Escritor y ghostwriter
La diversión en el planeta X

Corría el año X, como las aguas de desagüe por la madrona, perfectas.
Era el año lleno de la diversión de turno y el alma de un paciente —y para facilitar aquí su identificación, entre todos los pacientes, desde ahora y hasta el ocaso a este lo llamaré: el señor Cháynik—, terminalmente enfermo, perezosamente se despegó de su fláccido y pecaminoso cuerpo y se alzó en vuelo. Por un rato se quedó levitando, como el mágico David Copperfield ante su maravillado público, sobre su propio canal humano, conectado con muchos cables, como un ordenador ochentero, postrado bocarriba en la cama ergonómica —un regalo adorable de sus obesos sobrinos—, y con rastros de unas muecas del verdadero Popeye the Sailor Man lo observó un poco más de lo habitual. Mientras los blancos rayos de las aburridas lámparas se perdían en su impalpable cuerpo, atravesándolo desde todas las partes, como el banco a su deudor, el señor Cháynik no encontró, por enésima vez, nada interesante en su propio ser yaciente, así que, simplemente prestó atención a unas estruendosas risas, que provenían desde el gabinete —la recepción— de las enfermeras, en la primera planta del hospital más moderno de toda la ciudad X. No era la primera vez, que se despedía de él sin preguntarle, pero sí fue la segunda vez que tuvo la insolente —la primera ha sido casarse— ocurrencia de ver qué pasaba en las vidas ajenas, tan ajenas a la vida. Por eso, sin despedirse, y con un aire de aburrimiento, se precipitó hacia la primera planta.
Como el Kal-El, en sus tiempos de juventud, que siempre acudía en ayuda al necesitado, con su torpe cabeza se estrelló contra el embaldosado suelo y salió desde el techo de pladur, atravesando así, pero sin advertir nada, todos los blanquecinos suelos y techos de las cinco plantas restantes. Apareciendo ya en el dichoso gabinete de las enfermas… perdón, enfermeras, posicionándose silenciosamente en la esquina que encaraba la entrada principal, se puso a ver qué pasaba. Y pasaba lo siguiente.
Era una habitación aislada y acristalada, casi blindada, sólo por delante, con dos botones de comunicación, para atender a algún alma en apuros, y casi inmaculadamente limpia, si no fuera por tres extrahabitantes —todos los tres eran unas encantadoras cucarachas de la misma familia Blattidae, pero que por alguna razón dos de ellas, de la rama familiar de los Periplaneta americana, pegaban alegremente a la tercera, de la rama familiar de los Blatta orientalis, que estaba tumbada bocarriba sin moverse, seguramente por cuestiones raciales—, que se sentían como en su casa paternal, bajo la mesa más cercana al minifrigorífico. El cuarto tenía una enorme mesa, en forma de medialuna, donde se posicionaban un montón de pringosos ordenadores y cientos de kilos de maculatura útil, excrementos del voluminoso trabajo. Casi todos estos ordenadores reflejaban, atontados, unas interminables y, al mismo tiempo, inútiles listas de historiales clínicos de algunos pacientes, que estaban quién sabe dónde y en espera de quién sabe qué. Las computadoras vivían sus propias vidas, en un recinto común, igual que cucarachas, y las tres mujeres, o, mejor dicho, las tres adorables profesionalas, vivían las suyas.
Ellas se habían acomodado sus suaves traseros sobre unos sillones, dos de los cuales se enfrentaban, porque cuando el señor Cháynik se acercó a ellas, tentado por su ingenua curiosidad, vio que la profesionala de la derecha le enseñaba a la de la izquierda un chat de Telegram —que se llamaba: «Ayudantes de l@s lavander@s sanitari@s por la Verdad»—, donde iba una especie de videoclip, con música. En aquel videoclip unos sanitarios, en cada recorte había hasta cinco de ellos, de diverso rango, bailaban alegre y muy aplicadamente la canción en boga, la Jerusalema. Todos ellos disfrazados muy ingeniosamente —y todavía muy poca cosa se sabe sobre quién han sido aquel ejército de diseñadores de vestuario, escenógrafos, coreógrafos, etcétera, y, sobre todo, quién han sido los interesados en montar semejante circo—, porque utilizar tan ocurrentemente todos los cachivaches del moderno recinto de ayuda esencial indica que la profesionalidad, en la industria del entretenimiento, es extremadamente alta. Ellas estaban perrunamente encantadas, con perlas de sudor puro en sus llanas frentes, de tanto reír like Beavis and Butt-Head, y, por supuesto —y eso uno podría ver reflejado en sus expresiones, con los ojos abiertos, sin parpadear, y todos los diez dedos ocupados en aguantar y pegar las pantallas táctiles, en puntos estratégicos, algunas conjunciones y divisiones silábicas, pero a su particular manera (o sea, con un texto «codificado», compuesto por emojis y abreviaciones verbales)—, contentas por estar ocupadas, tan abiertamente, en la tarea cotidiana y más común del hospital, a pesar de que una mujer, entrada en años y con un doble bozal en su cara, se había acercado hasta la ventana y estaba apretando el botón de comunicación por quinta vez, mirándoles a través de sus gafas empañadas.
