Escritor y ghostwriter
Es posible

And beg salvation from the empty skies. (Reckoning day, Megadeth)
Soledad
—La vida de un hombre es sólo una imitación salvaje de sus fantasías —me dijo un día el señor—. Ella me huele a un plagio de sus deseos escondidos, de la escurridiza ilusión que intenta reavivar. La vida, como tal, no existe —añadió apáticamente—. Ella existe en relación con algo… en los ojos de los observadores… en la mente del pensante… en las conexiones… nexus, aquí —y apuntó su dedo índice a su sien.
—¿Y crees que existe realmente algo fuera de lo observado… u observable?
—Claro —y miró a lo lejos—. Una fantasía… como tú —y se le escapó una diminuta sonrisa como un ratoncito, al robar el cachito de pan.
—Curioso —le dije, también observando el horizonte—. Desde mi perspectiva eres tú… una fantasía.
—Hay una confusión —dijo, volviendo hacia mí.
—Sí —respondí, devolviéndole la mirada.
—¿Y quién crees que es más real… tú o yo?
—Nadie —le dije.
—Mentira —dijo, introduciendo su mirada en mí—. El que podrá grabarse en la memoria… en la historia, o sea: YO —pronunció, sin apartar su vista de mí—. Porque la memoria de toda la gente pasada, de la que tenemos algún conocimiento, al menos eso es lo que contienen los «documentos», ha vivido una parte de su vida en observación de alguien, y, antes que nada, el mismo individuo está incluido, que, luego, lo observado lo puso por escrito sobre el papel, y no importaba si tergiversaba lo observado a posta o sin querer, o, simplemente, lo exponía lo mejor que podía. Pero, aquello no era la «verdadera» observación del individuo mismo sino una mera interpretación personal suya sobre la explicación de su propia observación respecto a uno de los posibles variantes de lo observado, a la que llegaba, a modo de conclusión, con o sin ayuda de los terceros, siempre interesados. Y los documentos acogen pocas observaciones de unos pocos seres humanos, destacados, por definirlo de alguna manera… el resto de lo observado por otros, de los pobres espiritualmente, está perdido, porque no tienen ningún valor. El valor tienen sólo las mentes destacadas, las del poder, el resto es habladuría. Entonces… aquello que no ha sido observado o no pudo haber sido observado, ¿cómo pudo haber nacido la noción de su existencia? De que verdaderamente ha existido en el mundo tridimensional, en que vivimos —comentó, sin parpadear—. En la mente del interesado está la respuesta —añadió, todavía sin parpadear y con la expresión del recién llegado muñeco a la morada de Madame Tussaud—. Claro, podemos concebir que algo existe sin poder observarlo, o comprobarlo que existe, pero eso no es una prueba de su existencia, sino la hipótesis de su existencia, lo que nos lleva a los dilemas sin resolver, al menos empíricamente. Y si hay tanto lio con las explicaciones de lo observado por sí mismo, ¡imagínate qué lio con todos aquellos trabajos por encargo, de los cronistas!
El brillo de su mirada, en el reflejo del cristal, era encantador, sobre todo cuando creía que entendía por qué le brillaban los ojos. Pero, lo penoso es que no sentía el olor a putrefacción, que desprendía su propio cuerpo, aunque fibroso y vital. Él ya era la putrefacción misma. Su olor a descomposición entraba en mi nariz y pegaba mi cerebro con una violencia de un toro, que arremete contra un idiota en las fiestas de San Fermín. Cuando su mirada, desde el interior del reflejo en el espejo, no era observada con admiración, o veneración, se perdía todo el encanto y pasaba a ser un simple animal más, pero un poco más elevado en la jerarquía del reino animal. Se ponía a modo de rivalidad, como los machos se ponen a disputar la primacía por el territorio, reafirmando su posición del anfitrión. Era triste verlo negar a reconocer que era un animal, claro que para sí siempre era el Homo sapiens, el gran conquistador de lo desconocido, pero ¿y para el universo?
Así pasa la vida, en eterna conquista.
Recuerdo que una vez, después de un vasito de whisky escoces, el señor me comentó que la conquista es muy noble, dijo, sobre todo cuando nuestras razones, que son casi siempre importantes, o incluso llegan a ser vitales, respaldan estas campañas temporales. La conquista representa un objetivo: el poder. El poder en cualquier su forma. ¡El poder es todo! El poder siempre está de lado del ganador, sea más fuerte o más adaptado. ¡Todo por el poder! Por tanto, la conquista, en pos del poder, es el orgullo de los actos, que llevan a uno a imponerse sobre el resto como un elefante sobre un hormiguero, al menos por un tiempo fugaz. La conquista del poder, añadió, es la idea que hemos necesitado, seguimos necesitando y seguiremos necesitando para siempre jamás, para justificar eso lo que llamamos «vida». Es la dulce debilidad carnal que nos corroe desde dentro, pero que es tan excitante y vital que se nos nubla la mente y ya no podemos reflexionar más claramente. Es como una enfermedad benévola, que te cura infectándote su pasión, de la que no hay cura, a no ser que uno llegue a la comprensión de la futilidad del concepto del «poder» y se convierta en un asceta soberano, dispuesto a ayudar al prójimo, si se lo pide. Porque si no el afectado encuentra algo en qué ilusionarse e involucrarse y con lo que pueda disfrutar y sentirse realizado, creando para los demás unas ilusorias metas a conquistar y problemas a resolver. Pero Yo sé que miente, porque la cura universal, que es la muerte, es la única escapatoria de todo, al menos aquí. ¿Y quién sabe lo que hay más allá?
