top of page
  • Youtube
  • Facebook
  • Instagram

¿Quién es este guionista?

Vol. II_Portada Mini_4-Quien es este guionista.png

Martes 14

Sentimos protegidos, pero es una ilusión.

   La tormenta rugía como en el concierto de Metalica, como si estuvieras a un metro de distancia de los altavoces. Los truenos eran la batería de Lars; las ráfagas del viento eran como el solo de Kirk; las lluvias torrenciales parecían a los acordes del Robert, bajista; y las descargas eléctricas recordaban a James, cantando a grito pelado. El concierto del cielo a las 23:00 era extremo.

   Con cada estruendo el edificio se estremecía y el cacao, diluido en el vaso con leche, formaba sus impecables ondas. La bombilla, de la lámpara de mesa, enviaba sus mensajes encriptados con el código morse. Todo el edificio parpadeaba por las subidas de tensión por rayos y cortocircuitos por truenos, que desestabilizaban a los equipos de generación. Max, el gato negro y peludo, ronroneaba como si nunca había dormido. Alexander, el dueño de Max, estaba contemplando la furia ahí afuera. Parecía a un apocalipsis, casi igual que en su vida. La crisis de la pareja, que lo azotaba desde ya hace unos cinco o seis meses; la recién muerte de su abuelo paterno, el ser que más lo había entendido y criado; el abandono de la empresa, donde lo acusaron falsamente en robar las ideas de sus compañeros, con quienes estaba creando tres proyectos de cine; reciente visita al psicólogo, donde ha descubierto que es adicto al trabajo, hasta el punto de admitir que no puede estar sin hacer nada; el repentino deseo de tener un hijo, y lo más perturbador ha sido que no era imprescindible que sea con María; las incomprensibles ganas de parar el exterminio de los linces, tal vez porque el hermano mayor de María le regaló, a ella, por su cumpleaños, un largo abrigo de pieles, hecho de seis animales sacrificados para esto, y que ya casi un año está colgado en el armario sin usar; la repentina comprensión de tener 38 años, pero no tener un alojamiento propio; el asco por la reiterada subida de los impuestos, sin crear las oportunidades de fundar su propia empresa; la reciente declaración del presidente sobre la persecución penal de todos aquellos que no estarán oficialmente ocupados, con las sanciones económicas bien elaboradas, de acuerdo con la Constitución y el Derecho Civil; las náuseas por la polución aérea constante, y cada vez más elevada; la incomprensión de la multa, por estacionar su bici en la acera, pero no sancionar los coches que ocupan la misma acera…

   Se acercó a la mesa y encendió el monitor del portátil. Recogió el vaso con cola-cao y haciendo un sorbo regresó hasta la ventana.

   Desde la planta quince se podía apreciar toda la calidad de la tormenta. Las calles vacías e inundadas de ríos torrenciales. Los árboles, como borrachos, tambaleándose de un lado a otro jugaban con la muerte. Las farolas, como signos de interrogación, proyectaban las sombras a lo largo de ráfagas del cierzo. Los ejércitos de gotas, bajo el mando del viento demencial, se precipitaban al bies, colándose en algunos balcones inundándolos. La oscuridad celestial pintaba las nubes en colores del fondo marino, dejando escapar unas pinceladas de relámpagos, precipitándose a partir el panorama en miles de pedazos, como un suelo agrietado en sequía. Parecía que todo se iba al carajo, pero, los edificios, llenos de rehenes, refugiaban, proporcionando ciertas comodidades.

   Con una expresión perdida Alexander devoraba todo lo que podían abarcar sus ojos. El rugido de la tempestad le acariciaba los oídos, como cuando por primera vez, en 1991, la mítica banda de heavy metal irrumpió en el presente de los jóvenes soviéticos, hambrientos del cambio radical, y acarició sus oídos con unos sonidos más drásticos. ¡Adiós el viejo régimen! ¡Hola el nuevo régimen! ¡Adiós las barreras mentales! ¡Hola la «libertad»! Esta tempestad llevaba el cambio consigo, sólo que Alexander todavía no lo entendía. Estaba batallando con un dilema: Todo esto, ¿es un guion ya escrito y aprobado? O ¿se puede hacer cambios y retoques?

   Alexander dio media vuelta y regresó hasta la mesa. Dejó el vaso aparte y se sentó. Abrió un nuevo archivo en Word y empezó a teclear unos signos, construyendo las frases, inventando la historia.