El señor Cháynik miró a la tercera profesionala, que, a su vez, estaba sentada, reclinada contra su sillón, con los brazos cruzados y reposados en sus perfectas ubres XXL, y con su mirada bovina, clavada en la gran pantalla, que se cernía sobre todas ellas en la pared lateral, absorbía seriamente cada segundo de oficiales y multicolores residuos. Desde aquel váter la información se desbordaba a borbotones, y no solamente sobre ella sino sobre todo aquel que estuviese al alcance del sonido y las imágenes hediondas de la mágica caja.
La perfecta chica de las noticias decía: «Ayer por la noche, en nuestra capital X, a pesar del toque de queda en vigor, presuntamente unos cinco agresores, de nacionalidad todavía desconocida, agregaron… perdón, agredieron a una chica de cincuenta y cinco años, que regresaba a su casa a las once de la noche —y aparecieron las imágenes del lugar de los hechos y muchos agentes (algunos vestidos con uniformes de unas tallas más grandes que la suya verdadera) deambulando de un lado para otro, y algunos como susurrando algo, entre sí—. El extraño comportamiento de los agresores de momento desconcierta a los cuerpos de seguridad, que investigan este caso, porque no fue el robo como tal, ya que todas las pertenencias le dejaron a ella, sino un robo de la dignidad y el respeto por el ser, femenino. Al parecer este delito, perpetrado con tanta insolencia, tiene pinta de ser unas fantasías sexuales de unos individuos insatisfechos, al estilo de Cincuenta sombras de Grey, que, presuntamente, algunos de ellos habían estudiado previamente, según uno de los perritos… perdón, peritos, porque el largo de las cuerdas, por ejemplo, fue seleccionado con precisión milimétrica… y todos los atributos eróticos utilizados, en aquel particular juego de adultos —y enseñó las comillas con los dedos, añadiendo un gramo de sonrisa—, han sido empleados con tanta exactitud que la presunta víctima aseguró, en sus declaraciones a la policía, de haber tenido cinco orgasmos seguidos… lo que antes nunca le había pasado, con sus dos maridos, ya exterminado… digo, ya exmaridos, por lo tanto… de momento la fiscalía no sabe si la víctima va a denunciar el delito o no, porque todavía ella guarda silencio, pero nuestros reporteros ya están delante de la puerta de la víctima, esperando su salida y …», y antes de que la elocuente presentadora pudiera proseguir con el tema la segunda profesionala, que estaba absorta en el chat de Telegram, se giró como un chihuahua y cogiendo el mando de la tele, como una gallina el grano, comentando, de paso, a su compañera: «¿Cómo puedes mirar semejante mierda?», cambió de canal, tergiversando por la envidia, a aquella víctima, la expresión de su equino semblante.
En otro canal otra mona, como una mona, presentadora decía que en uno de los países amarillos —lo de «amarillos» es una observación de la presentadora, o, mejor dicho, de los guionistas— los científicos han descubierto, hace apenas unos días, que el mortal virus, que pulula hoy en día por los países primermundistas, mutilándose cada dos por tres —seguramente o por la dieta intelectual de sus huéspedes… o porque se lo dijo el comité de expertos—, creando diferentes variantes de sí mismo, se autoelimina, segregando sus propios antivirus para combatir a sí mismo, ayudando, por lo tanto, al cuerpo humano a luchar contra el mortal virus —o sea: contra sí mismo— que ya ha empezado a autodestruirse. Y, a continuación, enseñaron un reportaje de un supuesto científico con las orejas como hojas de berza, seguramente muy ducho en la materia, que decía al respecto: «… Efectivamente, hemos descubierto, después de mucho tiempo, que el virus Juinyá Diecinueve segrega un tipo de proteínas, que utiliza normalmente para corregir sus propios errores, al replicarse, que son estériles, como eunucos, porque el propio virus, que arrasa con las poblaciones enteras, los esteriliza, eliminándoles su carga vírica, y así se infecta él mismo, corrigiendo sus propios errores, que podrían ser los errores más mortales que los errores anteriores no tan mortales, con la carga vírica completa, antes de convertirlos en estériles, como eunucos. Por tanto, y claro está, el virus en sí no deja de replicarse, y nunca dejará, pero hemos descubierto que él, el virus, crea, a esas alturas, como una autovacuna, muy eficaz… es como si se diera cuenta de su capacidad altamente mortal, para los seres humanos, sobre todo para los más vulnerables, y con la intención de ayudar a combatir a sí mismo, tal vez porque sus remordimientos de conciencia, del virus, se le han rebelado, se inocula con sus propias proteínas, previamente segregadas, por tanto… lo que nos queda hacer, a la población me refiero, sobre todo a la parte vulnerable, es simplemente reforzar nuestro sistema inmunológico inoculándonos con unos remedios cuya eficacia ha sido, y sigue siendo, probada cientontífica… digo, científicamente en un tiempo récord, de un mes, lo que, por su parte, quiere decir de un nivel altamente estratosférico de profesionalidad …» —un abracadabra verbal—, y antes de proseguir, el cientontífico, la tercera profesionala, cansándose de tanta información técnica, le arrebató el mando de la tele y le dijo que atienda a la señora, que, desde hace quince minutos que está pulsando el dichoso botón de comunicación, quiere explicarle su problema, o lo que sea. Después, como enfadada, se giró en su sillón, tomando una postura de una mesita de noche, y cambió de canal a uno tercero, donde iba un programa muy serio y responsable, con los telespectadores, llamado «La verdadera verdad».
