, que alguien, al que sientes y sabes, por alguna razón, que está aquí, pero no lo ves… porque se escapa en cuanto intentas vislumbrarlo. Mi espina dorsal estaba cosquilleándose, tal vez por la aparenta tranquilidad, y cada vez que el rebelde viento irrumpía en los pasillos un ligero hormigueo recorría mis extremidades. El viento se deslizaba con facilidad de una punta del edificio hasta la otra, porque ya no había ni un cristal en todo el edificio.

   Como dije, desde que paralizaron la construcción, en el año 1985, durante los próximos cinco años el hospital fue sucesivamente saqueado por todos, en un sentido literal. La gente parecía a los carroñeros que al sentir la mínima debilidad de la presa se abalanzaron contra ella para despedazarla. Aunque la mayor parte del inventario del hospital no entraba en la franja del uso diario la gente lo llevaba por igual, por si acaso. En aquel momento me pareció que se asemejaba al esqueleto de un mamut.

   Lo han congelado después de que las revisiones del equipo de supervisión detectaron que toda la construcción había cedido un metro y medio. O sea, la tierra lo había tragado, y lo seguía tragando, y era más que evidente. Varios periódicos, posteriores a este incidente, decían que las autoridades sabían lo de las aguas subterráneas desde el principio, pero seguían con el proyecto, ya que el reparto del dinero público, entre bastidores, se realizaba a rajatabla. Después sacaron las fotos del piso más bajo, que fue inundado completamente, para aquella fecha. Por tanto, el entero hospital, totalmente equipado con todas las comunicaciones y el inmueble necesario para los equipos médicos de cirugía, enfermería, urgencias, etc., ha sido parado y han prohibido su explotación, pero el dinero ya habían gastado… qué caraduras. Claro está que la administración ha quitado casi todo lo valioso, para venderlo o para inscribir en un informe, pero, aun así, durante aquellos años, desde el 1985 y hasta el 1987, la gente vació todo el edificio. Habían llevado hasta el último tornillo. Para tal hazaña sólo hay que saber que te quedarás impune, y con éste régimen los impunes se quedaron los de la hermandad, como se llamaban ellos. Por tanto, durante estos años el edificio iba llenándose de gentuza, de yonkis, de asesinos, de pedófilos, de vagabundos, de sectas, de violadores, de suicidas… de cualquier escoria social y, como no, de los restos de su estancia, esparcida por casi todas las habitaciones. Cuando llegamos, en el año 1990, el hospital ya estaba muy deteriorado, como por dentro tanto por fuera, y los sentimientos de miedo y de sospecha llenaron cada rincón del hospital. Todo esto yo supe más tarde, mucho más tarde del accidente de aquel día.

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