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El precio

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Una composición de The Prodigy sonaba desde el salón de una mansión, integrada en el parque natural, en alrededores de Moscú.

   La noche acababa de comenzar y los jóvenes empezaban a emborracharse poco a poco.

   —No le metas más, con esto le vale —dijo Pável a Kiríl y abriendo un transparente paquetito, con unos gramos de polvo azul, lo vertió en el vaso con cerveza, el de la derecha, y lo removió con una pajita.

   —¿Y no es demasiado? —le preguntó Kiríl algo confuso.

   —Toma, tonto —le dijo, entregándole el vaso de plástico—. Recuerda, que el de la izquierda sólo tiene cerveza.

   —¿Funcionará? —preguntó Kiríl a su amigo.

   —Confía en mí —contestó sonriente.

   Kiríl dio media vuelta y se fue de la cocina, es donde el anfitrión, el hijo menor del teniente alcalde, preparaba los brebajes para todos los invitados a su cumple número diecisiete.

   Una construcción de mil metros cuadrados, a lo Brutalismo, diseñada por el eminente arquitecto noruego Alf Baardsson, retumbaba en el vecindario al son de Voodoo people.

   Kiríl se adentró en el salón principal, con sus quince personas, y rodeando la improvisada pista de baile, donde bailaban tres chicas, se acercó al sofá, que acogía a María y a Kristina, acurrucadas como gorriones sobre los cables de alta tensión. Dos amigas casi inseparables. Se puso delante de ellas, tapándoles la visión del baile, y extendiendo los brazos les entregó dos vasos, a Kristina el de la izquierda y a María el de la derecha, y sonriendo se sentó sobre el descansabrazos del sofá, más próximo a María. Desde la mesa de café cogió su vaso, medio lleno de ron, Coca-Cola y restos de hielo, y levantándolo chocó contra los de ellas, a modo de brindis. Con unas risitas falsotímidas levantaron sus vasos y saludándolo bebieron una tercera parte.

   La composición enigmática reverberaba en los oídos de los congregados a la fiesta, y no sólo en los de jóvenes sino también en los de Lord y Bomba —gemelos rottweiler de cuatro años—, que aturdidos se metieron en sus casitas particulares, en el jardín, para no ver el desenfreno de locura juvenil.

   —Venga, vamos a bailar —dejando su vaso sobre la mesita y levantándose, moviendo el cuerpo al son de la música, Kiríl agarró a María por la muñeca, acercándola.

   Ella se levantó con el vaso en la mano, arrastrada hasta el centro del salón. Hizo un par de tragos y parándose, entre ya unas diez personas bailando, empezó a moverse al compás de sus ritmos. Los sonidos cortantes empezaron a suavizar sus ondas, pero no por la composición sino por el alcohol. Las voces, en medio del ruido musical, se alejaban. María miró a Kristina, todavía sentada en el sofá, pero ya hablando con un tío, y sonrió, porque el tamaño de su amiga se redujo y se hizo un poco más rollizo, como si fuera un pajarito kiwi. Volvió a encarar a Kiríl, que no quitaba las manos de su cintura, y le sonrió, pensando que todo está en sus dominios de la feminidad. Él, como un lascivo conejo sin mucha experiencia, le sonrió en respuesta, sabiendo que todo está bajo control del brebaje, que acababa de beber María.

   Al vaciar el vaso María buscó con los ojos dónde dejarlo, pero Kiríl la adelantó y arrancándolo de su mano lo tiró al suelo, con un ligero y desinhibido gesto. Ella, empujando a Kiríl de sí, con una sonrisa ancha, empezó a moverse con más plástica corporal al son de sus propios ritmos, que resonaban en su cabeza.

   Una media hora después Kiríl la arrastraba a la segunda planta. En medio del jaleo y risas y un enjambre de cuerpos blandos y tambaleantes, que aparecían en la visión fantasmagórica de María, seguían a este sujeto, el único hijo del amigo de su padre. Por alguna razón pensaba que eso era la diversión auténtica, y en cierta medida lo era.

