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El último cetáceo

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   —¡Señores y Señoras! —dijo edulcorada voz femenina.

   Todos los presentes, en la sala de reuniones estratégicas, en el Kremlin, guardaban vago silencio. Todos apuntaban con sus miradas cansadas a la pantalla mesomorfa, donde la presidenta ejecutiva de Europa, Antje Roos —supuestamente de pura cepa holandesa, aunque, a pesar de que ya es una evidencia tan obvia que la muerte misma, se sabe, desde hace mucho tiempo, que en las épocas prehistóricas e históricas tenían lugar tantas migraciones de pueblos que hoy en día no queda ni una parte en toda Europa moderna que no sea mezclada entre mediterráneos y mongoles, nórdicos, arios, afro, musulmanes, judíos, y con toda esta amalgama de sangre cuando uno está jactándose orgullosamente de pertenecer a una determinada nación, por el mero hecho de nacer esta persona y sus progenitores ahí, sólo pone de manifiesto su infantil ignorancia, que atasca la curación del individuo, y con ello de toda la sociedad—, iba a comunicarles, a todos los gobiernos de coalición, las reglas del juego. El último en su especie.

   —Y ¿por qué tiene que decidir Europa qué tenemos que hacer y cómo actuar? —dijo con la voz grave el Capitán General de todo el Ejército Terrestre, Aéreo y Marino—. Sigo convencido de que debemos actuar según nuestros intereses.

   —Capitán —dijo el Ministro de Asuntos Exteriores.

   —Soy general —contestó toscamente.

   —Muy observador —dijo el Ministro y sonrió ligeramente—. Entiendo que usted es un hombre de acción, pero, precisamente en Europa hemos pactado aquel dichoso tratado, de no ofensa mundial, ¿se acuerda? —con un gruñido porcino, algo incomprensible, el capitán cruzó los brazos sobre el pecho—. Si no se acuerda le recuerdo, por si acaso. El tratado dice que todos los pasos, que queremos dar, los hemos de anunciar en la agenda mundial general, para que no haya colapso ni malentendido, entre gobiernos. ¿Para qué complicar las cosas que se acercan a un impasse?

   —El general es muy orgulloso, para recordar semejante nadería —dijo juguetonamente el Ministro de Asuntos Interiores. El general frunció el ceño y lo miró con mandíbulas apretadas—. Venga, hombre. No se ponga tan serio —dijo sonriendo la rata—. Era una broma —el Capitán General volvió a mirar la pantalla.

   El Presidente del Gobierno, sentado en el lado izquierdo de la mesa rectangular, estaba ocupado en dibujar a una ballena, perezosamente garabateando sobre un folio blanco, pero aquello se parecía más a los pensamientos del Capitán General, lineales y cuadrados, que han entrado en bucle por su incultura. El resto del equipo: el Ministro de Asuntos Interiores, el Ministro de Asuntos Exteriores, el Vice Presidente, el Capitán General del Ejército, el Ministro de Inteligencia Cibernética y un par de ayudantes más cercanos, de los ministros, estaban sumidos en una especie de romántico letargo… estaban aburridos, con plácidas expresiones, en espera de aquel anuncio que iba a hacer Europa.

   —Dentro de diez días —prosiguió la Presidenta de Europa—, el día trece de agosto, de dos mil cincuenta, será el día, con seguridad, más importante desde el pacto del convenio de no ofensa mundial. Como bien sabéis, hace veinticinco años que tenemos este tipo de pesca de diversión, con la cuota determinada para cada gobierno, pero, éste año no habrá ninguna cuota… ninguna restricción —dijo con aire enigmático.

   —¿Qué es esto? —eructó el Presidente de Asia Oriental, mirando la pantalla mesomorfa, con la cara cérea de la señorita Antje Roos, de unos sesenta años.

   —Seguramente una de sus artimañas, como siempre —añadió, sin levantar la vista, el Jefe de Investigaciones Interiores, rellenando algún informe de turno.

   —Estos católicos bipolares siempre tienen ideas extrañas —contestó bruscamente el Ministro de Asuntos Exteriores.

   —¡Caballeros! —les llamó la atención el Presidente—. Vamos a guardar un poco de calma… a lo mejor es algo importante.

   —Sí, seguro —murmuró para sí el gallo, el Jefe Mayor del Ejército. Y todos se sumieron en un silencio pesado.

   —Desde luego —dijo Antje Roos—, nuestra propuesta tiene que ser sometida a votación de todos los miembros del pacto, es decir: América del Norte y América del Sur, África del Norte y África del Sur, Europa, Rusia, Asia Oriental, Asia Central y Asia Occidental y, como no, Oceanía —y estiró su sonrisa número cien—. Todos los miembros deben votar hoy.