   La cacofonía infernal, afuera, de vez en cuando añadía algunos matices sonoros golpeando el cristal de la ventana o arrancando algún que otro tejado. El representante del demonio, como les gustaba llamarlos, abrió un ojo, todavía tumbado en el sofá, y sospechosamente observó la espalda de Alexander. Abrió otro ojo también y se incorporó, estirándose perezosamente. Miró hacia la ventana, donde los relámpagos no cesaban de mostrar sus dientes, y maulló, meneando bruscamente la cola dos veces. Se quedó parado, con la vista puesta en la ventana, como si viera algo inusual, y unos segundos más tarde saltó sobre el alféizar, mientras Alex estaba sumergido en su escritura.

   —¿Vas a dormir o qué? —preguntó María, al acercarse a la puerta del despacho de Alex. Pero él, absorto en sus fantasías, ni siquiera escuchaba el parloteo de la tormenta—. ¡Alex! —gritó ella.

   —¿A? —sobresaltó y se giró hacia la puerta—. ¿Qué? —todavía ensimismado.

   —¿¡Vamos a dormir o qué!? —encogiéndose de hombros.

   —Sí… tú vete. He de terminar algo —y se volvió a la carga.

   —Como siempre —replicó malhumorada.

   Alex se paró, mirando la pantalla, y suspirando dijo, sin apartar la vista, como si dialogara con la página en Word, llena de pensamientos:

   —¿Qué quieres?

   —Ya… no lo sé —respondió María, contemplando, como perdida, la espalda de Alex.

   El silencio se instauró en el piso, a pesar de que el rugido de la tormenta era cada vez más prominente. Él seguía mirando la pantalla. Ella seguía mirando cómo él seguía mirando la pantalla. El gato, desde la ventana, era el único espectador del drama mundano. Las luces perfilaban la encorvada silueta del gato, adyacente al cristal de la ventana de la planta quince. Las luces, como en aquella ventana, escapaban desde todos los edificios.

   —Es sólo una etapa —dijo por fin Alex.

   —Lo sé —respondió María, con los brazos cruzados sobre el pecho.

   —¿Crees que nuestra fantasía también ha sido preestablecida?

   —Eso parece.

   —Entonces todo podría ser mentira —dijo encarándola.

   —Sí, podría ser.

   —Bien —dijo misteriosamente y dándole la espalda prosiguió escribiendo. Ella, apoyada en el marco de la puerta, primero lo observó a él con una leve sonrisa, como observan a un escarabajo subirse sobre tu brazo, y luego repasó con su mirada todas las cosas, que componían el ambiente de la habitación, parándose en la enigmática mirada de aquel bicho en el alféizar, que le sonreía insolentemente. Se alejó descalza, entrando en el dormitorio.

   Desde que Alex otra vez se sumergió en la creación de un mundo ficticio, que necesitamos cada día, el gato, aparentemente ajeno a todo, permanecía mirando la calle solitaria y sombría. Estaba observando cómo el cielo desgarraba el paisaje metropolitano con sus fornidos relámpagos eléctricos. Los truenos descargaban su furia estallando como bombas, daba la impresión que la Segunda Guerra Mundial se ha vuelto a recordar sus momentos de locura.

   Mirando más allá de su reflejo en el cristal estaba maullando, como diciendo algo en voz alta. Su peluda cola se torcía de un lado para otro, barriendo el alféizar. Sus ojos gatunos, sin parpadear, reflejaban el verdor de sus pupilas en los momentos de relámpagos. Sentía la venida del cambio, y allí la estaba esperando.

   En unos minutos se puso en sus cuatro patas, semidoblándolas, y clavó su mirada en algo que estaba a la altura de su vista. Sus pupilas se dilataron y las orejas las dobló hacia atrás. Movió la cola rápidamente y empezó a maullar en tonos altos y tensos, como si hablara, algo como «¡Aauuuaau!». Entonces, en los cristales de sus pupilas se veía un puntito rojo, ardiendo. Con cada segundo se hacía más grande, hasta llenar sus ojos de llamas.

   Al escuchar sus tensos maullidos Alex se giró y lo vio estar mirando algo, con los ojos bien abiertos. Dejó atrás su escritura y se encaminó hasta el alféizar observándolo, pero al ponerse detrás del animal, que ni se dio cuenta de su presencia, despacio levantó la cabeza y lo encaró.