   Se adentraron en una de las habitaciones, sin cerrar la puerta, y encendiendo dos lámparas de pared Kiríl, susurrándole algo a los oídos, la empujó juguetonamente sobre la cama. Entre risas ella aterrizó sobre un cubrecama de terciopelo violeta, con borlas de oro por las esquinas y tres enormes letras bordadas en el centro, hundiéndose en su esponjosidad. Las letras decían: «P.B.A.», que eran las iniciales del nombre y apellidos del primer teniente alcalde de Moscú —Pérepelov Borís Abrámovich—. Kiríl, sin quitar la vista de su nueva presa, se cernió sobre ella mirándola retorcerse como un escarabajo sobre su espalda.

   Las luces, sonidos, imágenes, todo se convirtió en una mezcla sucia e incomprensible de realidad, que la rodeaba. La incapacidad de razonar de recordar de moverse se apoderó de María, pero el sentimiento de angustia tardaba en llegar. En una situación, sin alcohol, ella ya hubiera sabido cómo actuar, pero eso era más fuerte que alcohol. Era la primera vez que estaba bajo el dominio de las drogas. El cuerpo no la escuchaba, estaba como atrofiado; la que estaba detrás de sus ojos, ahí dentro, estaba gritando, pero la boca seguía cerrada y las cuerdas vocales sin tensar, con la cara bien plácida. Estaba mal, y lo sabía, pero más allá de retorcerse de placer estomacal y unos gruñidos, como los de un mudo, no le salía nada. Kiríl la estaba contemplando con una sonrisa perezosa, como cuando sabes qué va a ocurrir.

   El chico se le acercó aún más y agarrándola por los hombros la aquietó, mirándola directamente a sus ya turbios ojos. Sin desviar la mirada de su cuerpo se humedeció los labios y con unos movimientos sin prisa empezó a desnudarla.

 

Viernes, junio 16

Marcus abrió la puerta metálica, que empezó a cantar con unos prolongados siseos de oxidadas bisagras, y sin prisa empezó a bajar las escaleras. Sobre el hombro llevaba una mochila de cuero curtido, la que hacen por encargo en los talleres artesanales. Al bajar primera escalera se acercó hasta el extremo más alejado de la estancia y, al dejar su mochila en la silla, empezó a rebuscar entre las cajas de cartón apiladas. Las quitaba de un sitio y abriéndolas, una por una, las dejaba en otro. Cuando le quedaban unas tres más miró su reloj de pulsera y frunció el ceño. Abrió la más próxima de las tres y se quedó parado, como recordando algo. Sonrió y sacó un flagrum, el que había comprado hace muchos años en un mercado romano. Lo sostuvo en las manos, contemplándolo con extraña sensación de regocijo. Recogió la mochila y se dirigió hacia la segunda escalera, que llevaba al búnker.

   La Segunda Guerra Mundial abrazó casi a todo el mundo, y su familia ha sido una de las más afortunadas, ya que al menos un hijo —el padre de Marcus— volvió a casa en 1945. El único varón de 25 años regresó vivo, a pesar de dos heridas: una en la pierna derecha, cuando una bala perdida de Maschinenpistole 40 se le metió en el muslo, y la segunda, en el hombro, cuando una explosión reventó su cañón de campaña M1942 (Zis-3) 76 mm y un pedazo metálico se le impactó en el hombro, rompiéndole la clavícula. Cuando apareció en el porche de su casa paternal y llamó a la puerta estaba sin emociones y cuando su madre le abrió, viéndolo vivo delante, rompió a llorar desconsoladamente y se abalanzó a abrazarlo, pero él, más que acariciar la cabeza blanca de su madre, no mostró ninguna emoción durante los próximos cuatro meses. Sólo al pasar estos meses todo el dolor, como una ola en la tormenta en alguna parte del Océano Atlántico, lo cubrió de tal manera que lloró casi todo el día, hasta que lo tranquilizaron los médicos de urgencias.

   El padre de Marcus, David, algunas veces le contaba que con el tiempo le ha sido muy difícil encontrar la justificación de todo lo cruel, que se estaba y está haciendo, y sobre todo al resultado final. ¿Qué resultado se consigue con la crueldad extrema? El dolor perdurable, y no eficaz.