   —¿Qué ha dicho? ¿Qué hoy votamos? —dijo, algo perdido, el Presidente de África del Sur, sentado en el trono de madera de caoba, revestido con pieles de leopardo, y sosteniendo dos celulares de última generación en cada mano. Con su expresión bovina despegó la vista de los celulares y se quedó mirando al Secretario General, que siempre tenía que explicarle lo que pasaba.

   —Todavía no ha dicho nada —se apresuró a informarle el Secretario General, sosteniendo una copa con líquido rojo carmesí.

   —Tenemos que votar hoy, ha dicho —añadió paulatinamente el Ministro de Asuntos Exteriores, a punto de dormirse.

   —¡Venga ya! ¡En qué consisten las reglas! —casi gritó el Presidente de América del Norte.

   —Que bien, nueva noticia —añadió el Jefe de la Oficina General de Investigaciones, navegando en su celular.

   —Presiento que esta vez hay algo interesante…

   —Últimamente eres muy sensible —le interrumpió pícaramente el Ministro de Defensa, guiñando al Ministro de Asuntos Interiores, con su ojo convexo.

   —Cierra el pico, idiota —contestó bruscamente el Ministro de Asuntos Exteriores.

   —¡Caballeros! —les llamó la atención el Presidente—. Vamos a escuchar a esta muñeca de porcelana, a lo mejor por fin escupe algo útil —y les miró como un lobo alfa.

   —Como bien sabéis —prosiguió la Presidenta—, la cantidad de especies marinas iba disminuyendo con los años, desde el convenio, y, para no perderlos para siempre, hemos ido recogiendo sus A-D-Nes —deletreó, como para unos infantes—, también esperma y ovarios, para su posterior reproducción, en zonas adaptadas. De este modo, ha llegado el día memorable, que será fijado como el día crucial para la vida animal, cuando el último mamífero marino será capturado.

   —¿Qué? ¿El último mamífero marino ha dicho? —dijo, incorporándose sobre sus almohadas de seda, el Presidente de África del Norte.

   —Sí. El último —corroboró escuetamente el Ministro de Asuntos Exteriores, mirando con su expresión de rata a la pantalla multicolor y sorbiendo, de vez en cuando, el té con leche.

   —¿Y no habrá más? —dijo enarcando las cejas, como escobas, el Jefe Mayor del Ejército.

   —¿A ti qué má te da? A ti no te guta ni pecar ni comer pecado —lo espetó el Ministro de Asuntos Interiores, con su voz femenina.

   —Sí, señores. Habéis oído bien. Nos queda el último mamífero marino —dijo sonriendo la Presidenta de Europa—. El gran cetáceo, la última ballena jorobada de la historia de la humanidad moderna, ya que no nos queda ningún otro pez grande.

   —Hay que joderse —dijo silenciosamente el Presidente de la Oceanía, sentado en su sillón de oro.

   —Sí… una mierda de situación —añadió el Vice Presidente con la boca llena, comiendo el segundo pollo.

   —El trofeo será —prosiguió la Presidenta de Europa—, a parte del mismo cetáceo, el bote que llevará el ganador, que podrá capturar al bicho. Y, como no, habrá las reglas irrefutables e indiscutibles, que también, con la votación, las aceptáis por defecto, como participantes —lo dijo a modo de una profesora con gravedad afectada—. Así mismo, cada gobierno, que vote a favor, debe, mediante una transacción, ingresar en la cuenta del Banco de Europa un importe equivalente a cien trillones de euros —y su ancha y contenta sonrisa se extendió por todo el rostro.

   —Esta mujer está loca —dijo el Presidente de Asia Occidental—. ¿Cien trillones por un pez? ¡Nunca!

   —Pero, señor presidente —dijo melódicamente el Consejero General—, usted ha de tener en cuenta que no se trata sólo de un simple pez, sino del futuro prestigio y el respeto, que nos brindará la captura. Y el bote, por supuesto —añadió sonriendo.

   —Ya. Tienes razón —contestó rápida y pensativamente el rechoncho Presidente.

   —El juego durará sólo cinco días. Y si el bicho marino no será capturado, vivo o muerto, durante este plazo, el juego termina y el dinero será devuelto, pero… también hay otra opción —y sonrió maliciosamente—. Los gobiernos, que querrán seguir con el juego, deberán ingresar en la misma cuenta otro tanto, y el bote final ascenderá hasta sumar el ingreso anterior y el siguiente. La duración será la misma, de cinco días, con las mismas reglas, pero sin abastecimiento adicional, así que… ¡adelante, caballeros! —y los miró, a todos, con sus ojos porcinos llenos de sangre.

   —¿Habéis oído? —incorporándose, como reanimado por la epinefrina, dijo el Presidente de Rusia—. ¡Cien trillones la apuesta!