Mostraban varias imágenes donde por las calles de diversas ciudades X caminaba todo un ejército de mujeres, vestidas con las mismas camisetas violetas, en todos los países —seguramente por solidaridad—, y una enorme palabra «DIGNIDAD», en blanco, estampada sobre el pecho. Las primeras en la fila llevaban unas largas pancartas, de una tela limpia y bien resistente, donde cuidadosamente estaba escrito: ¡Si no luchamos junt@s NO tendremos la menstruación digna!, y después de la frase había un dibujo, de un buen pintor en photoshop, de una mujer desnuda en una pose de baile, elevándose sobre la punta del pie derecho, como las bailarinas de ballet, y a la altura de su sexo formando un triángulo con la punta pa´rriba, con sus manos. Iban gritando unas frases, tipo: Si quieres mi coñ@ déjame menstruar o El opresor es el que foll@ o Ser mujer es un derecho o Las mujeres NO somos “somOs” sino “somAs” y otra chapuza parecida. Luego las imágenes de las procesiones, reivindicativas de algo, se cambiaron a las de los presentadores tertulianos, estos míticos expertos «opinatodos». Entonces, el primero, de la parte masculina —o, mejor dicho, una parodia al hombre masculino, con su cara de Pikachu, dos cuidadas trenzas de una colegiala y unos labios como el colorido culo de un babuino—, reclinándose en su sillón de terciopelo amarillo, empezó a decir, con su voz de melocotón y gesticulando como un director de orquesta: «Queridos y queridas. ¡Ha llegado el momento de luchar por la libertad de una menstruación libre y digna!», y torpemente alzó su bracito derecho hacia el cielito, con los deditos formando su puñito. La imagen era casi adorable, si no fuera por la grima sintética que provocaba aquella criatura de un específico Di@s. Inmediatamente, la magia de la resonancia, el otro presentador, de parecido aspecto «masculino» al primero, pero se diferenciaba llevando una minifalda de cuero lacado y unos taconazos rojos, prosiguió: «Siñores —dijo—. Ya is inaciptable que en el siclo vintuno el cuarenta por cento de las mujeras no puedan conseguir las chismes nicisarias para atender a sus puñeteras reglas, y pirdón por la palabrota, piro es virda… porque eso está comprobao cientificanamente. O sia… ¡Es una situasón injusta!», y lo otro —porque el señor Cháynik no pudo comprender quién era: mujer u hombre, ya que tenía voz hombruna pero el cuerpo y la cara femeninas, como aquel cantante, la Conchita Wurst—, dando un puñetacito con su puñito lleno de varios brillantes brazaletes, lleno de uñas pintadas de rosa, proclamó, a lo Alejandro Magno: «¡Tenemos que ayudar a ellas y a elles a conseguir que el estado les haga caso y se ocupe de todas y de todes, ofreciéndoles todos estos chismes, como bien ha dicho mi compañeris, gratis! ¡Porque es una necesidad básica!», y en un mutuo barrullo, que parecía más a los cantos matutinos desde el gallinero, del amigo campesino del señor Cháynik, que, a la discusión, o reflexión, de los Homo sapiens, que quieren resolver algún problema, el alma del hombre no aguantó más semejante disonancia y con un movimiento brusco desapareció, como desaparece el Batman, en las pelis, pero sin humo.
...