   Él dijo que llegó el momento cuando ya no pudo encontrar la razón para rememorar lo sucedido, porque no quería una vez más revivir la muerte de su gemelo, al que reventó en dos una mina-trampa. Aquel día su gemelo iba delante de él en unos metros y en acto seguido una explosión lo aturdió, hasta tumbarlo, y cuando David volvió en sí la mitad de su hermano gemelo yacía junto a él, igual que cuando su madre los juntaba cuando eran recién nacidos, pero… aquella vez su gemelo tenía sus intestinos, envueltos en una sustancia viscosa, para fuera y una expresión vacua, que lo miraba sin reconocer. Eso afecta. A su hermano mayor lo mataron en el 1941, en el primer año de la guerra… y a su padre lo mató una viga metálica, cayéndole sobre la cabeza en la fábrica, donde ensamblaban dichosos cañones de campaña. Así que su madre, por un tiempo, no sabía que al final de la corta guerra, que duró toda una eternidad, se quedará sólo con un hijo. Ella ya no pensaba, sólo rezaba.

   El búnker lo construyó el padre de Marcus con sus propias manos, durante unos tres años. Decía que a estos cabrones no les bastó con la Segunda Guerra Mundial así que iniciaron la Guerra Fría. Después de probar la resistencia de Japón, con sus dos bombas, la tensión nuclear creció exponencialmente y ya la incertidumbre y la amenaza, al menos en forma de palabras, flotaban en el aire, y eso significaba que también en las mentes laicas. Ya no quería ni podía permitir morirse así, sin más, abandonándose en las manos posesas de los gobiernos… sin resistencia, así que ha construido este búnker bastante cómodo.

   Marcus se acercó hasta la gruesa puerta acerada, desde donde una estrella pentagonal extendía sus tentáculos hacia los lados, y la giró tres veces a la derecha. El mecanismo crujió por dentro y la puerta se cedió. La apartó a un lado, dejándola abierta, y empezó a bajar los escalones. Llegando hasta el final giró a la izquierda, introduciéndose en el pasillo, y unos diez metros después se paró, delante de una antesala.

   Las luces parpadeaban con intensidad, expulsando una luminosidad irritante. Entre dos lisas paredes de hormigón reforzado, que formaban una esquina, estaba arrodillado Kiríl, con cara hacia la pared. Su pelo ya desgreñado y su aspecto sucio lo hacían parecer a un vagabundo. A su izquierda, sobre la mesa, descansaba una bandeja con una jarra con vino, pan y queso.

   —No has comido nada —dijo Marcus en tono paternal. El chico permanecía en silencio, sin mirarlo.

   Marcus dio unos pasos, hasta acercarse a otra mesa metálica, en el extremo opuesto de la antesala, y colocó su mochila y el flagrum sobre. Abrió el saco y sacó una videocámara digital, un trípode y un cuaderno de notas. Y, con un gesto pensativo, también sacó una botella de plástico de agua oxigenada. Primero, colocó el trípode y fijó la videocámara sobre el mismo y los posicionó casi en el centro de la estancia, apuntando su único y perfecto ojo vítreo al chico. Luego recogió el cuaderno y empujando el taburete, con el pie, se aproximó al chico, quedándose en unos pasos de él. Antes de sentarse pulsó el botón REC. Se sentó en el taburete y abrió el cuaderno, haciendo un ¡click! en el bolígrafo.

   —Bueno… —le dijo mirando a él de espaldas—. Vamos a hablar sobre los detalles —y se quedó esperando. Kiríl permanecía sin moverse y en silencio—. Mírame —dijo Marcus en tono más autoritario. Kiríl seguía en su postura como en un estado letárgico, sin oírlo—. ¡Mírame! —graznó Marcus, cero movimientos.