Aquel día el señor se despertó con los primeros cantos de los pajarillos del corral, donde el despertar de la naturaleza todavía se hace gradual. Permaneció tumbado en la cama, quieto, con la primera mirada de la mañana, de sus grandes ojos vidriosos, clavada en mí en el techo-espejo. Siempre, cuando se despierta, lo primero que tiene que hacer es averiguar si Yo estoy al alcance de su vista, en el sitio donde él puede controlarme. Es como un niño que tiene miedo de perder su único y verdadero juguete-amigo.
Desde aquí, desde lo alto, él perfectamente parecía a un animal extraño, exclusivo, que, después de varias decenas de años, todavía estaba en fase de pruebas en la caja acristalada del laboratorio, de algunas mentes superiores. En algunos instantes tenía pinta de estar asustado también, sobre todo últimamente. Yo lo contemplaba con ceño fruncido, con cierta curiosidad del doctor, siendo Yo mismo contemplado también.
El señor permanecía en la cama sin moverse, hasta que los primeros rayos de luz solar irrumpieron, desgarrando las cortinas, en la semioscura habitación, perdiéndose en el infinito de las paredes-espejo. En aquellos solitarios dormitorios-gemelos, bien ordenados.
El señor se incorporó mecánicamente y apartando la manta perezosamente se sentó en el borde de la cama con la espalda encorvada, descubriendo la desnudez de su cuerpo entrenado. Mientras observaba sus zapatillas de terciopelo violeta algunas sombras, como porcentajes en el mercado bursátil, jugaban maníacamente entre las uniones de los músculos dorsales, que, a sus casi ochenta años, ofrecían una firme estabilidad y soporte para su caja fuerte y sólida, llena de órganos vitales, como corazón o pulmones.
Cada zapatilla llevaba bordado una letra, con hilos de oro, en fuente de Manuskript Gotisch. La izquierda llevaba «A» y la derecha llevaba «B»: Angost Blyád, el descendiente lejano de una familia «alemana», pero con la sangre ya hecha todo un brebaje, tal vez desde los tiempos del reinado de Basilio III de Moscú. Introdujo cuidadosamente sus blanquecinos pies en las suaves zapatillas, con el forro de pelaje de chinchilla, se puso de pie y su verga, en estado semiexcitado, se perfiló detrás de los calzoncillos blancos de seda japonesa. Así bajó, imperiosamente, todos los siete escalones, como si fuera un emperador romano.
Mientras sus pies se posaban sobre los peldaños, de mármol color marfil, su soñolienta mirada seguía mis pasos en la pared-espejo a su izquierda, con un tocador adyacente en el centro de la misma, desde donde Yo lo observaba con detenimiento. Llegando un poco antes y esperándolo a cierta distancia pude advertir, como lo hago cada día durante años, el nacimiento de una copa de champagne desde el interior del tocador, mientras le deseo que el siguiente paso suyo sea el último… que se trastabille o se resbale y que caiga boca abajo, rompiendo su jeta contra el suelo, pero, como respuesta a mis deseos, sólo me sonríe. Es curioso observar a los individuos de poder, tienen aire de autoconvencimiento.
Casi diez interminables segundos tardó en bajar desde su lecho hasta el piso de ónix rojo. Se acercó hasta el tocador y sin decir nada empezó a escrutarme, con sus acristalados ojos y su permanente mediasonrisa, como si viera mis deseos aún no pronunciados. Advertí que allí, muy por dentro, todavía se reflejaban las ansias de un asustado chiquillo, que corre por la calle hacia un lugar de refugio, en alguna parte de los edificios en ruinas. Lo persiguen algunas sombras, que con cada su paso o se hacen más grandes o se mutilan una a la otra, influenciadas por el gran Sol, como las dialécticas de los parásitos políticos.
—Otro día más —pronunció su ronca voz, tosiendo al final.
—Y otro día sigues vivo —le dije.
Sobre el tocador, en el centro, delante de nosotros, ya estaba esperándole una copa de champagne. Sus entrañas estaban llenas de un líquido rojo, un poco espeso, que, al mirar dentro, nos reflejaba a los dos por igual. Íbamos a la par. Su cara, por la mañana, presentaba casi el mismo aspecto de nuestra niñez, cuando pasábamos los veranos en casa de nuestros abuelos, en el bosque. Era infantil y sorprendente, aunque Yo sabía que era falso. Desde hace mucho, pese a que sus mejillas todavía conservaban la frescura y elasticidad de la piel de un adolescente, por dentro, bajo aquella piel almidonada, un monstruo vigilaba cada movimiento de su presa.