   Un globo luminoso y radiante se avecinaba a la velocidad de un metro por segundo. Estaba a la altura de la vista de Alex y se dirigía directamente hacia ellos. Alex se quedó parado por unos segundos, contemplando semejante maravilla, y ni siquiera se le pasó por la mente que eso podría ser peligroso. Estaba encantado con lo que se avecinaba, mientras la esfera se hacía más grande. Una luminosidad cegadora irradiaba de esta bola como si fuera el sol mismo, el antiguo Dios de la creación. Su color azulado se hacía más potente a medida que la dimensión de la cosa se acercaba.

   Unos minutos le bastó, a la esfera, para atravesar unos cientos de metros y para dejar a Alex con la boca abierta, presenciando un fenómeno natural, y poco habitual. Cuando al globo le quedaban unos diez metros, hasta la ventana, el gato saltó del alféizar al suelo y se precipitó hasta la puerta, donde se paró y se quedó mirándoles.

   Todo este tiempo Alex estaba como paralizado, como hechizado por las luces esparcidas del globo, que brillaba como cien fuegos yuxtapuestos. Se acercó aún más hasta la ventana y quitando el pestillo la abrió de par en par. Una ráfaga demente irrumpió en el cuarto, dejando todos los folios desparramados por el suelo y todas las cortinas ondearse, como banderas en las naves piratas. El pelo de Alex se agitó como de un loco, que dice que no está loco, y extendiendo el brazo, a modo de protegerse, cerró a medias los ojos. La bola implacablemente se acercaba y ya se podía sentir el calor, que transmitía. El pulso se le aceleró y un ardor desde dentro dio paso a un tremor exterior. Alex estaba temblando, pero no del frío ni de miedo, sino de excitación y de miles de finos tentáculos, que se extendían desde este globo, que cada milisegundo estaba más cerca.

   Cuando faltaba un metro, hasta entrar en la habitación, Alex se echó unos pasos para atrás con el brazo todavía extendido, protegiéndose del resplandor, y se quedó en el centro del cuarto. Su cuerpo ya estaba perforado de miles de extremidades radiantes, que hurgaban en el interior de su cuerpo, como lombrices en un cadáver. Los tentáculos desgarraban su camiseta y pantalones, hasta convertirlos en cenizas, que se desprendían sin ruido y se caían al suelo, como las hojas otoñales. El gato, sentado en el umbral de la puerta, estaba contemplando la escena con intermitentes maullidos.

   Siseando, bola plasmática atravesó las fronteras de la ventana, y era inmensa. Parecía que ocupaba casi toda la habitación, de veinte metros cuadrados. Ni Alex ni el gato ya no podían abrir los ojos, pero a través de los párpados cerrados se podía percibir una luminosidad ingente.

   La luz azulada se expandió en el espacio, ocupando cada centímetro libre. Alex, estando dentro de aquella materia, estaba convulsionándose con los brazos extendidos a los lados y mirando hacia delante, con los ojos puestos en blanco. Los tenía surcados por millones de capilares, que parecían a los cauces del río Amazonas. A estas alturas el gato se había ido. A solas con el rayo globular el hombre estaba fuera de sus cabales. No era consciente de lo que estaba pasando. Era como estar en un horno industrial para fundir acero. No había ninguna percepción del tiempo ni del espacio. Estaba vis a vis con el universo mismo… con las estrellas… con la materia… dentro de la creación. Desde la distancia el cuerpo no se percibía como una unidad de carne y hueso sino como un pedazo de metal recién sacado del horno. Cada su vena, que se extendía a lo largo del cuerpo, se llenó de un líquido brillante, que irradiaba desde dentro. Se podía apreciar el cuerpo cubierto de hilos hinchados, de color rojo eléctrico. Su pelo, irisado, parecía a unos finísimos hilos metálicos, que si las tocasen perforarían cualquier sustancia.

   Todo el espectáculo duró unos segundos, pero a pesar de que el globo empezó a menguarse el desnudo cuerpo de Alex permanecía tenso. En el instante siguiente el rayo globular se encogió, convirtiéndose en un punto, no mayor que una pelota de fútbol, y se quedó levitando a la altura del pecho, del cuerpo todavía convulsionándose. Al instante siguiente se encogió aún más, hasta desaparecer por completo, y ablandándose la figura se precipitó al suelo, quedándose estirada e inerte.

   ...

bottom of page