   —Sí. Cien trillones —confirmó indiferente el Consejero General, con su mirada vacua puesta en la pared, con el retrato del mismo Presidente.

   —Muy bien. ¿¡Cuándo votamos!? —dijo, todo exaltado, el Presidente de América del Norte, y terminó de un trago el vaso con Michter´s 25.

   —El ganador deberá traer el trofeo, vivo o muerto, pero no descuartizado, en el puerto de Róterdam. Donde se procederá a su exhibición pública y posterior acto de imposición de bote, al gobierno ganador. Seguidamente, se invitará oficialmente a todos los dirigentes de los gobiernos participantes en el juego, con la comitiva de hasta cien personas, a pasar dos semanas de vacaciones en la Riviera francesa, precisamente en Niza. Todo aquel coste, desde luego, será a cargo del gobierno de Europa —y sonrió condescendientemente.

   —Bueno, eso está bien, ¿no? —eructó, como para sí, el Presidente de Asia Central, terminando de fumar su segundo porro.

   —Sí. Desde que han cerrado todas sus fronteras ya no podemos ir ni siquiera a este Portugal —añadió, como ofendido, el Jefe Mayor del Ejército.

   —¡A la mierda, con vuestra Riviera francesa!… Habrá al menos quinientos trillones en juego —dijo maliciosamente, e incorporándose, el Ministro de Asuntos Interiores, de América del Norte.

   —Y ¿cuáles son las reglas? No ha dicho, ¿verdad? —preguntó retóricamente el Capitán General del Ejército de Rusia.

   —Las reglas son siguientes —prosiguió la Presidenta, recogiendo un folio amarillento y, como contestando a la pregunta del Capitán, prosiguió—:

   » Primero: cada gobierno podrá participar sólo con seis buques, como máximo. Cuatro de los cuales serán de guerra, tipo DESTRUCTOR, y los dos restantes tipo, y aquí subrayo: FACTORÍA.

   » Segundo: se estimará que la tripulación establecida, por cada buque de guerra, no superará a doscientas personas y por cada buque ballenero a cien personas.

   » Tercero: no habrá, como tal, ninguna regla restrictiva. Cada gobierno es el dueño en considerar y establecer la estrategia de lucha.

   » Cuarto: cada participante podrá utilizar el tipo de cañones que considere necesario. Prohibidas las armas: atómicas, nucleares, biológicas, químicas, sónicas, armas láser, bacteriológicas, armas de haces de partículas, armas geofísicas y ningún otro tipo de arma derivado de susodichos. Tampoco se puede utilizar ningún tipo de misil ni ningún cohete. Sólo los cañones, como en los viejos tiempos de nuestros antepasados.

   » Quinto: ningún buque, una vez salido, no podrá ni regresar ni acercarse a ningún puerto ni a ningún otro tipo de sistema para reabastecerse de combustible.

   » Sexto: durante el periodo, de establecidos cinco días, el juego será transmitido online. Cada vuestro movimiento en el mar será registrado. Os podrá seguir cualquier persona en cualquier lugar del mundo, siempre y cuando esté registrada en la base de datos de nuestra red T-V-World.

   » Séptimo: cada gobierno reserva todos los derechos de su imagen, por tanto, todas las ganancias, que generará la suscripción, serán divididas entre todos los participantes en partes iguales, sin importar el resultado.

   » Octavo: aceptando la participación en el juego todos los participantes se ponen en mutuo acuerdo de las futuras bajas, tanto de técnica como de personal, que supondrá el juego. Bajo este acuerdo, y una vez terminado el juego, no habrá ningún tipo de venganza ni persecución jurídica, por parte de los perjudicados.

   » Y, por último, noveno: mientras dure el juego en todo el territorio del planeta se declaran los días festivos. Nadie trabajará ni nada funcionará, o casi nadie —y sonrió.

   —Hay que joderse —dijo, como para sí, el Presidente de Oceanía, y se dirigió hasta la salida de su gabinete ejecutivo.

   —¿A dónde va? —preguntó pacientemente y sin sorprenderse el Secretario General.

   —A echar una siesta —contestó perezosamente el Presidente, abriendo la puerta—. Ya me di…

   —Sí, ya le diré —adelantó el Secretario, volviendo a mirar la pantalla.

   —Bueno, caballeros. Ahora son las… —y miró el reloj pulsera, en su muñeca—. Son las once cincuenta y dos de la mañana, en Bruselas. Desde las doce del mediodía y hasta la una de la tarde tenéis tiempo para reflexionar y decidir si queréis, o podéis, participar en el juego. Ahora les enviarán las reglas, para estudiarlas una vez más, y a las doce cincuenta y cinco nos conectamos otra vez. Que estén preparados, por favor —y encaró el ojo de la cámara—. Recordad, caballeros, tenéis sólo una hora —y la comunicación se cortó.

   ...

 

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