En acto seguido, como la reacción del perro pavloviano, sus entrañas, las del señor, empezaron a agitarse, gruñendo de deleite como un cerdo al sentir que la comida ya está cerca. Todavía permanecía tibio, el líquido. Sin desviar su mirada de mí, como desafiándome, levantó la copa, como si ella pesara diez kilos, y con un movimiento ralentizado bebió todo el contenido, sin pausas. Mientras él tragaba Yo le deseaba que se atragantase y que caiga ahí mismo sin vida, como una broma sin gracia. Aquel líquido, lleno de glóbulos rojos, se adentró por el esófago como el plomo fundido por las carcomidas tuberías de una fundidora y cayó en el fondo del estómago igual que una piedra en el fondo de un pantano. Pero algunas gotas se le escaparon, rodando de su boca, dejando tras de sí unas pinceladas rojas en su cara, y manchándole sus impolutos calzoncillos blancos. No les prestó atención, no eran dignos.
La bestia estaba saciada, temporalmente.
Apáticamente se giró a su izquierda y mientras se acercaba hasta el ventanal seguía mis pasos de reojo, en la pared-espejo a su derecha. Al pararse delante de él un sensor de proximidad corrió las cortinas hacia los lados y los cristales de la enorme ventana se apartaron hacia los lados, integrándose en las murallas. Un enorme agujero, a través del cual el viento irrumpió en el interior igual que nacimiento de un bebé al mundo. Él, cerrando los ojos, inhaló profundamente el oxígeno montañés y unos segundos más tarde expiró dióxido de carbono. Por unos diez minutos no pude ver su expresión, ya que estaba de espaldas, pero sus preciosas cicatrices, que surcaban el lienzo de su espalda como disecadas ramas sobre la nieve, me recordaban momentos del casi máximo placer. ¿Por qué no se flagela hasta desangrarse como una vaca en el matadero? Su monótono y ronco respirar se resonaba en todo el dormitorio, igual que un oso aletargado.
Permaneció ahí sin moverse, mirando los nevados picos de la cordillera del Gran Cáucaso. Estaba como absorto... como absorbido por una maravilla en extinción.
—Todo lo bello perece más rápido de lo deseado —pronunció sin girarse.
—¿La fatalidad del cosmos? —le contesté sin ganas.
—La estupidez del hombre.
Sin responderme permaneció unos cinco minutos más, contemplando las arcaicas montañas, que se habían formado desde hace ya 28 millones de años y que se extendían, antes de penetrar y reventar sus vísceras, sacando el petróleo, gas, granito, gneis, etcétera, a lo largo de 1200 kilómetros. Hasta aquel momento aquellas imponentes montañas eran todo un inexpugnable símbolo de la prohibición del acercamiento a las alturas del Omnipresente, e, incluso, para espantar al hombre el Zeus encadenó allí a Prometeo, como muestra de la eterna tortura y el sufrimiento sin fin, por su traición, pero no le sirvió de nada. Ya no importa, ya no habrá castigo, porque no proporcionar un castigo es un castigo, aunque no todos lo entienden. El Magno hace tiempo que se había cansado del testarudo chiquillo, que mira el mundo a través de sus penumbrosos ojos. Dejó de corregirle y lo abandonó a sus anchas, mirándole, de reojo, cómo aquel chiquillo cree que sabe todo, devorando el principal pilar sobre el que se apoya su mundo, o sea: sí mismo.
Dio media vuelta y se encaminó hasta la puerta de salida, descolgando por el camino la llave de oro, que estaba sujetada en la placa dorada, incrustada en la pared del pedestal.
Durante esta corta trayectoria, del ventanal y hasta la puerta, no quitó su vista de mis rítmicos movimientos. Observaba mi modo de andar, que era cojeando ligeramente de la pierna izquierda, como un reloj mecánico mal arreglado. La conozco, su mirada, esa con la barbilla algo levantada y los ojos entrecerrados, mirando de arriba, como si algo oliera mal.
Yo no puedo estar responsable de la ignorancia del prójimo, no es mi problema. Cada uno quiere ser el dueño de su propia vida, al menos eso es lo que dice, pero le sale de puto culo. Uno se olvida que esta «propia vida» se compone de muchas otras «propias vidas», que inevitablemente componen la imagen de la vida que vive uno, así que, básicamente, no tiene su pensada «propia vida» como tal, porque está reflejada en los demás. Y si no aprendemos a cuidar la vida de los demás nuestra propia será una mierda. Y la mía estaba reflejada en sus ojos… y la suya en los míos… y eran miserables por igual, pero de distintas maneras.
Había mencionado que era triste verlo no reconocer, o no querer reconocer, que era un animal, más cruel que sus camaradas en la naturaleza, y que ignoraba, conscientemente, su próxima extinción, así que no hay razón de extrañarse del modus vivendi que practicaba. Y el señor Blyád no era una excepción.
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