   Entonces, el hombre, aguantando la paciencia, se puso de pie y dejando cuidadosamente el cuaderno en el taburete se fue hasta la mesa. Recogió el flagrum con delicadeza y acariciando sus tentáculos volvió hasta el chico de espaldas, quedándose en un paso de distancia. Contempló su espalda, cubierta con camisa blanca a rayas, la que llevan a una fiesta, y como calculando la trayectoria, como lo hacen los arquitectos, elevó el brazo derecho, con tentáculos balanceándose juguetonamente. Cada uno de los tentáculos medía unos sesenta-setenta centímetros y tenía, a lo largo de toda la longitud, unas diminutas espinillas de acero, con el paso de diez centímetros entre ellas. Estaban riéndose bajo la caliente luz, que se reflejaba en sus caras.

   Un movimiento brusco y acertado del brazo descargó sobre la espalda de Kiríl un golpe seco, desgarrando parte de su camisa. El grito juvenil reverberó en toda la habitación, haciéndole retorcerse del dolor punzante, como cuando diez abejas te pinchan a la vez. Todavía no había abundante sangre, pero su dulce olor ya se podía percibirse en el ambiente. El chico rápidamente se volvió hacia el hombre, con una expresión suplicante, pero todavía sin lágrimas. Daba la impresión que quería demostrarle que está hecho todo un hombre, pero no le salía. Un collar grueso y metálico no le dejaba moverse más allá de un metro de longitud.

   Al ver, al chico encarándole, Marcus regresó hasta el taburete y dejando el flagrum en el suelo, cerca de su pie, se sentó recogiendo el cuaderno y el boli.

   —Lo siento, pero tienes que aprender —le dijo con cara afligida—. No me obligues repetir… por favor —y se quedaron mirándose—. Te voy a hacer algunas preguntas y tienes que contestarlas, y, por supuesto, las respuestas tienen que ser la verdad, ¿has entendido? —le miró fijamente. Kiríl no decía nada.

   El chico parecía a un cachorro acorralado. Le miraba al hombre cejijunto, sujeto que conocía bastante bien, pero olvidaba por qué lo trajo aquí. Todavía no estaba demasiado exhausto, pero las primeras notas del cansancio minaban su moral infantil.

   —Vamos a hablar sobre los detalles —y enderezó el cuaderno—. ¿Quién la emborrachó? —el chico permaneció mudo. No entendió o no quiso hablar, pero ya no importaba, porque la hora de pagar las cuentas ha llegado—. ¿Quién la emborrachó? —repitió Marcus otra vez—. Ahora no pareces tan fuerte, como cuando estás entre las chicas, ¿eh? Por favor, todavía tengo paciencia contigo… no me hagas perder el tiempo. Contesta a las preguntas y tal vez…

   —Por favor, déjeme ir —lo dijo sumisamente.

Por supuesto que te dejaré, pero necesito saber la verdad… y necesito que me la digas tú mismo —y lo escrutó—. Parece que todavía no te enteras que todo lo que está pasando contigo es la nueva realidad, la tuya y la mía. Esto está pasando aquí y ahora, igual que aquel día con ella —explicó mirándole fijamente—, y te prometo que si sigues así de mudo vas a sufrir en tu propia piel la gota fría en tu puta cabeza. Pero deduzco que para ti no es algo comprensible, ya que nunca te has preguntado, ¿qué puede llevar a uno hasta perder el juicio? —y se quedó mirándole con mandíbulas apretadas—. Te prometo que el deseo de matarse se te aparecerá como el bote de salvavidas, ante la idea de sumergirse en la locura total e irreversible… pero entonces tampoco te ayudaré… nadie te ayudará. Es más… si no me cuentas en detalles todo lo que habéis hecho con ella te prometo que traigo a tu padre y lo dejaré en aquella esquina —indicando a la que estaba al otro lado de la estancia—, para que observe cómo te vuelves demente —y se calló observándolo. Sus mandíbulas parecían ser vivas, haciendo micromovimientos, crujiendo los incisivos. El chico, con sus ojos abiertos de par en par, palideció un poco más, pero aun así no podía entender del todo lo dicho por el hombre—. ¿Quién la emborrachó? —prorrumpió al cabo de un silencio.

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